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Decisiones intermitentes - por Alberto Medina Méndez


Decisiones intermitentes.

Cuando se observa la realidad cotidiana y sus frecuentes despropósitos es importante entender que la responsabilidad primaria siempre le cabe a la dirigencia política.

Ellos no pueden hacerse los distraídos y, mucho menos, endilgarle a la sociedad la culpa sobre todo lo que acaece. Si ocupan ciertos cargos es porque han tomado la decisión individual de postularse para alcanzarlos. No importa mucho si han sido electos o solo convocados por quienes consiguieron ese apoyo popular. En cualquier caso no están ahí por casualidad sino como consecuencia de una determinación explícita.

No es diferente el caso de los que aún no han logrado obtener esos puestos solo por no haber cosechado suficiente respaldo. Nadie los está empujando hacia esa meta. Son ellos los que se proponen ese desafío personal.

Sin embargo, no es bueno ignorar que los ciudadanos tienen también una elevada cuota de responsabilidad frente a lo que acontece a diario. Ellos tampoco pueden desentenderse como si todo fuera producto exclusivo de la acción maligna de terceros inescrupulosos.

Lo que sucede no es más que el resultado de una compleja combinación entre las intenciones de los políticos y las actitudes de la sociedad. En algún lugar entre esos dos puntos, se termina ubicando lo que finalmente ocurre.

A veces son los políticos los que imponen sus prioridades y manipulan todo para hacer lo que les conviene. En algunos casos su tarea pasa por concretar sus visiones y conseguir el consenso para que su idea tenga el sustento suficiente. En otras ocasiones, solo usan a la gente para sus fechorías de rutina.

No menos cierto es que la sociedad funciona de un modo bastante similar. A veces empuja a los políticos hacia el sendero adecuado reclamando lo necesario, pero tampoco están ausentes esos momentos en los que se los impulsa a promover planes insensatos, absurdos e imprudentes.

Tal vez el mayor pecado de una comunidad sea el de la omisión, esa instancia en la que la inacción y el silencio se convierten en esa letal herramienta, que con cierta complicidad, le entrega un cheque en blanco a la política para hacer lo que sea, sin medir sus abominables derivaciones.

Si se comprenden los niveles de incumbencia que le caben a la ciudadanía y se logra mensurar el costo de la pasividad, es posible que la gente consiga estructurar los mecanismos precisos para construir instituciones que puedan articular los intereses de todos e incidir con fuerza en la clase política.

El talón de Aquiles de la política sigue siendo su temor a la gente. Cuando la sociedad civil logra coordinar acciones y consigue conformar un grupo sólido de actores relevantes, finalmente establece una agenda consistente y entonces su potencialidad se vuelve temible y su poder trascendente.

Abundan saludables ejemplos de instituciones de la sociedad civil que han logrado una acción compacta de la mano de una vigorosa perseverancia. Esas entidades se transformaron en un verdadero y eficiente muro de contención frente a los abusos tan habituales. Allí donde esas organizaciones florecen, la política tiene menos poder, se encuentra muy acotada y sus movimientos quedan absolutamente condicionados.

Lamentablemente, demasiada gente sigue creyendo en los esfuerzos espasmódicos. Se irritan frente a un hecho puntual, se escandalizan cuando algún disparate emerge, pero su escasa tenacidad termina siendo su mayor enemigo. La política conoce muy bien esa dinámica. Sabe que el enojo caótico dura solo algún tiempo para luego desvanecerse. Los dirigentes solo deben tener la paciencia indispensable y esperar que todo se diluya.

Una ciudadanía activa no es suficiente para garantizar que la política haga lo correcto, pero se convierte en un instrumento vital para evitar que ciertos dislates se reproduzcan. Para ello hace falta que aparezcan liderazgos ciudadanos capaces de coordinar una participación inteligente. Nada es seguro, pero una sociedad civil organizada, desestimula a los mediocres, a los improvisados y a los corruptos, de esos que pululan en la política.

El modo más eficiente de mejorar la política no solo es poblarla de figuras de mayor jerarquía. También resulta importante que la contribución ciudadana sea significativa y para eso es esencial que la gente se encargue de ocupar los espacios indelegables que le tocan en suerte. En el barrio, en el club, en el consorcio, allí donde resulte posible y necesario, debe existir una ciudadanía comprometida capaz de señalar el camino.

