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UN ESPEJO FRANCO DONDE MIRARNOS - por Eduardo Juan Salleras



El hombre del cartel (no quiero que me cambien a mi)
UN ESPEJO FRANCO DONDE MIRARNOS
Por Eduardo Juan Salleras, 2 de octubre de 2014.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente


Charlando días pasados con un médico cirujano amigo, quien me operó la mano derecha hace un mes, me contó una historia, supuestamente ocurrida en Sodoma y Gomorra, la que decidí plagiar, adaptándola a la Argentina de hoy.

Un hombre, todos los días, daba vueltas a la Plaza de Mayo gritando: - ¡Arrepiéntase pecadores!, llevando en sus manos un palo con un cartel enorme en la punta haciendo alusión a la corrupción generalizada, al narcotráfico, al consumo libre de drogas, a la vida ligera, al aborto y demás pecados sociales.

Al principio nadie le llevaba el apunte, pero el manifestante se hizo cada vez más famoso, apareciendo en los medios de comunicación casi todos los días con un cartel distinto haciendo referencia a los vicios de la comunidad y el poder.

Claro, como suele pasar, cada persona que leía esas proclamas, interpretaba que se refería a él, entonces comenzaron los insultos, seguidos de agresiones, a los que el profeta jamás respondió.

Sin cesar en su prédica, a veces medio estropeado, no faltó jamás un día a la plaza.

Mientras era agredido, nadie se animaba a defenderlo, ni siquiera a socorrerlo luego de un ataque.

Hasta que un día, lo dejaron muy maltrecho en el piso. La cabeza apoyada sobre las baldosas con el cuello estirado hacia atrás. Su cara, entre moretones y ensangrentada, había perdido su fisonomía. Medio acurrucado, posición seguramente adoptada en medio de la paliza como único atisbo de defensa, pero, los brazos abrazando fuerte su pancarta, lo que le impedía incorporarlo a un buen samaritano, que apiadándose de él, se acercó a ayudarlo…

- Vamos hombre, levántese.

Entre lo deteriorado y esa posición de no soltar su cartel, se hacía muy difícil enderezarlo y sentarlo en uno de los bancos de la plaza.

- Vamos hombre, ayúdeme que lo incorporo… si no suelta el cartel es imposible.

- No, no, el cartel no…

- Señor, por más que insista nada va a ser diferente, es imposible pretender cambiar a la gente…

Intentó entonces sacarle la pancarta de entre los brazos inútilmente, el hombre se aferraba cada vez más fuerte y en vos baja, con el poco aliento que le quedaba, le dijo:

- Lo que pretendo es que no me cambien a mí.

En el último tiempo, si repasamos un poco con serenidad y sinceridad lo transcurrido, se produjeron cambios culturales enormes: aquello que estaba mal ahora parece estar bien y lo que antes era lo correcto hoy está en desuso, ya no corresponde, caducó.

Las cosas fueron pasando delante de nuestros ojos, una a una, sin hacer nada al respecto, en una total conducta de desinterés por lo que ocurría.

Algunos agoreros de entonces, eran silenciados por no decir cosas lindas. Todos estaban más preocupados por alcanzar el éxito, que por ver y asumir la realidad.

- Yo a vos no te leo o no te escucho porque siempre tiras pálidas… prefirieron ignorar que afrontar los problemas.

Esas personas hoy probablemente tengan miedo de ser asesinadas por la delincuencia, estén aterradas que sus hijos entren al camino libre del consumo de drogas, que sus hijas desaparezcan para andar sin retorno el sendero angosto de la prostitución, y además, hartas de ser esquilmadas por un Estado que nada hace por ellos.

Se fue gestando un monstruito en el vientre de la política, sin que ninguno de sus dirigentes se anime a llamar a las cosas por su nombre, porque tal vez son parte residual de aquella década furiosa o hijos de la misma, en la que los políticos prefirieron correrse a un lado, lavándose las manos, optando por ignorar, llamándose a silencio o a distracción, ante la solución propuesta a un problema violento.

Este monstruo salvaje hoy está pariendo todos los días, desparramando sus crías por doquier.

… ¿Ya es tarde?… Nunca es tarde, pero cuánto más pase el tiempo y crezca el problema en gravedad, debemos comprender que se necesitarán soluciones más complejas, de las que probablemente luego, nadie se haga responsable, como ya ocurrió.

Tal es el cambio cultural que propuso la nueva era que parece ser mejor drogarse que fumar un cigarrillo; abortar que evitar el sexo de cualquier forma y en cualquier tiempo; se considera conveniente el libertinaje a hacernos cargo de educar; es más ventajosa la ignorancia a las cuestiones inteligentes, a las preguntas incómodas; aparenta ser mejor decirle al nene a todo que sí, y evitar explicarle que en la vida hay límites, y que para gozar de la libertad hay que saber ser libres en sí misma, porque ella también tiene sus fronteras, no es el infinito.

Hemos dejado pasar muchas cosas, abandonando nuestros principios, nuestras habituales pancartas, ¿rindiéndonos ante la modernidad o ante la comodidad? Cuando ésta última está siendo gravemente amenazada, pretendemos reaccionar, nos acordamos de lo que fue, de lo que fuimos, y mirando hacia atrás, está todo tan lejos, que para distinguir, debemos volver. Eso se llama retraso, involución o haber elegido el camino incorrecto.

No supimos defender lo que nos pertenece, a lo que pertenecíamos, rindiéndonos ante la caricia hipócrita y facilista de la demagogia, rechazando aquellas manos ásperas y sinceras del trabajo, del esfuerzo, del compromiso… de la verdad.

Hoy la droga es una necesidad social y el sexo un antojo, una golosina; los delincuentes no roban, sólo toman para sí; la violencia es el fuero donde deben dirimirse las cuestiones; el honrado, el honesto, es un imbécil, y en cambio, el que logra despegarse de éstas cargas será un hábil político o un formidable hombre de negocios.

No dejemos que nos cambien, que nos dobleguen, que nos dé lo mismo; no demos el brazo a torcer.

A aquel hombre con su cartel nunca más se lo vio, tampoco nadie preguntó por él.

¿Se habrá muerto? ¿Estará preso? Quizás se rindió o lo cambiaron.

Se ha roto el único espejo franco donde mirarnos.

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