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EL PERIODISMO PELIGROSO- por Carlos Schulmaister


En homenaje a Reporteros sin Fronteras

No sólo en Argentina, en casi toda América latina y en todos los continentes los periodistas están siendo cada vez más considerados como una caterva de pérfidos culpables de toda clase de crímenes. Simultáneamente crece el número de periodistas asesinados, y como el crimen además de meter miedo domestica y disciplina a los que quedan vivos la gente termina acostumbrándose a la muerte: al fin y al cabo de algo hay que morir… Sobre todo si, como todo el mundo sospecha, los periodistas muertos “en algo andarían”, y “algo habrán hecho…”

¿Cuánto hay de verdad respecto a semejante caracterización de los periodistas que corren riesgos de vida en el ejercicio de su profesión? ¿Son tan falsos y por consiguiente tan peligrosos para la sociedad, o para “el pueblo”? ¿O realmente lo son para ciertos sectores de la sociedad?

¿Quién más ubicuo que un periodista?, es una pregunta muy frecuente que anticipa su respuesta. Por cierto, en la pluma de un periodista una verdad puede ser una mentira y una mentira una verdad, sobre todo cuando utiliza el potencial. Pero ¿acaso todos los periodistas son así?, ¿acaso todos son maquiavélicos e inescrupulosos? Rotundamente no, por lo menos no lo son más que otros profesionales ni que otros trabajadores intelectuales.

Se critica al periodismo por la búsqueda frenética de la novedad -muchas veces a cualquier precio-, pero eso es consecuencia del mundo moderno y actual, y no de la maldad ni la angustia de los periodistas. Más que por la avidez constante de la novedad sufren por la presión del marco de competencia en que la noticia se produce, se cotiza y torna efímero el reinado de cada hallazgo o primicia condicionando el ejercicio de su profesión, es decir, a ellos mismos.

Convengamos que el periodismo no es hoy una labor de simples cronistas, sino una de creciente relieve intelectual.

Sin embargo, y a diferencia del escritor o el especialista en cualquier tema, su material de trabajo, que es su obra, le es elusivo. En efecto, no es muy frecuente que la gente asocie cierta noticia con el nombre de determinados periodistas ni con el tratamiento que le hubieran dado cada uno de ellos.

Dicho de otro modo, mientras aquellos son considerados autores, o coleccionistas de pensamientos propios y ajenos, los periodistas se quedan sin nada entre las manos. Ni las noticias ni los hechos referidos en ellas les pertenecen. ¿Quién va a coleccionar noticias si un diario y una revista son viejos a las pocas horas de ser publicados? ¿Quién retiene las noticias y los comentarios correspondientes a los periodistas, del mismo modo como un lector retiene historias, formas y estilos de un escritor?

Por causa de esa pobreza franciscana que le impide llevar alforja y exhibir -más allá de unas horas, unos días o unas semanas- las obras talladas por su pensamiento el periodista necesita competir consigo mismo constantemente para insertarse en la retina y permanecer en la cabeza de los lectores. ¿Cómo lo hace? Mediante el ejercicio de una capacidad que parece creada para él antes que para cualquier otro especialista: la interpretación. En ella y mediante ella desfoga su subjetividad creadora.

Sin embargo, hubo épocas en que ésta facultad le estaba vedada toda vez que la noticia consistía en una referencia fáctica y cronológica que debía ser protegida de toda subjetividad. Hoy, en cambio, con una realidad muy distinta, el periodista ha transformado no una sino muchas veces su profesión, y a mi entender ha ganado en el cambio, él y también la sociedad.

Cincuenta años atrás ciertos fenómenos no podían preguntarse, por ejemplo no se podía preguntar acerca de las figuras de Nazca en la cátedra de Prehistoria de la carrera de Historia de la Universidad de La Plata pues el profesor titular le hacía reprobar la materia durante tres o cuatro años al inocente curioso. Ocurre que la ciencia no había dictaminado aún, y ante la ausencia de dictamen… ¡silencio! Entre tanto, aquellas piedras continúan allí.

Asimismo, que los periodistas se ocuparan de esa clase de temas no caía muy bien en los órganos periodísticos serios y de gran reputación. Por lo tanto, no podía existir periodismo “de anticipación” ni de fenómenos inexplicables como sí existe hoy. Por eso una porción del universo era indescifrable, y peor aún: era inexplorable, pero no por dificultades de cualquier clase sino por la prohibición vigente, por todos conocida, aunque no atribuida a ningún organismo ni vocero concreto.

Aquél era un mundo, pues, en el que la razón tenía límites, pero esos límites muchas veces eran impuestos al ejercicio de pensar desde el campo de lo irracional, de los miedos, de los prejuicios... Pero si bien esa clase de limitaciones al ejercicio del periodismo también continúa vigente, gracias a Dios hay cada vez más periodistas que concientemente ponen por si sus propios límites, consistentes en “no poner límites”, ni autocensuras, a su actividad. Lo cual no carece de practicidad de su parte, toda vez que acotar o limitar el análisis de la realidad es dividir las aguas, es decir, autoimponerse una barrera que más tarde no podría ser salvada sin que se resintiera la credibilidad del público. O sea que este nuevo modus operandi del periodista actual también corre en su propio beneficio a partir de su experiencia.