Si esto se entiende, será cuestión entonces de pasar a la fase siguiente, la de la organización, la del aprendizaje y la imprescindible gimnasia que solo el ejercicio cotidiano de una ciudadanía responsable otorga. Queda claro que nada es fácil. Algunos creen que su deber es quejarse y que eso es suficiente. Otros suponen que la política siempre reaccionará correctamente frente al enojo circunstancial de la sociedad. Ambos se equivocan.

Tal vez sea tiempo de comprender lo que sucede y abandonar esa patética actitud de victimizarse sistemáticamente, de enfurecerse por poco tiempo, para pasar a la etapa de la acción consistente, esa que no promete resultados, pero que tiene una chance concreta de lograrlos.

Sin dejar de lado la importante responsabilidad que le cabe a la política, tal vez la ciudadanía puede evitar que la inercia presente siga su curso. Para eso será imprescindible no repetir las lamentables experiencias, esas que la historia muestra como esa secuencia conocida de movilizaciones coyunturales, enfados anecdóticos e innumerables decisiones intermitentes.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La oligarquía de siempre - por Alberto Medina Méndez


La sociedad contemporánea se ufana de vivir bajo el amparo de sistemas democráticos. Sin embargo, los hechos cotidianos ofrecen una refutación contundente difícil de cuestionar.

La democracia supone una significativa participación ciudadana y aspira a ser el gobierno de todos, del pueblo. Lo cierto es que el sistema de selección de candidatos solo muestra el enorme poder de una corporación política que conforma una suerte de oligarquía moderna.

Los postulantes a ocupar cargos políticos se deciden entre cuatro paredes. Un minúsculo grupo de personas, de forma discrecional, determinan quiénes integrarán las listas de candidatos.

Este fenómeno ocurre en los partidos políticos pequeños pero también en los más grandes. En los más importantes es más trascendente aún, porque allí se eligen a quienes ocuparán efectivamente esos lugares de poder al ser electos y ya no solo quienes la integran por honor, de un modo testimonial.

A muchos les encantaría vivir en democracia, pero el presente propone una gran e hipócrita parodia que utiliza los supuestos encantos de un sistema para llevar adelante la más perversa manipulación a la que una sociedad puede someterse.

La escena es simple. Un conjunto de individuos, de un modo arbitrario, asume la delegación implícita de un sector de la política, y en su representación, sin mediar mecanismo alguno que los valide, se dedica con ahínco a la tarea de decidir quiénes se postularán, descartando al resto.

Apelan, en el mejor de los casos, a supuestas herramientas técnicas que le brindan soporte a sus decisiones. Un puñado de encuestas de opinión le dirán quienes son buenos candidatos y cuáles no merecen esa oportunidad porque no tendrán el suficiente acompañamiento en las elecciones.

En los casos más extremos, aunque no por ello menos abundantes, esa iluminada labor de armar las listas recae en una sola persona. Será su bolígrafo el que escriba la nómina definitiva que se presentará oficialmente.

La osadía de la corporación política no tiene límite alguno. No solo determina autoritariamente los nombres de las personas que figuraran en la lista madre, aquella sobre la que todos los ciudadanos tendrán que decidir, sino que se entromete en cuanto distrito menor se lo permite.

Así, esa camarilla inmoral, impone sin descaro, los nombres de los postulantes en provincias y municipios distantes, priorizando a los aduladores, esos que luego obedecerán las instrucciones de la "mesa chica".

La idea no es proponerle a la sociedad a los mejores, a esos que se prepararon para gobernar. Solo se trata de reclutar a sujetos dispuestos a acatar, sin chistar, las órdenes del mandamás de turno.

Este esquema no es patrimonio exclusivo de un partido político. Es solo la resultante de la dinámica que se ha impuesto por usos y costumbres en casi todas las agrupaciones políticas. Claro que los afiliados no podrán opinar.

El "gremio" sabe que este funcionamiento le permite expulsar a los librepensadores. Ellos son demasiado peligrosos para los intereses de la cofradía porque podrían poner en riesgo muchos de los privilegios que ha logrado la actividad. Nadie que opere de un modo autónomo e independiente resulta funcional, ni compatible con la gran política.

El panorama no es alentador, sobre todo porque quienes controlan el poder cuentan con la legitimación que le otorga una sociedad que los valida con miles de votos. Es ese aval cómplice el que luego usarán para decir que ellos cuentan con apoyo ciudadano y actúan en nombre de la gente.

