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Una jovencita en Majdanek - una nota enviada por Milo Auerbach


Nota  que me envió una prima desde Argentina, sobre la conmovedora experiencia de una nieta suya adolescente, durante su reciente participación en la Marcha por la Vida en Polonia.

Milo. 

Majdanek

Fue el día más fuerte de mi vida. No sabía que era capaz de sentir tanto dolor. Tanta angustia. Tanto odio. Me consumían las emociones, que rápidamente y fuertemente se apoderaron de mi cuerpo al entrar a Majdanek.

Es desgarrador entrar al campo y encontrar una cámara de gas. Cámara de gas. Esas tres palabras que tan fácilmente escribí en miles de pruebas en el colegio sin saber la fuerza que llevaban. Las atrocidades que se cometieron en ese lugar hacían que mi alma se tuerza de dolor. Pude ver los rasguños de desesperación dentro de la cámara y juro que mi alma se quebró. Familias enteras asesinadas, llorando por un poco de aire limpio, aire de libertad.

Créanme cuando les digo que uno no puede entender la magnitud de estas cosas hasta estar ahí. Me dolía el corazón, sentía tanta tristeza y angustia. Había una energía muy pesada. Miro a mi alrededor y veo las caras mojadas de mis amigos. Empapadas en lágrimas. Con nostalgia y sufrimiento en sus miradas. En ese instante intentas ponerte en el lugar de UNA sola persona, tratar de sentir lo que crees que ellos sintieron al saber que eran sus últimos segundos de vida. Pero no podemos, sería injusto ponerse en el lugar de ellos cuando nosotros no tenemos idea y tampoco sufrimos todas las cosas que ellos sufrieron.

No somos capaces de ponernos en esos zapatos. Zapatos. Entramos a una barraca que contenía únicamente zapatos. Zapatos usados para trabajar arduamente, por nuestros antepasados. Zapatos que nunca pisaron jardín, zapatos que nunca pisaron la primaria, zapatos que nunca pisaron la secundaria, zapatos que nunca pisaron la universidad, zapatos que nunca fueron pasados a otra generación.  Zapatos de una madre, zapatos de taco que tenía que utilizar para trabajar todos los días a toda hora. Zapatos de una madre que quería lo mejor para sus hijos y no se lo pudo dar. Zapatos de una madre que ahora descansa con los zapatos de sus hijos.

En las dos horas que duró nuestro recorrido, yo hice el mismo cambio que hicieron los judíos. Cuanto mas veía, menos sentía. Me llegué a sentir anestesiada. Y cuando pensé que no podía llorar más, llegue al monumento alzado por los soviéticos en honor a las víctimas de la Shoá. 

Monumento en el que descansan siete toneladas de cenizas. Cenizas que representan millones de vidas, de familias, de amores, de lazos. Y estar hoy acá me hizo darme cuenta que son solo cenizas lo que quedan en el monumento. Que las vidas, familias, amores y lazos los llevamos todos en nuestros corazones al pisar Majdanek.

Y cuando nos íbamos sentí algo inexplicable, sentí que me tenía que quedar a cuidarlos. Porque a pesar de haber nacido tres generaciones después los siento tan cerca como mi familia. Porque esa es nuestra familia, nuestra historia. Y hoy nosotros somos por todos aquellos que no lo fueron.

Anna.



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