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Una mecha muy corta - Por Enrique Guillermo Avogadro


“Nada hay dentro de la nación superior a la nación misma.” 
Nicolás Avellaneda
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Como émulo de los que cayeron en Villa Gesell y Mar del Plata (pido disculpas a sus víctimas por la comparación), el mercado ha fulminado con un rayo a la Argentina. Resulta claro que todas las variables económicas se han salido de madre, por obra y gracia de una Presidente ausente y de un grupo de cretinos incapaces y groucho-marxistas (tan torpes que ni siquiera pudieron ejecutar las nefastas políticas del Foro de San Pablo), además de extremadamente dañinos, a los que aquélla ha puesto a manejar el país. Y la pregunta que hoy se formula más habitualmente en la calle es: ¿se puede seguir así casi dos años más? Porque, convengamos, dejar a esta banda de delincuentes seguir obrando a su antojo durante ese lapso, significará más miseria, más hambre, más inflación y más destrucción y, al final, el país estará de rodillas para siempre.

El miércoles, la internación de su madre permitió que doña Cristina estuviera en el Sanatorio Otamendi durante más de nueve horas y la falta de información oficial disparó todas las versiones sobre el verdadero estado de salud de quien ocupa el sillón de Rivadavia. Fue curiosa la reunión que mantuvo con el Bambino Kiciloff el jueves, en el mismo lugar; sólo cabe suponer que el ámbito fue elegido para atender una eventual descompensación frente a las malas noticias que le llevaba el Ministro de Economía. Pero, para declarar su incapacidad para ejercer el poder y habilitar el mecanismo constitucional de reemplazo se requiere una ley, un objetivo de imposible concreción con esta composición del Congreso, aún cuando se estén violando hoy mismo los artículos 3 y 88, entre tantos otros, de la Constitución.

¿Los argentinos debemos, en nombre de esta institucionalidad “trucha”, aguardar los veintitrés meses que faltan para que venza el período presidencial y pagar el costo de una mayor profundización de la miseria del país y del deterioro de todas nuestras expectativas de futuro? ¿Debemos privilegiar, frente a un gobierno que ha violado tanto la Constitución, su permanencia a la existencia misma de la nación? Pretendo que funcionen los mecanismos legales y, de ningún modo, concordaría con un golpe de estado; sin embargo, creo que debemos volver a la democracia representativa y dejar de lado esta democracia “delegativa”, como definiera Guillermo O’Donnell.

Mañana, en Mar del Plata, el sindicalismo gritará su propio reclamo y, probablemente, la voz resulte unificada –parece que no asistirán De la Sota, Massa y Scioli- y acelerará el final anunciado; tal vez, sea mejor eso que el sepulcral silencio que rodeó al cónclave celebrado por casi todas las asociaciones gremiales empresarias (AEA, ACDE, ADEBA, ABA, Mesa de Enlace, cámaras binacionales de comercio, etc.) en La Rural días atrás.

Nuevos elementos que se han sumado al escenario político y económico permiten asegurar, sin temor a errar, que esta nueva crisis se producirá en un contexto significativamente peor que la del 2001. Veamos: la sociedad está partida en pedazos y violentamente enfrentada, y la utilización de la Gendarmería para contener el descontento policial ante las promesas salariales incumplidas auguran el enfrentamiento entre dos fuerzas que portan armas; la presumible intención de utilizar al Ejército –sino, ¿para qué se compran Hammer blindados?- para la seguridad interior chocará con la natural negativa de muchos oficiales a salir a la calle, aún con una normativa que lo convalide, ya que saben que serán juzgados después con la vara de esta falsa política de derechos humanos, que hoy mantiene en la cárcel a 1.600 de sus antecesores; y para colmo de males, carecemos de dirigentes capaces de montar el potro salvaje de esa monumental crisis que se avecina.

La inflación se está espiralizando –confirmando que superará el 40% este año- y los tres medios financieros más importantes del mundo, The Wall Street Journal, The Financial Times y The Economist, hicieron una trágica interpretación de la realidad argentina, adjudicando su total responsabilidad a los Kirchner, y uno de ellos avisoró la posibilidad de grandes conmociones sociales. La devaluación que el Gobierno está realizando superó, en quince días, las estimaciones del Presupuesto Nacional para todo el año, y el “blue” continúa su imparable carrera; el viernes cerró a $ 12 por unidad.

