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Las últimas monedas - Por Eduardo Aliverti

El 19 de septiembre de 2011
Eduardo Aliverti para el
Frente Transversal Nacional y Popular


Una jefatura implica tener decisión, asumir responsabilidades y permanecer en rol activo. De acuerdo con esos parámetros, afirmar que Sergio Schoklender es el nuevo jefe de la oposición puede zumbar exagerado. En cambio, no lo es si se asevera que es su nueva cabeza, porque entonces el punto consiste en alrededor de qué es montada una construcción de sentido.

Por dos razones, el hecho carece de novedades mayúsculas, pero eso no significa que deje de abordárselo. El sujeto ya había ejercido cuando estalló el escándalo aunque, es cierto, en carácter solamente temático. Y tampoco es novedoso porque el núcleo de lo que se opone al oficialismo, hace rato muy largo, pasa en exclusividad por el bullicio denuncista. Ni aun durante el período electoral previo a las primarias fue posible encontrar una idea disruptiva, seria, en el arco contrincante. Idea, entiéndase bien. No un proyecto explicitado.

Apenas una idea. Ahora mismo estamos al borde de comicios máximos, pero el clima popular no lo refleja. El mediático tampoco. Faltan cinco semanas para elegir presidente y es como si fuéramos Suecia, No-ruega, Finlandia. No pasa nada, dicho en términos de profundidad de debate o apasionamiento, por fuera de la nerviosidad periodística opositora ya mutada a desconsuelo. Con capacidad de convicción, no tienen de qué agarrarse.

Si la mirada es de cabotaje y ajena a la actividad política explícita, no hay más que la clase de suite parisina donde se alojó la jefa de Estado; la medición de responsabilidad por una línea ferroviaria que nunca terminan de soterrar; y la sugerencia de que la rata fue absuelta, por la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia, debido a que al kirchnerismo le convendría al ser un geronte adicto.

Acerca de esto último, cabe destacar un segundo milagro de Jorge Altamira: Clarín, el miércoles, en un resaltado de página 11, cita declaraciones del comandante del Partido Obrero, entre medio de Adrián Pérez y Margarita Stolbizer. Altamira en un destacado de Clarín. Cosas veredes. En cuanto a la lid electoral propiamente dicha, como todas las semanas, se renovó el programón de los sketches. El hijo de Alfonsín debe postularse con la plataforma de Roberto Lavagna, de hace cuatro años, porque los radicales no tienen Convención para ratificar la fórmula actual con González Fraga (lo cual, aclárese, denuncian los propios radicales ofuscados porque Ricardito es el candidato). El Alberto dice que entre Duhalde y Cristina no dudaría en votar por la Presidenta. Una cabeza de página del principal medio periodístico de la oposición, a cuatro columnas, señala que el Padrino y Das Neves ya “casi no se hablan”. Solanas llama a cortar boleta contra Binner.

El mandatario santafesino insiste con que octubre ya está definido. Y el candidato radical a gobernador de Santa Cruz articula con Duhalde para que Ricardito diga que no está seguro de que eso sea cierto, para que el postulante de marras no diga ni mu y para que en el mejor de los casos a nadie le importe un pito. Carácter transitivo: comanda Schoklender. Graciela Camaño le pone el auto para allegarlo hasta el Congreso Nacional. El tipo arriba orondo al Parlamento. Si el verbo suena excesivo, digamos que llega a salvo de un acoso movilero que no quiso o no pudo usufructuar tras que no quería periodistas, que sí quería periodistas, que los diputados convocantes de la oposición no los querían porque esto no podía parecerse así nomás al circo que necesitan. Proverbial título central de portada de Página/12, el viernes: “Showklender”. El tipo dice en el Congreso lo mismo que dijo en su recorrida frenética con/por los colegas de la oposición, según lo que dejaron trascender los diputados que se habían comprometido a que no trascendiera nada. Y los medios opositores hacen como que nada de eso importa: el título es su denuncia de que quieren callarlo.

