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La mentira de los desaparecidos - Nota para el debate

La mentira de los desaparecidos
Autor: Dr.Antonio Caponnetto
Enviado por Hugo César Renés
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Comen­tando los Man­da­mien­tos, Santo Tomás llega al octavo y nos explica que se puede men­tir de tres modos diver­sos: acu­sando fal­sa­mente, acu­diendo a tes­ti­gos men­ti­ro­sos y sen­ten­ciando injus­ta­mente mediante jue­ces inequi­ta­ti­vos. Mien­ten los detrac­to­res que arre­ba­tan el buen nom­bre, los que los escu­chan com­pla­cien­te­mente, los adu­la­do­res y mur­mu­ra­do­res que se hacen eco de los embus­tes pro­pa­gán­do­los por doquier, item susu­rra­to­res, agrega el Aqui­nate, que es decir tam­bién los chis­mo­sos, a quie­nes mal­dice la Escri­tura por­que “tur­ban a muchos que viven en paz” (Eccli 28,15).
Abun­dando en cien­cia y en pru­den­cia, el Santo Doc­tor con­si­dera cua­tro moti­vos por los cua­les ha de ser repro­bada toda patraña. Por­que nos ase­meja al demo­nio –men­ti­roso y padre de la mentira-, por­que trae la per­di­ción para el alma, por­que des­pres­ti­gia la fama y la honra, y por­que hace impo­si­ble la vida social, ya que si los hom­bres no se dicen la ver­dad recí­pro­ca­mente, la con­cor­dia entre ellos des­a­pa­rece, y con ella la causa for­mal del orden comunitario.
Valga el introito para inte­li­gir y eva­luar el tema cen­tral que aquí pre­sen­ta­mos. Por­que la lla­mada cues­tión de los des­a­pa­re­ci­dos no es sino una redonda y escan­da­losa impos­tura, a la que se le apli­can todas y cada una de las ati­na­das obser­va­cio­nes de Santo Tomás.
–I–
Men­tira Cuantitativa
Empieza por ser un fraude la cifra, puesto en evi­den­cia con arit­mé­tica pre­ci­sión, ya no en sesu­dos estu­dios crí­ti­cos ela­bo­ra­dos por quie­nes tie­nen legí­timo inte­rés en refu­tar la fábula, sino por los mis­mos auto­res de la misma. Los auto­ti­tu­la­dos orga­nis­mos defen­so­res de los dere­chos huma­nos, desde la ver­ná­cula Cona­dep hasta el euro­peo Far­hen­heit, pasando por la des­co­me­dida Amnesty, jamás han cal­cu­lado ese número sino otro que –en las más abul­ta­das de las con­je­tu­ras– no llega a su ter­cera parte. Y auto­res como Richard Gilles­pie, que no pue­den ser acu­sa­dos de par­cia­li­dad favo­ra­ble a las Fuer­zas Arma­das, edi­tan libre­mente sus con­clu­sio­nes al res­pecto, sin sobre­pa­sar el vein­ti­cinco por ciento del mítico guarismo.
No cal­culó 30 mil la actual Secre­ta­ría de Dere­chos Huma­nos, ni la Emba­jada de los Esta­dos Uni­dos, ni la Asam­blea Per­ma­nente por los Dere­chos Huma­nos, ni el Estado de Israel, cuando el 24 de sep­tiem­bre de 2003 reco­no­ció que los 2000 judíos des­a­pa­re­ci­dos con­for­man el 12% del total. Dato que reve­la­ría, por un lado, que el total es enton­ces de 16.700, y por otro, que tam­bién en nues­tro país fun­cionó el clá­sico mari­daje entre el judaísmo y el marxismo.