Es así que el círculo vicioso que han logrado diseñar se convierte en esta pantomima de democracia que esconde una forma de gobernar mucho más cruel, injusta e imperfecta. Es, a todas luces, el gobierno de unos pocos.

Frente a estos atropellos la ciudadanía se siente indefensa. Los valientes que se animan a enfrentar a la secta serán derrotados por esa partidocracia que abusa de los dineros públicos, esos que vuelca a las campañas políticas obscenamente sin que nadie tome nota, ni se inmute demasiado.

Será difícil torcerle el rumbo al poder. Han generado muchos anticuerpos para evitar que los aventureros tengan éxito. Se aseguran a diario de que no puedan ingresar a sus partidos, y si eventualmente lo logran, los segregan a gran velocidad. Saben como hacerlo rápida y efectivamente.

Los que no logran ser parte de su círculo, no deciden absolutamente nada y si se atreven a confrontar sus decisiones, son aplastados en los comicios con las herramientas que disponen imponiéndose a través de sus aparatos políticos e indecentes campañas.

La salida no parece sencilla. El primer paso imprescindible, es advertir el problema, identificarlo y darse cuenta de lo que sucede. Luego, con esa información debidamente procesada y comprendida, vendrá el tiempo de analizar cuáles son las debilidades del sistema que montaron, para intentar entonces jugar con sus pérfidas reglas y ganarles en su propio territorio.

Claro que no se trata de una empresa sencilla, sin sacrificios. Pero jamás se lograron grandes cambios en la humanidad de otra manera. Si no se está dispuesto a hacer ese importante esfuerzo, pues entonces la democracia será invariablemente una ilusión y gobernará la oligarquía de siempre.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Nuestra democracia alcanzó un punto de bifurcación


En estas condiciones psicosociales vamos a votar:

1. Nuestra sociedad, en un estado patológico de crisis y desorganización, ofrece un espectáculo de opiniones en conflicto que se experimentan al menos en tres dimensiones:

· La primera, es la crisis de los CONTRATOS SOCIALES y de los imaginarios de retribución y de justicia que ellos sostenían.

· La segunda, es la crisis de la adecuación de los imaginarios de movilidad y ascenso social con las condiciones materiales de la vida que ha generado novedosos aspectos de la pobreza (pobreza de subsistencia, pobreza de participación, pobreza de protección, pobreza de comprensión, etc.).

· La tercera, es la crisis y deslegitimación de las instituciones representativas, formadoras de los sujetos sociales y de los ciudadanos.

2. La lectura de los indicadores relevados permiten constatar que se están franqueando violentamente los umbrales de tolerancia en materia de vulnerabilidades, turbulencias y crisis. Parámetros geoestratégicos, modelos económicos, principios jurídicos, registros de violencia, niveles de desconfianza en la sociedad y valores de referencia, han implosionado.

3. Estamos viviendo en medio de una aparente ausencia de elementos que otorguen seguridad a la gente en su vida cotidiana. Experimentamos incertidumbre y miedo, dos elementos que se conjugan en la despolitización de nuestra sociedad.

4. La familia va perdiendo su rol central de transmisor de cultura frente a la invasión de los medios tecnológicos de comunicación, desencadenando un proceso de pérdida de valores esenciales que supieron regir la vida social de nuestros ancestros, lo que está dando paso a una nueva cultura de la imagen, de lo efímero, consumista, utilitaria y materialista, dentro de la cual, los niños y los adolescentes son las principales víctimas.

5. Nuestra población crece lentamente a expensas de las provincias más pobres y de los grupos sociales más vulnerados, caracterizados por tener altas tasas de fecundidad temprana en las adolescentes.

6. Estamos atravesando un proceso de envejecimiento poblacional que obliga a evaluar convenientemente sus consecuencias para el mediano y largo plazo.

7. Hemos caído desde un contexto de casi pleno empleo de ayer, cuando la educación garantizaba la integración al trabajo y a la seguridad social, pilares estos que fueron fundadores y fundamentadores de la cohesión social en la Argentina, a un mercado de trabajo que no puede integrar actualmente, en un empleo FORMAL, a más de la mitad de los trabajadores, poniéndole límites de cobertura a nuestro sistema de seguridad social.

8. El sistema educativo expresa cada vez más desigualdades que lo hacen ineficaz como instrumento integrador y nivelador de oportunidades.