Si bien todavía nuestro nivel de reservas nominales supera el que se vio obligado a dejar De la Rúa, lo cierto es que ya no alcanzan más que para pagar cuatro meses de importaciones, cuando entonces podían afrontar un año entero; y, aún cuando los precios de nuestras materias primas aún superan en 300% a los que regían entonces, los beneficios de las cosechas sólo sirven hoy para importar los combustibles que, en aquel año, no faltaban; el gasto público se ha disparado hasta el infinito, y más de un millón de nuevos empleados públicos garantizan un frente de tormenta que tampoco en aquella época existía; y el aislamiento internacional, sobre todo respecto a los mercados de crédito, nos obliga, como quería Aldo Ferrer, a “vivir con lo nuestro” que, notoriamente, no alcanza.

El Gobierno sigue haciendo de las suyas, profundizando el modelo de saqueo y expoliación, y el déficit fiscal ya llega al 4,5% del PBI, por la caída de la recaudación de impuestos debida, a su vez, a la paralización de la actividad y la natural reducción del consumo. El desparpajo con que roba y dilapida el esfuerzo de los argentinos, que ya deben destinar más de la mitad de su tiempo laboral a pagar la enorme carga impositiva que los abruma, produce irritación e indignación; en especial porque, además de abonar a la AFIP y a sus homólogas provinciales y municipales por servicios dignos del África subsahariana, deben afrontar el costo de la seguridad privada, de la salud privada, de la educación privada y hasta de la justicia privada, como muestra la creciente recurrencia a los tribunales arbitrales.

Frente a un régimen que recaudó la friolera de US$ 900.000 millones, la población, que carece de los más básicos servicios que el Estado debe suministrar a cambio de los impuestos, se pregunta dónde está ese dinero. Viajamos como ganado y morimos, día tras día, en ferrocarriles y caminos inexistentes, perdimos el sistema de comunicaciones más moderno de su época, nuestros hospitales y escuelas se caen a pedazos y carecen de los más mínimos elementos, nuestros puertos son obsoletos, y nos hemos quedado sin reservas de energía, lo que nos impide tener luz y gas. ¿Cuánto, de esa sideral suma, fue a parar al bolsillo de los Kirchner y sus cómplices?

Entonces, con ánimo constitucionalmente destituyente –rol que asumo con responsabilidad- propongo entonces que ataquemos a este nefasto régimen en su frente más esencial, la recaudación fiscal. Si nos ponemos de acuerdo en dejar de pagar los impuestos, como hicieron los norteamericanos en Boston con el té, podremos obligar al Congreso a tratar la situación de acefalía en que el país se encuentra y, con ello, terminaremos con la familia imperial y con su banda de delincuentes, corruptos y genocidas. Si no lo hacemos, si continuamos desempeñando el papel de borregos dispuestos a trabajar como esclavos para que la Presidente y sus corifeos sigan llenando sus alforjas ahítas, que derrochan en casas, aviones, viajes, Fútbol para Todos, Aerolíneas Argentinas, etc., no tendremos destino como nación y la Argentina dejará de existir.

En cambio, si hacemos como Ghandi en la India, que pacíficamente logró desterrar al Imperio Británico y sus procónsules locales, si concretemos esa resistencia civil, el Gobierno, desfinanciado, se verá imposibilitado de seguir adelante con su irracional política de comprar voluntades y robar hasta las cañerías del edificio estatal y, cuando las consecuencias de nuestra común conducta produzca el derrumbe final de esta década siniestra, todos sus responsables, funcionarios o privados, terminarán por pagar la cuenta de la fiesta con su libertad y su fortuna mal habida; algo nos están diciendo, en este sentido, los permanentes “escraches” a que son sometidos cada vez que intentan asomar fuera de sus madrigueras, algo que no se produjo con los gobiernos anteriores.

Debo reconocer que peco de optimista porque, lamentablemente, no veo en los argentinos el coraje necesario y la vocación común de quienes hicieron la patria; en un país donde todos tienen la cola sucia, resulta difícil que se venza el miedo individual y egoísta, que se supere el “sálvese quien pueda”. Apelo, sin embargo y contra toda esperanza, a mis conciudadanos y, en especial, a los dirigentes, para que juntos nos pongamos el país al hombro y salgamos de este marasmo en el que estamos inmersos por decisión propia; para ello, me permito citar a Leopoldo Lugones: “… entre los afeminados ciudadanos de Ítaca no se encontró uno capaz de manejar el arco legendario del guerrero ausente”.

Bs.As., 19 Ene 14

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