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Breve curso para políticos con aspiraciones a gobernar

Rafael Bolivar Grimaldos publicó alguna vez un trabajo titulado: "Características de los gobernantes - Una tipología posible".

¿Es que los gobernantes son diferentes de las personas comunes?

Veamos de qué nos habla Rafael en su monografía inspirada en la obra de Maquiavelo y en los pensamientos de Napoleón Bonaparte.

Tres especies de cerebros humanos

En los seres humanos podemos distinguir tres especies de cerebros:
-Los de los genios quienes obran por sí mismos (poquísimos).
-Los de los talentos quienes son poco aptos para inventar, pero poseen sagacidad selectiva para escoger lo que proponen los demás (unos pocos más).
-Los de personas normales quienes son entes que apenas existen (la inmensa mayoría).

Los primeros son genios superiores que poseen originalidad creadora, clarividentes que exteriorizan lo que visualizan.

Los segundos son talentos estimables que aunque no cuentan con mentalidad creadora, si poseen la suficiente inteligencia para discernir con mesura juiciosa sobre lo que se dice y lo que se hace, sobre las buenas y malas acciones de sus consejeros y para apoyar las primeras y corregir las segundas. Como no ven posibilidad de engañarlos, sus ministros se mantienen íntegros, discretos y sumisos ante ellos.

Los normales son los más abundantes en las sociedades, los torpes que no saben a qué atenerse.
 
¿Qué tiene un gobernante que lo diferencia del resto?

Según este trabajo, los gobernantes atraen la atenciónde las demás personas en forma especial. Tienen algunas dotes en mayor altura que las de sus gobernados. Estas provocan alabanza o censura en ellos.

  • Unos son tenidos por avaros y otros por generosos.
  • Unos por rapaces y otros por dadivosos.
  • Unos por crueles, otros por compasivos.
  • Unos por leales, otros por desleales a sus promesas.
  • Unos por feroces y valerosos, otros por afeminados y cobardes.
  • Unos por soberbios, otros por humanos.
  • Unos por recatados, otros por lascivos.
  • Unos por complacientes y flexibles, otros por severos e intolerantes.
  • Unos por firmes, otros por ligeros.
  • Unos por creyentes y religiosos, otros por incrédulos e impíos.


 
Un gobernante debe contar con la estimación de sus súbditos

Lo que más proporciona estimación a un gobernante son las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas que ejecute. Los gobiernos de los mejores gobernantes han sido una secuencia de empresas grandiosas y algunas extraordinarias.
 
Emprender y terminar en el orden civil acciones y obras poco comunes, inaugurarlas con gran celebridad y premiar a los copartícipes del entorno para que se apropien de ellas. La celeridad con que las desarrollen no da tiempo a sus gobernados de urdir tramas en su contra. Acciones y obras que deje sin terminar van a engrandecer al gobernante que luego lo haga.

 
Un gobernante debe saber distribuir premios y castigos

Estas celebraciones, premios y castigos deben dar al público de qué hablar en forma notable. Debe manifestarse como amigo generoso de las personas talentosas y honrar a sus gobernados que sobresalgan en cualquier arte. Estimular a quienes ejercen pacíficamente su profesión u oficio. Promocionar premios para quienes funden establecimientos útiles, para quienes multipliquen los recursos en las ciudades.

Pero también debe castigar de forma ejemplar a los ejecutores de acciones malas.
 
Un gobernante debe tener contacto permanente con sus súbditos
 
Proporcionar fiestas y espectáculos a las comunidades en las fechas habituales. Reunirse a veces con estas comunidades y sus juntas y tener algunos especiales miramientos con ellos. Dar ejemplo de humildad y generosidad protegiendo sin embargo que la majestad de su cargo permanezca inalterable y evitando que por popularidad se humille de alguna manera su dignidad.

Un gobernante no debe quitar tres cosas a sus súbditos

Debe evitar lo que pueda hacerlo odioso y despreciable. Lo que más desprecio causa es usurpar bienes, honra o mujeres a los súbditos. Mientras no se quiten bienes, honra y mujeres a los súbditos, la mayoría vivirán contentos. Sólo hay que evitar y reprimir de cualquier modo la ambición de unos pocos.