Hay otro cálculo, a cuya cruda vera­ci­dad asi­mismo se le huye. Y es aquel, según el cual, cada indem­ni­za­ción esta­tal por des­a­pa­re­cido pudo alcan­zar la cifra de 244.000 dóla­res, repar­ti­dos entre deu­dos, abo­ga­dos y agru­pa­cio­nes dere­cho huma­nis­tas. Como suce­dió en el caso del Sr. Hage­lin, en tiem­pos de De la Rua, siendo bene­fi­ciado aquél con la suma de 702 mil dóla­res, gra­cio­sa­mente repar­ti­dos con el abo­gado Aníbal Iba­rra. Es el nego­cio del holo­causto, como lo lla­mara para análogo caso el israe­lita Nor­man Fin­kels­tein en su libro homónimo.
Ima­gi­na­mos la obje­ción supues­ta­mente huma­ni­ta­ria y nos apres­ta­mos a res­pon­derla. Por­que lo que aquí queda demos­trado al cer­ti­fi­carse la men­da­ci­dad de los dígi­tos, no es que treinta mil vidas val­gan más que una, o que nueve mil homi­ci­dios sean menos gra­ves que sus suce­si­vos múl­ti­plos, sino que el mar­xismo miente a sabien­das, miente deli­be­rada, per­ti­naz e impu­ne­mente, no sólo por­que conoce el papel que juega el engaño en la gue­rra cul­tu­ral, sino por­que se tiene bien apren­dida la estra­te­gia de la impo­si­ción ideo­ló­gica. Manio­bra envol­vente esta última, que nece­sita –para com­ple­tar su enredo dia­léc­tico y reduc­cio­nista– aque­lla mal­sana magia de la cifra de la que habla Sauvy, en vir­tud de la cual una vez sacra­li­zada una algo­rit­mia, la vene­ran sin hesi­tar los devo­tos del culto a la nume­ro­lo­gía, en clá­sica expre­sión de Soro­kin. Tan útil resulta a las izquier­das este cuan­ti­ta­tivo embuste, que el actual pre­si­dente Kir­ch­ner lo ins­ti­tu­cio­na­lizó for­mal y públi­ca­mente, diri­giendo la pala­bra ante la mis­mí­sima ONU ape­nas asu­mido su man­dato. Lo había hecho con ante­rio­ri­dad ya varias veces, pero la enti­dad del recinto que escu­chaba su ceceoso ale­gato, le con­fiere a la indigna trufa del pri­mer man­da­ta­rio el carác­ter de una nueva his­to­ria ofi­cial, huera de toda vera­ci­dad, como su ante­ce­sora libe­ral del siglo diecinueve.
No se ha medido aun sufi­cien­te­mente la gra­ve­dad de aque­llas decla­ra­cio­nes del juez Alfredo Hum­berto Meade –hechas públi­cas el 15 de noviem­bre de 2002– según las cua­les, y sor­pren­dido vivo cuando el libelo Nunca Más lo apun­taba como des­a­pa­re­cido, reco­no­ció pim­pante el opro­bioso fraude, pues era su modo de home­na­jear a los caí­dos, según dijo. Des­en­mas­ca­rado que­daba el repug­nante truco del mar­xismo, por enésima vez. A la vista de todos se ense­ño­reaba la fala­cia, sabién­dose posi­ti­va­mente que el caso del usía felón era uno entre cen­te­na­res, o qui­zás entre miles. Fue vana la evi­den­cia para una socie­dad envi­le­cida que se nutre de sofis­mas, y mucho más para los mul­ti­me­diá­ti­cos artí­fi­ces de la tra­moya. La cifra quedó intacta y ganó fuerza. Podrá negarse la tri­ni­dad de Dios, el tri­ple seis de la Bes­tia, la obvia decena del Decá­logo u otros sagra­dos núme­ros. Quien nie­gue el invento de los treinta mil des­a­pa­re­ci­dos, sea anatema.
–II–
Men­tira cualitativa
Fuera de su faz cuan­ti­ta­tiva, la cues­tión con­tiene otra estafa, ya no sobre el volu­men de los des­a­pa­re­ci­dos sino sobre la natu­ra­leza de los mismos.
