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Paraguay y el Titanic

Una jornada de violencia extrema se vivió el día 6 de diciembre cuando, por alrededor de cinco horas, unas 400 personas que ingresaron a 10 hectáreas del terreno municipal que pertenecen al Jardín Botánico fueron desalojadas. El predio municipal donde se produjo enfrentamientos entre civiles y policías se llama Viñas Cue. Pasó de todo: oficiales o agentes del orden heridos, barras bravas que intentaban repeler a los uniformados con petardos, balines y bombas molotov.
La violencia se trasladó al barrio Viñas Cue. Hubo descompensaciones de personas que se vieron superadas por las horribles circunstancias y niños aterrorizados. Hubo, creo que no exagero, una suerte de apocalipsis en esa tierra de nadie. Eso es feo. Si seguimos así podemos llegar a vivir tiempos de violencia como los que vive México.
Por otra parte, tenemos chicos que se drogan y la sociedad no tiene respuestas para este flagelo.
Los saqueos a los negocios están casi a la orden del día. Y qué decir de la delincuencia a la que nos vemos expuestos diariamente quienes salimos a la calle para dirigirnos a nuestros lugares de trabajo. Los asaltos no tienen hora, ni mucho menos. Antes uno se creía protegido de algún atraco a la hora en que el Sol estaba en lo alto hasta que declinaba y llegaba el ocaso. Actualmente, estoy en condiciones de afirmar que la inseguridad nos va ganando, tanto a la noche como bajo la luz solar.
El EPP continúa firme. Muchas personas temen, y con sobrada razón, de su propósito de querer llegar al poder.
Por supuesto, hay gente que ni se da cuenta aún de los difíciles momentos que nos toca sufrir. Si me dicen que todavía no se instaló una crisis de valores, de buena gana reiré y lloraré. Lo concreto es que hemos llegado al colmo.
Por lo demás, observo en los individuos un alto grado de intolerancia, que habla de sus problemas económicos y familiares, entre otras urgencias, supongo.
Y ya ni quiero mencionar nuestra ignorancia que siempre nos deja tan mal parados ante el mundo.
Los políticos no están a la altura de las circunstancias por incapacidad generacional, porque tienen los ojos puestos en afanes personales, y porque son hijos legítimos, finalmente, de una sociedad mediocre.
Y luego está la gente ingenua, indiferente, que se pasa aguardando que las soluciones vengan de los gobernantes, sin entender que si estamos aquejados de esta ruptura social, mucho se lo “debemos”, por cierto, a ellos.
Perdón, pero a mí, particularmente, me indigna en gran manera que tantos seres humanos tomen asiento sobre su comodidad, su buen pasar, mientras se enteran a través de la prensa, por ejemplo, cómo la sociedad paraguaya, entre alguna que otra circulación alternada, se desmorona.
He aquí el hundimiento del Titanic, no en versión cinematográfica sino real, patente, que a muchos desesperados nos tendrá cayendo al agua.
Nadie es una isla. Tú no eres una isla, lector. Tampoco yo. Por lo menos en eso, quienes tenemos conciencia social, podemos ponernos de acuerdo para intentar ver una manera de solucionar la problemática de la drogadicción, entre otras urgencias. Todo suma, menos la indiferencia.
Debemos utilizar eso que llamamos cerebro y obrar para traer mejores aires al país. No busco llegar a hacer futurología con este comentario, pero ¿recuerdan cómo los pasajeros peleaban por llegar a los botes mientras el trasatlántico se hundía lenta, desesperadamente, en las congeladas aguas, un abril de 1912?
Delfina Acosta
desde Asunción del Paraguay
1 de Diciembre de 2011

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