9. La desorientación y la inmoralidad ambiente, junto a la pobreza y la indigencia, lograron relajar las buenas costumbres y a partir de allí, cada uno de los aspectos infinitos de nuestra vida colectiva, pública, e individual, está demostrando que seguimos en franco retroceso, aceptando esta realidad con una indiferencia vergonzosa, explicable sólo en pueblos en decadencia donde el camino del corazón, pasa primero por el estómago y/o el bolsillo.

10. Los partidos políticos tradicionales (verdaderos aparatos de poder) incapaces de comprender con claridad su misión, no han hecho, ni están haciendo, transformación o reformas estructurales profundas que puedan ser interpretadas por el pueblo como realmente "liberadoras" de tanta penuria e injusticia social.

11. Los Argentinos tenemos por delante una formidable e imprescindible tarea de reconstruir nuestras instituciones públicas y nuestro capital social, y para hacerlo, será imprescindible que todos nos tomemos en serio esta obligación para reformarnos, porque la política actual está frustrando al hombre sencillo, al hombre medio y al hombre de visión e ideales.

Conclusión:

En apretada síntesis, el desorden estructural (desorganización social) está quitando a la sociedad condiciones para su afirmación, a la vez que la anomia generalizada que he descripto en tantos documentos, determina la disminución de la valía de las elites, mientras que los nuevos valores que emergen de las distintas capas sociales, no hallan su lugar funcional en la sociedad, acentuando críticamente el desquiciamiento entre el mundo de pertenencia y el de referencia.

Nuestra cultura, enferma de mediaciones, se ha transformado en la cultura del instante: aquí, a fondo, a gozar como si estuviéramos en la eternidad.

Nuestra democracia alcanzó un punto de bifurcación: o salta a un nivel superior, o se desintegrará y es precisamente esta sentencia la que me preocupa y me ocupa a instarlos a trabajar para proponer en un futuro muy próximo, reformas que seguramente podrán contribuir a mejorar cualitativamente la vida política del país y fundamentalmente,permitan que esta pueda ser sostenida sin tanta angustia por la comunidad.

(Próximamente pondré en vuestro conocimiento algunas reformas que pueden ser ampliadas)

En azul y blanco,
Hugo Cesar Renés

Renunciar a la inocencia - por Alberto Medina Méndez


Es habitual que los seres humanos caigan en la trampa de confundir los deseos con la realidad. A veces, las ansias de que algo suceda, hacen que se pueda creer que todo va en esa dirección y que es inexorable que esa percepción personal sea compartida por la inmensa mayoría de la sociedad.

La realidad siempre se ocupa de poner las cosas en su lugar. Lo que parecía evidente se derrumba y los hechos refutan todo con absoluta contundencia. En casi cualquier ámbito de la vida se puede convivir con esa ingenuidad casi eternamente, pero en la política lo empírico se presenta de un modo aplastante y no deja más alternativa que reconocer el error de perspectiva.

A veces, el anhelo es tan potente que la gente prefiere continuar desorientada por algún tiempo adicional, intentando explicar lo ocurrido y apelando a aspectos secundarios, existentes, pero no determinantes.

Hace tiempo que la sociedad considera que la política dejó de ser la herramienta de las transformaciones para convertirse en un instrumento de sometimiento, abusos y corrupción. Por eso se enfada y con razón.

Frente a esos inaceptables atropellos, reacciona casi heroicamente y asume un legítimo protagonismo que aspira a modificar la situación actual y encauzar entonces, aquello que nunca debió salirse de rumbo.

El ciudadano medio cree, con convicción, que la democracia es el camino para dirimir las discrepancias de una comunidad. Pero también percibe que ese sistema de gobierno ha sido cooptado por una casta, una corporación de personajes que se han apropiado de la conducción de esa maquinaria.

Es por eso, que esa ciudadanía enojada e indignada, con bronca e impotencia, entiende que debe hacer algo al respecto y asume la responsabilidad de liderar ese proceso de reformas indispensables.

Ese análisis, pese a su simplicidad, no es incorrecto, pero es insuficiente, porque no mensura con seriedad las variables más relevantes que explican el presente y el modo preciso en el que opera la política contemporánea.

Por obvio que parezca, nada se supera si no se comprende primero su dinámica y se entienden sus reglas básicas. Recién entonces se puede plantear una estrategia adecuada y tener así una posibilidad cierta de lograr resultados. Las ganas son necesarias, pero no alcanzan si no se les agrega una importante dosis de profesionalismo y una perseverancia sistemática.