No se dirá de ellos nada que defina su con­di­ción de vic­ti­ma­rios; nada que señale su mili­tan­cia terro­rista, su inser­ción en la ofen­siva gue­rri­llera, sus acti­vi­da­des sub­ver­si­vas, sus enro­la­mien­tos cra­pu­lo­sos en un apa­rato comu­nista inter­na­cio­nal. Antes bien, los eufe­mis­mos están a la orden del día y se mul­ti­pli­can con la ima­gi­na­ción de los pro­pa­gan­dis­tas de la izquierda. Sea la sen­ti­men­tal y ple­beya deno­mi­na­ción de chi­cos, la cien­tí­fica cali­fi­ca­ción de uto­pis­tas o la téc­nica seña­li­za­ción de disi­den­tes, van y vie­nen las elip­sis idio­má­ti­cas, al solo objeto de esca­mo­tear lo que debe­ría ser el punto ver­te­bral de dilu­ci­da­ción: si los que resul­ta­ron des­a­pa­re­ci­dos eran cul­pa­bles o no de inte­grar un ejér­cito irre­gu­lar de par­ti­sa­nos alza­dos con­tra la Nación. Si come­tían o no sus actos depre­da­do­res con el apoyo logís­tico e ideo­ló­gico de por los menos dos Esta­dos Terro­ris­tas, el Cubano y el Soviético.
Tam­bién aquí hemos de anti­ci­par­nos a una obje­ción pre­vi­si­ble, y alza­mos la voz fir­me­mente para recor­dar que lo que dire­mos lo diji­mos mien­tras ocu­rrían los hechos. Reos o inocen­tes no hay crea­tu­ras que merez­can el des­tino de des­a­pa­re­ci­dos; si lo último por razo­nes mani­fies­tas, si lo pri­mero por­que es legí­timo el recurso a la pena de muerte, públi­ca­mente eje­cu­tada y res­pon­sa­ble­mente deci­dida. Pero los sub­ter­fu­gios con que se adul­tera la iden­ti­dad de los des­a­pa­re­ci­dos, no son para defen­der a los inocen­tes sino para reivin­di­car a los cul­pa­bles. No para llo­rar a los ino­cuos sino para excul­par a los criminales.
Como en seme­jante mate­ria –como en todo– es lógico que el sen­tido común reclama un lugar aun­que se lo expulse inten­cio­na­da­mente, no han fal­tado reco­no­ci­dos terro­ris­tas que se han negado a los dis­fra­ces semán­ti­cos. Desde Página 12, el 17 de marzo de 1991, nada menos que Fier­me­nich reco­no­ció sen­ten­cioso: “habrá alguno que otro des­a­pa­re­cido que no tenía nada que ver, pero la inmensa mayo­ría eran mili­tan­tes, [eran] hom­bres capa­ces de ele­gir su vida”, y de hacer lo que hicie­ron “con con­cien­cia, con pasión”. “No hay dere­cho” –redon­dea el sica­rio– “a trans­for­mar en una estu­pi­dez todo eso”. La estu­pi­dez, tra­duz­cá­moslo, es que­rer hacer­nos creer que murie­ron por error, dam­ni­fi­ca­dos por la intrín­seca cruel­dad cas­trense. La estu­pi­dez, insis­ta­mos, es obli­gar­nos a dedu­cir que de la inmo­ra­li­dad del pro­ce­di­miento por el que alguien es for­zado a des­a­pa­re­cer, se sigue la incul­pa­bi­li­dad del mismo o lo que es peor, su nece­sa­ria glorificación.
Ni fue­ron treinta mil, ni fue­ron nece­sa­ria­mente inocen­tes. Dos ver­da­des que es nece­sa­rio repe­tir hasta escan­da­li­zar; dos men­ti­ras –las que nie­guen estos aser­tos– que es nece­sa­rio desenmascarar.