Un gobernante debe ser más perspicaz que sus súbditos

La observación atenta de sus súbditos debe ser tan grande que ninguno se atreva a engañarlo, o armar intrigas o conspiraciones contra él. Manteniendo una alta estimación en su pueblo, difícilmente se conspirará contra él. Tampoco lo harán los gobernantes extranjeros.

Un gobernante debe crear y desarrollar su imagen ante sus súbditos

Ante todo ingeniar los modos en que cada una de sus operaciones políticas engrandezca su fama de grande e ingenioso gobernante. Su obligación es proceder con moderación, prudencia y humanidad. Mucha desconfianza lo convierte en imprevisible, demasiada confianza en insoportable.

Un gobernante debe tener otras cinco dotes fundamentales

Otras dotes con que debe contar un gobernante son: constancia, seriedad, virilidad (o su equivalente en una mujer, si lo es), valentía y decisión en sus actos.

Un gobernante no debe tener cinco defectos graves

Los defectos que hacen despreciable a un gobernante son: ser variable, ligero, afeminado (o su equivalente en una mujer, si lo es), pusilánime e indeciso.

 
Un gobernante debe saber cumplir pero también mentir a sus súbditos

Debe cumplir promesas pero también saber engañar y saber fingir. No hace falta que un gobernador posea todas las virtudes que le son necesarias, sino que sepa aparentar que las posee. Es más conveniente que no las posea y sepa aparentar que las posee, a que realmente las posea y las practique continuamente.

Tiene que aparecer para gobernantes y gobernados como manso, humano, fiel, leal, aún sin serlo. Pero le es necesario conservar su corazón en completo acuerdo con su inteligencia, especialmente cuando tiene que tomar actitudes contrarias.

Deben cuidarse muchos de ser circunspectos. Que cuantas presentaciones públicas y palabras salgan de su boca, lleven el sello de las virtudes mencionadas. Para que quien los vea u oiga los crea llenos de buena fe, entereza, humanidad, caridad y religiosidad. De estas virtudes, aparentar la última es la más importante.

En general las personas juzgan más por lo que ven, que por lo que realmente se hace. A todos se les debe hacer ver lo que es conveniente. Tocar y comprobar se debe permitir sólo a un limitado número de privilegiados.

El pueblo ve lo que el gobernante parece ser, y tiene como apoyo de sus ilusiones el poder del Estado que los protege. Sólo muy pocos aprecian lo que el gobernante realmente es, pero no se atreven a contradecir la opinión del pueblo. Un gobernante debe predicar sólo paz y hablar únicamente de buena fe, pero no observarlas cuando puede perder la estimación que le profesan y los dominios que gobierna.


Para un gobernante, la realidad debe ser la única verdad.

Un gobernante debe ver las cosas como son y no como se las imagina. Los gobernantes deben ver la verdadera realidad y no los desvaríos de algunas imaginaciones. Muchos concibieron Estados y Repúblicas que solo existieron en su fantasía acalorada y que jamás vieron. Hay mucha distancia entre saber cómo viven los hombres y cómo debieran vivir.

Un gobernante no debe ser bueno siempre

Quien para gobernar estudia lo que las personas hacen y deduce de allí lo que sería más noble y más justo hacer, aprende a crear su ruina, en lugar de preservarse de ella. El gobernante que a toda costa intenta ser bueno, camina hacia el desastre porque entre los gobernados que lo rodean hay quienes no lo son, El gobernante que quiera mantenerse en una gobernación, debe no ser bueno en ciertos casos y usar o no su bondad según lo exigen las circunstancias.
 
El gobernante debe saber aplicar severidad y clemencia. Todo gobernante debe desear que se le conozca por clemente y no por cruel, pero debe evitar siempre hacer mal uso de su clemencia. Cuando el gobernante necesita de la crueldad para conservar unidos a sus gobernados e impedirles que falten a la lealtad que le deben, no debe temer a la infamia inherente al usarla. Los casos en que tienen que usar la severidad son muy pocos y ofenden solo a unos cuantos particulares. Aquellos con que usa la tolerancia, por ejemplo al producirse desórdenes, robos y crímenes, ofenden a todos los ciudadanos.