Hay cinco elementos subrayables de este marco oprobioso, que en orden de semántica creciente son los que siguen. (A) La maniobra berreta pero única de un Schoklender desesperado, cuya última defensa es el aviso de que, si se lo llevan puesto, arrastrará a unos cuantos. (B) La obviedad, más pornográfica todavía, de pretender(se) que él no fue partícipe de todo lo que se le ocurre denunciar de la noche a la mañana. (C) La persistencia en tratar, como sea, de ensuciar a las Madres de Plaza de Mayo bajo el apotegma de que al fin y al cabo somos todos la misma mierda. (D) Lo impresionante de que un inculpado ostentoso se convierta alegremente en un denunciador confiable; siendo, encima, que el periodismo amplificador de su exuberante riqueza, presuntamente ilícita, fue el motor del escándalo. (E) Lo más sencillo de todo: Schoklender como palo para aferrarse a ¿lo último? que queda para promover destrucción.

Se podía suponer que la irrelevancia total de este caso en la decisión de voto, revelada el 14 de agosto, debió haber servido de prueba para comprobar lo ineficaz de la insistencia catastrofista. Es seguro que tomaron nota de eso; pero, suponiendo que desearan poner marcha atrás, no encuentran la manera de hacerlo porque adelante no hay nada. Es decir: nada que pueda ser tomado como la mostranza de otra forma para confrontar propósitos, simplemente porque la oferta electoral está atravesada por dos categorías que no pertenecen al mismo sentido. Como se expresa ya hasta el cansancio, pero sin que haya argumentos para rebatirlo, el oficialismo cumple ocho años en la administración del país: cualquiera sea el juicio que merezca, la tarea tiene comprobación empírica y acaba de recibir un formidable espaldarazo de las urnas.

Nadie podría decir, con honestidad, que su propuesta no está clara ni que se desconoce a dónde apunta para seguir. Y nadie tampoco podría negar que su contienda no es versus una opción de gobierno, sino contra una máquina de denuncias, acusaciones y frases altisonantes. De las dos primeras puede haber algunas, y hasta muchas, que merezcan ser estimadas. Pero eso no es una alternativa de gestión. Por lo tanto estamos hablando de componentes distintos; no de opciones diferentes que se expresan en potencias antagónicas porque, además, el contendor denunciativo no es una fuerza electoral. Y si proyectivamente la hubiera, no va en perjuicio de que en el presente es un conjunto de pedazos desperdigados que como si fuera poco rivalizan entre sí.

Con este panorama irreversible si la mira llega hasta octubre, más que conveniente asoma elemental y necesario pensar en el después. De hecho, esa problemática única ya se refleja en dos aspectos. La oposición llama a recluirse en la conquista de bancas parlamentarias, intendencias o concejalías. Y las columnas políticas y económicas de los medios opositores se centran en temas tales como el futuro gabinete de Cristina; el esquema de subsidios estatales a partir de diciembre si una crisis internacional golpea el ingreso de divisas; el modo en que el kirchnerismo será capaz o no para evitar el desgaste de tantos años de gobierno.

Las portadas de diarios y revistas y los títulos de radio y televisión continúan en la militancia tremendista, alarmadora, deprimente, pero adentro, en la cocina del análisis, están en otra cosa. Por supuesto, cuestionan cada paso, medida o intención oficial. Sin embargo, es con un baño de realismo ante la seguridad de que lo que vaya a ser lo será con lo que hay y no con lo que querían. Ese después, que es ya, también se impone visto desde la otra vereda. La inserción de Argentina en el mundo a partir de cuál paradigma productivo; la deuda con la pobreza; el problema de la vivienda; la política impositiva; un sistema de transporte público con deficiencias graves y progresivos, son desafíos muy exigentes. Y se le facturarán sólo al Gobierno.

Hay que meterse únicamente con ese tipo de grandes retos, o seguir haciéndolo, porque “lo demás”, por ahora, se terminó. Lo ratifica, entre el cúmulo de datos y percepciones, que Schoklender sea la nueva cabeza opositora.

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