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UNITARISMO Y FEDERALISMO


Unitarismo

El Congreso de 1824, contrariando la voluntad expresa de la mayoría de los pueblos, sanciona la constitución unitaria de 1826.

Entregadas las provincias al aislamiento y obligadas a ejercer por sí solas la totalidad de su soberanía empezó el gobierno de Buenos Aires a sentir la disminución de su importancia política y las invitó por cuarta vez a la reunión de un congreso general, que constituyese la nación. Las provincias respondieron como siempre a la invitación y el congreso se instaló en Buenos Aires en diciembre de 1824, estableciendo en una de sus primeras leyes que no se procedería a la sanción de una constitución sin consultar la opinión de las provincias, y que se sometería a la mayoría de ellas sobre el régimen de gobierno que debería adoptarse.

Pero este congreso, influenciado como los anteriores por los elementos de la centralización que lo rodeaban, se precipitó a nombrar de presidente de la República al jefe del partido centralista, y con la exposición de tres provincias que se pronunciaron por el sistema unitario, sancionó en 1826 una constitución centralista calcada en la de 1819, contrariando los votos de la mayoría de los pueblos que se decidieron por el sistema federal.

Esta reincidencia en el error, explicable tan sólo por la ignorancia y la debilidad de carácter de los representantes de las provincias y por la pasión ciega del partidismo de los de Buenos Aires, echó por tierra todo el ensayo de organización, y el gobierno nacional desapareció ante la resistencia de las provincias a la cabeza de las cuales se puso la misma Buenos Aires que había sido segregada de su capital para determinar en el municipio de ella la órbita de acción de los intereses genuinos del partido y distinguirlos de los que se moviesen con tendencias diversas en el resto del territorio de la República.

No contentos con lo anterior, los prohombres del partido unitario hacen asesinar a Dorrego, jefe del partido Federal.

No fue bastante este último desengaño de la imposibilidad de constituir el país bajo el sistema unitario: y los prohombres del partido enceguecidos por la pasión, ocurrieron a un medio abominable de hacer triunfar sus pretensiones: citaron por delante a un militar insurrecto ( Lavalle ) que manchando sus glorias adquiridas en la guerra de la independencia, asesinó alevosamente al gobernador de Buenos Aires, porque siendo nacido en la ciudad capital tenía el crimen de haber contrariado las tendencias del congreso, atacando sus errores y de haberse convertido, por la consecuencia de esos mismos errores, en el jefe del partido federal de la República.

En la ofuscación de las pasiones llegó a creerse, que asesinando la persona se destruía el principio representado en ella, pero las consecuencias inmediatas pronunciadas en la guerra civil, se encargaron de demostrar al instante que ese asesinato había sido un crimen de peor carácter que los errores del congreso.

La dictadura de Rosas.
(Su justificación ante todo desacierto, se impone la dictadura)

Buenos Aires, la más perjudicada con tanto desacierto, tomó a su cargo esta ingrata tarea y encomendó el desempeño de ella a uno de sus jefes militares a quien ascendió, revistió de la túnica del poder público para hacer eficaz su acción.

Para evitar ensayos ruinosos de organización, las provincias apoyan la dictadura.

La dictadura se ejerció y las provincias todas la sostuvieron para evitar la repetición de ensayos ruinosos de organización, y para destruir los gérmenes de la discordia que la postergaba por tiempo indefinido, habiéndose empleado un cuarto de siglo que forma una época luctuosa en nuestra historia; para restablecer las cosas al estado en que se encontraban cuando se abusó de la buena disposición de los pueblos para constituirse en nación.

La “dictadura”, no surgió espontáneamente ni por la voluntad de un hombre. La Legislatura designa a Rosas gobernador de la provincia, con “facultades extraordinarias”, que habían sido usadas por todos los gobiernos anteriores. En el segundo gobierno de Rosas, las mismas facultades fueron dadas luego de un plebiscito exigido por el mismo Rosas.

Fuentes:
- Castagnino Leonardo. Juan Manuel de Rosas, Sombras y Verdades
- Chavez, Fermín. La vuelta de Don Juan Manuel
- Saez, Manuel A.(*)
(*) Manuel A. Saez (1834 1887). Mendocino. Doctorado en la Universidad de Erlangen (Baviera). Sobresalió en Cuyo como jurista y en 1866 defendió a los "colorados" insurrectos. Escribió en diarios de San Luis y Mendoza, y gran parte de su obra fue editada en Valparaíso, en 1871. Este mismo año apareció en Chile su estudio El derecho antiguo de tos romanos, y en 1880 su escrito titulado Federalismo y Unitarismo, en momentos en que apoyaba la candidatura de Bernardo de Irigoyen a la presidencia. En 1884 fue director de Tierras y Colonias.


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