–III–
Men­tira moral
Queda una ter­cer ámbito de aná­li­sis de esta deli­cada cues­tión, ya no cuán­tico ni con­cep­tual sino moral.
Cre­ye­ron muchos al prin­ci­pio, que quie­nes recla­ma­ban los cuer­pos de sus parien­tes, lo hacían asis­ti­dos del com­pren­si­ble dolor, con­tri­tos ante el drama, con­tes­tes en que la gue­rra –por feroz que resulte– no puede ava­sa­llar el dere­cho natu­ral de ente­rrar a los muer­tos. La com­pa­ra­ción con la helé­nica Antí­gona se impo­nía casi espon­tá­nea­mente, y allí estaba la obra de Mare­chal –Antí­gona Vélez– para recor­dar­nos que la tra­ge­dia de Sófo­cles, apli­cada a la patria argen­tina, recla­maba una cruz para los caí­dos de un lado y del otro, con­forme a nues­tras mejo­res tradiciones.
Pronto se supo –y quien no quiera saberlo hoy es un cóm­plice del mito rojo– que no era el res­cate de cuer­pos entra­ña­bles ni la erec­ción de sepul­cros con cru­ces, los móvi­les de aque­llas fero­ces recla­man­tes. No era la voz de la heroína sofo­cleana que, en pleno paga­nismo, le impe­traba evan­gé­li­ca­mente al tirano Creonte, “no nací para com­par­tir el odio sino el amor”. Era exac­ta­mente lo con­tra­rio. Era el grito soez de un odio des­tem­plado y ren­co­roso, la mani­pu­la­ción del luto, inter­na­cio­nal­mente finan­ciado, el impia­doso uso de cadá­ve­res que se arro­ja­ban al ros­tro del enemigo como si fue­ran balas, la expre­sión inequí­voca y explí­cita de que aque­llas furias sólo que­rían con­ti­nuar desatando la insu­rrec­ción mar­xista. De cien mane­ras diver­sas, a cuál más cha­ba­cana y gruesa, lo ha dicho la señora Bona­fini en los últi­mos cinco lus­tros; y ha ido tan lejos en su mons­truosa ver­bo­rra­gia vin­di­ca­tiva, que no pocos de sus admi­ra­do­res cre­ye­ron opor­tuno tomar alguna dis­tan­cia pública. Excepto quien funge hoy de pre­si­dente, que se ha decla­rado su hijo.
Madres, Abue­las, Hijos, y un sin­fín de gru­pos soli­da­ris­tas afi­nes, res­pon­den a una estra­te­gia per­fec­ta­mente dise­ñada de ins­tru­men­ta­ción de la sen­si­bi­li­dad colec­tiva, cuyos sub­si­dios sucu­len­tos han sido y son pro­por­cio­na­dos por fun­da­cio­nes capi­ta­lis­tas, amén del apoyo reci­bido por el mis­mí­simo Depar­ta­mento de Estado de los Esta­dos Uni­dos, tal como lo reco­no­ció –entre otros– Julio San­tu­cho, en su libro Los últi­mos gue­va­ris­tas. La cues­tión de los des­a­pa­re­ci­dos enton­ces –así como la esgri­men quie­nes se arro­gan su entera repre­sen­ta­ti­vi­dad– está en las antí­po­das de encar­nar el pre­va­le­ci­miento del dere­cho natu­ral. Con­tra­rio sensu, reivin­dica para sí una juris­pru­den­cia cuyo norte no es la jus­ti­cia sino la ven­ganza, no la ecua­ni­mi­dad sino el encono, el revan­chismo y el des­quite inmi­se­ri­cor­dioso. Es la suya la ley de la peor clase de ira­cun­dos: la de quie­nes no se apla­can ni per­do­nan ni olvi­dan, y viven som­bría­mente mas­ti­cando su rabia, sus mal­di­cio­nes y sus agra­vios, gozando con la des­truc­ción de sus opo­nen­tes. Con razón San Pablo les decía a los Efe­sios “si se enojan no pequen”, por­que no es lo mismo la santa ira que la cólera movida por los demonios.