Lo que ocurre en el presente es la consecuencia de una serie bastante prolongada de situaciones que derivaron en esta actualidad. No se ha llegado hasta aquí de la mano de casualidades o circunstancias inconexas.

El entramado actual es complejo, sofisticado y la maraña de ingredientes que lo componen lo hace casi inaccesible. No puede ser encarado con éxito solo apelando a rudimentarios recursos y maniobras primitivas.

El fraude estructural, las regulaciones que condicionan la participación política de los ciudadanos, los privilegios de la partidocracia, el financiamiento de las campañas son solo algunos de los condimentos cuyo replanteo de fondo es esencial. Sin embargo, la posibilidad concreta de lograrlo pronto parece políticamente inviable y fácticamente imposible.

A la farsa propia del sistema se agrega la apatía de una ciudadanía abatida por su extensa nómina de derrotas individuales y colectivas, situación que molesta a muchos, pero que es el desenlace esperable de un esquema que fue montado intencionalmente para que derive en esa postura general.

La desesperanza cívica no es un incidente fortuito, sino que es el resultado de una planificada y exitosa estrategia de quienes ostentan el poder para evitar que la sociedad retome el mando. En una comunidad empoderada, ninguno de los despropósitos del presente, tendrían viabilidad alguna.

Quienes ejercen el poder, los que orientan los destinos de la política y llevan décadas en esto, no serán derrotados en las urnas por principiantes. Ellos pueden no saber gobernar, pero tienen la destreza para retener poder indefinidamente y son expertos en quitarse de encima a los aficionados.

El aparato político de los gobiernos, el clientelismo estructural, el asistencialismo vigente, la discrecionalidad con la que administran los dineros del Estado y cierto talento en el juego electoral son demasiadas ventajas para que un grupo de improvisados ciudadanos bien intencionados puedan destronar a los que han hecho de la política su forma de vida.

Siempre cabe la posibilidad de que los poderosos tropiecen, de que la soberbia les juegue una mala pasada, que un hecho inesperado los debilite y sean víctimas de sus andanzas, pero no es razonable pretender triunfos que dependan solo de una combinación infinita de errores ajenos.

Ningún desafío debe ser descartado, por difícil que parezca. Pero para encararlos se debe tener los pies sobre la tierra. Se precisa de bastante inteligencia, de una sabiduría inagotable para superar los escollos y de una actitud a prueba de casi todo para transitar el sendero a recorrer.

La idea no es caer en el desanimo sistemático y bajar los brazos. No es ese el planteo. Pero es vital e imprescindible entender profundamente como funciona el sistema, dimensionar su complejidad y comprender sus intrincados mecanismos para dar la batalla de un modo conducente. Se precisan de muchas cualidades para emprender ese recorrido. Pero el requisito número uno para enfrentar al régimen es renunciar a la inocencia.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Levantamiento del 9 de Junio - un envío de Alberto Pringles


Nota de Santiago Plaza

Obnubilados por su fervor destituyente y en defensa de sus propios intereses personales, al servicio de las corporaciones de sus patrones, los "gremialistas" burócratas ignoran uno de los días más simbólicos de la lucha de la resistencia peronista que fue el preludio de la masacre que llegaría a su clímax en 1976.

Un día como el de mañana, 9 de junio pero de 1956, se produjo el intento (abortado el mismo día 9) de devolvernos la democracia violada por los antepasados de los mismos que hoy quisieran retornar al gorilismo vendepatria. por esa gesta heroica eran fusilados sin juicio ni justicia militares que lo intentaron junto a trabajadores de diferentes gremios.

Ningún trabajador puede dejar de repudiar a estos gerentes traidores de la clase obrera a la que dicen representar desvirtuando su historia de lucha para convertirla en la defensa de intereses de unos demasiado pocos privilegiados desclasados. Paradojas de estos tiempos como de aquellos que recordamos, las protoizquierdas "clasistas"...¿¿?? siempre atrás del gorilaje derechista dispuestos a hacerle el trabajo sucio y hablando de la revolución desde lo peor de lo antirrevolucionario

Asesinados en Lanús, simulando fusilamiento, 10 de Junio de 1956
Tte. Coronel José Albino Yrigoyen,
Capitán Jorge Miguel Costales,
Dante Hipólito Lugo,
Clemente Braulio Ros,
Norberto Ros y
Osvaldo Alberto Albedro.