No obstante, esta pequeña picardía tiene un efecto positivo que es el de ponerse a tono con el espíritu de relativismo y provisoriedad que reina en el campo del conocimiento de la realidad fuera de lo que se conoce como ciencia clásica. Si recordamos que unas cuantas décadas atrás el mundo gozaba de una solidez más aparente que real, la cual exigía de los hombres aceptación, conformidad o acatamiento pasivos, este cambio de actitud y de posicionamiento del hombre actual no es una ventaja menor sino un logro muy importante en el camino emancipatorio de la condición humana.

Esto último es, a mi juicio, muy importante, pues es muy pesada dictadura la que ejerce el pasado, o cierta clase de certezas heredadas del pasado, sobre las mentalidades de hombres que vivieron después.

Pero también se podría argüir aquí en contra de esta flexibilidad del periodismo actual y hasta acusarlo de oportunismo, o de adaptabilidad a los signos de los tiempos actuales, tan en consonancia con las necesidades de un mercado cada vez más elástico que fagocita todo lo que toca. Ello es posible según el punto desde donde se efectuara esta crítica, supuestamente ligada al cartabón en boga del deber y las misiones del periodismo.

No obstante, puede alegarse en su defensa que aquello mismo que por un lado enerva, sujeta o esclaviza la autonomía intelectual de los públicos concernidos al desviar la percepción y el análisis de las noticias, al fragmentar los marcos y contextos fácticos en que ellas se producen en tanto fenómenos sociales, y por consiguiente al mostrar y a la vez ocultar porciones de la realidad en lugar de mostrar la mayor totalidad posible, se ve compensado por otro lado por el ejercicio de un renovado individualismo periodístico, tan necesario en el periodismo como en todos los campos del pensamiento y de toda la vida social si no se quiere brindar a los públicos versiones industrializadas de la realidad, en consonancia con poderes conservadores.

La diversidad, la discrepancia, la libertad de opinión, de expresión y de prensa entrañan grandes cuotas de individualismo en el ejercicio del acto más peligroso conocido, que es el acto de pensar. En cambio, la uniformidad y el monopolio de la opinión, la expresión y la prensa de ideas en todos los campos de la vida social conducen -ingeniería comunicacional mediante- a una minimización del hombre concreto, es decir de los individuos, frente a las estructuras ideológicas al servicio de los múltiples poderes existentes en una sociedad.

Cuando el periodismo goza de libertad real adquiere un genuino poder predictivo del que es despojado cuando sus marcos son los del estatismo populista y todos los tipos de autoritarismo.

Con todo, lo dicho hasta aquí no significa negar el carácter corporativo, fenicio y servil a menudo existente en muchos miembros y órganos de esta profesión, pero esto sucede en todas las profesiones y no es exclusivo del periodismo. Por lo demás, sería una muestra de tremendismo (lo hubo tanto en contextos socialistas y fascistas como en populistas), siempre dirigido desde el poder mayor para condenar a priori, exorcizar, purificar y disciplinar a un sector profesional.

Estos procedimientos represivos y dictatoriales cualquiera sea el contexto y las supuestas razones esgrimidas para justificarlos constituyen hoy en Argentina tanto un marco estructural como algo muy de moda ligado a la baja calidad de la vida y la cultura democrática, inficionada por el llamado pensamiento políticamente correcto (PPC)en la opinión pública.

La misma pasividad cómplice de la opinión pública es la que en ciertos lugares y épocas legitima persecuciones, destierros y asesinatos de periodistas y pensadores cuando pretenden ejercer la libertad que exige su oficio en el contexto de la creciente uniformidad y disciplinamiento del pensamiento.

Si existe uniformidad, es porque no hay libertad, y si no hay libertad no existe información verdadera, por lo tanto tampoco existe conocimiento. Cuando esto sucede vuelve a reaparecer la fe y la creencia como método de validación del pensamiento y de los comportamientos, lo cual constituye un retroceso y una involución que traen por consiguiente la restauración de mitos y leyendas útiles para la continuidad y expansión de un poder que cada vez se vuelve necesariamente más opresivo.

Por eso no debemos cargar las tintas en contra del periodismo en general, ni tampoco de cierta clase de periodistas aun cuando pudieran existir a veces motivos concretos para el rechazo o la denuncia, puesto que invariablemente el mal sirve de acicate al bien, y en este sentido mucho más importante que la oportuna y necesaria denuncia en si es el aprendizaje social, la educación del público, la contribución a quitar las vendas de los ojos, de los oídos y de las neuronas de la gente.

Por lo demás, siempre he considerado que -como dice el refrán español- la culpa no la tiene el chancho (quiero decir que no es el principal culpable) sino el que le da de comer.

En RazonEs de Ser

1 comentario:

Unknown dijo...

Excelente artículo.

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