–IV–
La impos­ter­ga­ble verdad
Men­tira cuan­ti­ta­tiva, con­cep­tual y moral ésta de los desaparecidos.
Men­tira –y vuél­vase a las pala­bras de Santo Tomás con que empe­za­mos– que cuenta para su afian­za­miento con fal­sos acu­sa­do­res y jue­ces fac­cio­sos, con arre­ba­ta­do­res pro­fe­sio­na­les del buen nom­bre y chis­mo­sos de todo jaez, con pro­fe­sio­na­les del ardid ines­cru­pu­loso sol­ven­ta­dos por Fun­da­cio­nes nor­te­ame­ri­ca­nas y otras cola­te­ra­les de la Revo­lu­ción Per­ma­nente. Tal vez se entienda ahora –desde esta pers­pec­tiva teo­ló­gica que nos ofrece el Doc­tor Angé­lico– por­qué la socie­dad argen­tina vive en ten­sión y en dis­cor­dia. Difí­cil­mente se pueda vivir de otro modo cuando se le niega su lugar pre­emi­nente a la vir­tud de la veracidad.
Ante tal estado de cosas es nece­sa­rio salir al ruedo para lla­mar a los hechos y a las per­so­nas por sus nom­bres. De un modo nada com­pla­ciente, tanto para fus­ti­gar a los res­pon­sa­bles de las desa­pa­ri­cio­nes como para los enca­na­lle­ci­dos embus­te­ros que han hecho de ellas un dogma de fe. Defen­diendo lo defen­di­ble –la gue­rra justa librada por las Fuer­zas Arma­das con­tra el mar­xismo– y con­de­nando lo que la con­cien­cia cris­tiana no puede sino repro­bar. Abun­dando en deta­lles his­tó­ri­cos que la amne­sia inten­cio­nal pro­vo­cada por las izquier­das, hace hoy impo­si­bles de recordar.
Deta­lles, por ejem­plo, como los que emer­gen de la juris­pru­den­cia uti­li­zada habi­tual­mente para cali­fi­car a los mili­ta­res de auto­res de crí­me­nes de lesa huma­ni­dad. Tanto de los plie­gos res­pec­ti­vos de la Amnesty como los de la Corte Penal Inter­na­cio­nal, surge la pro­banza de que la tipi­fi­ca­ción de un cri­men de lesa huma­ni­dad, requiere la jun­tura de requi­si­tos per­fec­ta­mente apli­ca­bles a las accio­nes de la gue­rri­lla, inclu­yendo el que sos­tiene que tales homi­ci­dios, para ser rotu­la­dos como tales, “tie­nen que haberse come­tido de con­for­mi­dad con la polí­tica de un Estado o de una orga­ni­za­ción”. Más de un Estado Comu­nista apoyó y diri­gió las ope­ra­cio­nes mar­xis­tas. Más de una orga­ni­za­ción nativa, ame­ri­cana e inter­na­cio­nal res­paldó sus ope­ra­cio­nes béli­cas y políticas.
–V–
Por siem­pre
Pero mien­tras gobier­nan los Mon­to­ne­ros, y los remo­za­dos e impu­nes sub­ver­si­vos ocu­pan las calles, los foros, las pla­zas, los estra­tos ofi­cia­les y los ofi­cio­sos; mien­tras los mass­me­dia se rego­dean con su módico Nürem­berg local y casero, hay otros que ya no pue­den hacerse pre­sen­tes y cuyo recuerdo qui­sie­ran borrar por decreto de la memo­ria patria. Son los ilus­tres caí­dos en la gue­rra justa con­tra el Mar­xismo Inter­na­cio­nal. Los gue­rre­ros caba­les que se batie­ron en el monte y en la selva o en los labe­rin­tos urba­nos donde se escon­dían y ace­cha­ban los ase­si­nos terro­ris­tas. Los com­ba­tien­tes reales, los que tuvie­ron la suerte de enfren­tarse con uni­forme y ban­dera des­ple­gada, o aque­llos otros que hubie­ron de hacerlo –como en toda gue­rra no con­ven­cio­nal– yendo y viniendo cual un ejér­cito de som­bras. Por­que sólo el cóm­plice o el necio puede creer que al terro­rista aga­za­pado, camu­flado y mime­ti­zado con la pobla­ción nor­mal, se lo debe atra­par con la chapa iden­ti­fi­ca­to­ria a la vista y pre­vio aviso de allanamiento.