Asesinados en los basurales de José León Suárez, disparando por la espalda, 10 de junio de 1956
Carlos Lizaso,
Nicolás Carranza,
Francisco Garibotti,
Vicente Rodríguez,
Mario Brión.

Muertos por la represión en La Plata, 10 de junio de 1956
Carlos Irigoyen,
Ramón R. Videla,
Rolando Zanetta.

Fusilados en La Plata, 11 y 12 de junio de 1956
Teniente Coronel Oscar Lorenzo Cogorno,
Subteniente de Reserva Alberto Abadie.

Fusilados en Campo de Mayo, 11 de junio de 1956
Coronel Eduardo Alcibíades Cortines,
Capitán Néstor Dardo Cano,
Coronel Ricardo Salomón Ibazeta,
Capitán Eloy Luis Caro,
Teniente Primero Jorge Leopoldo Noriega,
Teniente Primero Maestro de Banda de la Escuela de Suboficiales Néstor Marcelo Videla.

Asesinados en la Escuela de Mecánica del Ejército, 11 de junio de 1956
Sub Oficial Principal Ernesto Gareca,
Sub Oficial Principal Miguel Ángel Paolini,
Cabo Músico José Miguel Rodríguez,
Sargento Hugo Eladio Quiroga.

Ametrallado en el Automóvil Club Argentino, 11 de junio de 1956
Miguel Ángel Maurino
(falleció el 13 de junio de 1956 en el Hospital Fernández)

Fusilados en la Penitenciaria Nacional de la Av.Heras, el 11 de junio de 1956
Sargento ayudante Isauro Costa,
Sargento carpintero Luis Pugnetti,
Sargento músico Luciano Isaías Rojas.

Fusilado en la Penitenciaria Nacional de la Av.Las Heras, el 12 de junio de 1956
Gral. De División Juan José Valle.

Asesinado, simulando suicidio por ahorcamiento, en la Divisional de Lanús el 28 de junio de 1956, donde estuvo detenido desde el 9 de junio de 1956
Aldo Emil Jofré.


Elecciones en México (7/6/2015)


Extracto de una comunicación recibida recientemente de MÉXICO.

El domingo 07 de Junio hay elecciones en MÉXICO.

Sobre un verdadero cementerio nacional y ríos de plasma humano de Norte a Sur y de Este a Oeste se llevará a cabo un acto electoral que es repudiado por el grueso poblacional.

Incluso la Arquidiócesis primada de México expresa que el próximo domingo será una jornada difícil dado el desencanto social, La violencia desatada sin freno ni límites, la anomia cómplice del Estado Mexicano, el silencio y censura de los medios nacionales, mundiales y de gobiernos del Caribe y Latinoamérica. Observadores diversos mencionan "llamados a un boicot electoral y manifestar el repudio de la mayoría popular a la clase dirigente Mexicana".

A su vez caracterizados dirigentes e Intelectuales, que repudian los recientes asesinatos de políticos, alertan que como es costumbre en las últimas décadas, las autoridades pondrán en ejecución un escenario fenomenal planificado de fraude electoral. El rechazo del grueso de la población es notable a pesar de que las instituciones Mexicanas están ejerciendo notable presión sobre el pueblo Mexicano para que legitime la parodia electoral.

Una masiva abstención tornaría inviable cualquier manipulación fraudulenta de cifras".

Descuidos inconvenientes - por Alberto Medina Méndez


Descuidos inconvenientes.

El socialismo viene ganando, desde hace tiempo, la batalla cultural. No existen demasiadas dudas al respecto. Han logrado que su vocabulario sea universalmente utilizado en el discurso político contemporáneo. Hasta los que afirman oponerse a sus miradas, las repiten inconscientemente sin tomar nota de que las mismas forman parte de su histórico arsenal.

Es evidente que los defensores de la izquierda más tradicional han hecho muy bien su trabajo. Lograron impregnar la cultura, modificar el lenguaje cotidiano, instalar perspectivas que no ofrecen resistencia naturalizando aquello que, a todas luces, no tiene a su favor nada que lo justifique.

Pese a los innumerables disparates de los gobiernos, la sociedad global sigue progresando a paso decidido gracias a las invenciones de muchos individuos y a la potencia creadora de la actividad privada, verdadera locomotora del desarrollo, y no precisamente por mérito de las intervenciones estatales o de las "genialidades" de los políticos.