Los que caye­ron a campo abierto, o pateando esas gua­ri­das inmun­das desde las que se pla­neaba y eje­cu­taba a dia­rio el asalto con­tra la Nación. Los que tuvie­ron que luchar no única­mente con­tra los gue­rri­lle­ros, sino con­tra la sole­dad del mando cuando los más altos res­pon­sa­bles no estam­pa­ban sus fir­mas al pie de sus órde­nes o sen­ten­cias, ni pro­ce­dían como era ética­mente exi­gi­ble. Los que se enfren­ta­ron, junto con las balas enemi­gas, con la peque­ñez de los ami­gos, las defec­cio­nes de las cúpu­las cas­tren­ses, las deser­cio­nes de los flo­jos, las inmo­ra­li­da­des de los «pro­pia tropa», las angus­tias de los subal­ter­nos, las demen­cias de los opor­tu­nis­tas, y pese a todo, salie­ron lim­pios y rec­tos sin renun­ciar ala Fe en la causa por la que se com­ba­tía. Los sol­da­dos sor­pren­di­dos en la vigi­lia o en el sueño, en la puerta aba­tida a empe­llo­nes de una «cár­cel del pue­blo» o en la con­duc­ción de una patru­lla en Tucu­mán, «arma al brazo y en lo alto las estre­llas». Los que cada noche se des­pe­dían de sus hoga­res sin saber si regre­sa­rían al alba, mien­tras dor­mían ampa­ra­dos por la segu­ri­dad que les daba tales ope­ra­ti­vos, muchos, muchí­si­mos de los mise­ra­bles que ahora levan­tan el dedo acu­sa­dor. Los que sobre­vi­vie­ron –heri­dos, muti­la­dos, pre­sos, nunca como antes– y que han sido ensu­cia­dos por la pas­qui­ne­ría ama­ri­lla, sin dere­cho a réplica, y deben expli­carle ahora a sus hijos y nie­tos quié­nes han sido real­mente los ver­du­gos de la argentinidad.
Todos ellos y tanto más, han muerto y han peleado por la autén­tica gran­deza argen­tina. No die­ron sus vidas, como dicen algu­nos que así creen home­na­jear­los o poder lla­marse “ami­gos y fami­lia­res”, para que ahora «dis­fru­te­mos de esta paz, de esta liber­tad, de esta demo­cra­cia». Ofende sus recuer­dos el sólo pro­nun­ciar tama­ños dis­pa­ra­tes. Caye­ron y pelea­ron por lo Eterno y lo Per­ma­nente. Caye­ron y pelea­ron por la Cruz y la Ban­dera Azul y Blanca. Caye­ron y pelea­ron por Dios y por la Patria. Por eso– y que tomen nota los cri­mi­na­les de gue­rra que hoy gobier­nan– su lucha no ha con­cluido. Alguna vez vol­verá la ver­dad por sus fue­ros con­cul­ca­dos. Alguna vez, el Dios de los Ejér­ci­tos, hará caer sobre esta tie­rra cau­tiva y man­ci­llada, la ben­di­ción de su santa y jus­ti­ciera ira. Enton­ces, será la vic­to­ria pen­diente. Una vic­to­ria exacta, lím­pida, rotunda y clara. Por siempre.

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