Queda cierta sensación de que el mundo podría estar mucho mejor, y la prosperidad podría multiplicarse si no se hubieran entrometido los pseudo intelectuales que contaminaron al planeta con sus mentiras seriales.

Que los socialistas sigan transitando su camino no llama la atención. Después de todo, no les ha ido tan mal con esa impronta. No existen motivos suficientes para que hagan grandes cambios en lo estratégico.

Lo inexplicable es que quienes promueven las ideas de la libertad sigan cayendo, a diario, en la ingenua trampa de sus adversarios, esos que triunfan casi siempre. Son los que han demostrado una gran destreza en estas lides. Justamente por eso, los que están profundamente convencidos, no deberían ceder un centímetro frente a esos retorcidos planteos.

La inmensa mayoría de los ciudadanos se comporta como observadora de esos intercambios. Se sabe que de un lado están los que apoyan unas ideas, y en el extremo opuesto, los que comulgan con visiones que están en las antípodas. Es esperable que cada uno impulse su propia percepción.

Los socialistas son disciplinados y se ajustan a rajatablas a su manual. Saben que su tarea es repetirlo todo. Para eso utilizan "lugares comunes", frases demasiado trilladas, expresiones repletas de intencionadas simplificaciones, plagadas de falacias minuciosamente elaboradas, con consignas que parecen lógicas pero que no resisten ningún análisis.

Quienes proponen vivir en una sociedad abierta, deberían apelar a los abundantes argumentos disponibles, que encuentran sustento en evidencias demasiado visibles, esas que pueden ser exhibidas fácilmente porque son cotidianas. La mayoría de los seres humanos gozan de los beneficios del capitalismo y la globalización, aun viviendo en países cerrados, bajo regímenes populistas y con elevados niveles de intervencionismo estatal.

Resulta vital entonces "no seguirle el juego" a la izquierda. Ellos han cooptado el sistema educativo en todos sus estamentos. Han diseminado sus ideas a mansalva en los textos de los libro de historia, economía y política. Apostaron a construir un esquema de adoctrinamiento y por eso avalan un sistema estatal centralizado, con planes de estudio que controlan y diseñan. Fueron más allá al asegurarse que los docentes que dictan esos contenidos sean los fieles guardianes de esa conquista ideológica.

Es imperioso que quienes entienden esta dinámica perversa a la que recurre este sector político, no se someta tan mansamente a ese proyecto hecho absolutamente a su medida. Ellos quieren que sus contrincantes desistan y no se animen siquiera a decir lo que creen. Y hay que decirlo, han logrado con todo éxito que los que piensan diferente se sientan tan culpables que abandonen su prédica por considerarla políticamente incorrecta.

Saben que si en el mundo de las ideas no se da este debate, los políticos seguirán diciendo lo mismo, es decir solo aquello que se traduce en votos, ignorando todo lo que pueda perjudicarlos en sus aspiraciones. Si los que pueden dar una honesta discusión no lo hacen por temor y se comportan como dirigentes, la contienda tendrá idénticos desenlaces.

No se debe mezclar el mundo de las ideas con el terreno de lo electoral. Los políticos se mueven para conseguir apoyos electorales, pero en el debate no se puede ser timorato. Confundir roles resulta tremendamente perjudicial y muy peligroso, sin embargo es un hecho que sigue siendo frecuente.

Hay que perder el miedo a decir lo necesario. Se puede ser sutil, delinear propuestas alternativas y hasta buscar determinados consensos, siempre con el objetivo de lograr mayor libertad, pero la actitud nunca puede ser claudicante, porque de ese modo la derrota seguirá siendo sistemática y estará asegurada eternamente, casi como una profecía autocumplida.

Las omisiones, en este caso, terminan siendo una inadecuada elección. Se pueden obtener logros intermedios, trabajar solo con lo posible y hasta apelar al pragmatismo, pero ser condescendiente no parece ser el mejor sendero. No decir lo correcto en el momento preciso puede entenderse como un modo de admitir que ciertas ideas impropias tienen algún asidero.

No es necesario ser tan insensato. Se puede ser inteligente a la hora del planteo, pero tampoco es imprescindible faltar a la verdad solo para no incomodar a los interlocutores del socialismo de turno, y mucho menos por una cobardía manifiesta. El desafío es realmente complejo, pero claro que vale la pena intentarlo. Se debe ser firmes cuando de convicciones se trata sin caer en estos habituales descuidos inconvenientes.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

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