 
A un gobernante nuevo le es muy difícil evitar la fama de cruel porque debe siempre obrar con severidad extrema sin atemorizarse. No debe obrar con tolerancia ante los males que le avisen. ¿Vale entonces a un gobernante ser más temible que amado? La respuesta: es conveniente que sea las dos cosas a la vez. Ante la dificultad de mantener los dos beneficios debe decidirse por ser temido antes que ser amado, porque es más seguro.


Cuando le sea indispensable eliminar a alguien, debe hacerlo con suficiente justificación, como con un delito patente, En este caso no debe incautar los bienes de la víctima, porque las personas olvidan más pronto la muerte de su padre, que la pérdida de su patrimonio. Si su inclinación es la de raptar la propiedad del prójimo, le sobrarán muchas ocasiones. La persona acostumbrada a la rapiña encuentra siempre pretextos para apoderarse de lo que no es suyo. En cambio las ocasiones para eliminar a sus súbditos son más raras, faltan con más frecuencia.
 
El gobernante debe saber usar la violencia. Varios gobernantes lograron defenderse de sus enemigos, a pesar de tantas traiciones y tamañas crueldades, vivir luego segurosen sus patrias, sin ser considerados traidores y crueles. ¿Por qué sus conciudadanos no se conjuraron nunca contra ellos?
 
En cambio, otros gobernantes que emplearon iguales recursos, no consiguieron conservar sus Estados ni en tiempos de paz, ni de guerra.
 
Mi respuesta es que ello dimana del uso conveniente o no que se haga de la crueldad y de la traición. Llamo uso conveniente de estos actos cuando se ejercen rápidamente, una sola vez, sin continuarlos por la necesidad de proveer seguridad y encaminados, en cuanto sea posible, a la mayor utilidad de los gobernados.
 
Estos actos de traición y crueldad no son convenientes cuando van aumentándose y se multiplican día a día y se cambia su finalidad. Los que usan bien el método de la maldad, como los ejecutan sólo una vez y no se ven obligados a repetirlos cada día, logran tranquilizar a sus gobernados a quienes luego ganarán fácilmente haciéndoles el bien. Los actos de maldad han de ejecutarse rápido y todos juntos a la vez, en cambio los beneficios deben darse poco a poco para que sean mejor conocidos y apreciados. El gobernante que obra con temor, o guiado por malos consejos, se ve obligado a ejercer continuamente las maldades. Esto no le permite contar nunca con sus súbditos y ellos tampoco se sentirán jamás seguros de estos gobernantes.
 
Cuando sobrevienen tiempos difíciles y penosos, el gobernante intenta remediar las maldades hechas,
cambiar su comportamiento, pero el bien que entonces hace ya no se lo agradecerán porque lo ven forzado y no redundará en provecho.
 
Un gobernante dispone de dos recursos para conseguir ser obedecido, la ley usada con las personas y la fuerza empleada con los animales. Cuando no basta lo primero hay que recurrir a lo segundo.Un gobernante debe saber hacer buen uso de ambos recursos, simultánea o sucesivamente. Un gobernante necesita utilizar a la vez, o intermitentemente, de las dos naturalezas (hombre - bestia) del ser humano para conseguir acatamiento.


Un gobernante debe ser pródigo algunas veces pero económico otras

La liberalidad es perjudicial en grado sumo a un gobernante cuando impide que le teman. Debe ejercerla con prudencia y secretamente para evitar la fama de intolerante. Un gobernante puede ser pródigo en el camino para adquirir una gobernación, pero no para mantenerla. Cuando el gobernante dispone solo de bienes propios y de los de sus súbditos, debe ser económico. Pero cuando dispone de bienes ajenos no puede prescindir de la complacencia y prodigalidad. Este dispendio que hace de bienes ajenos, lejos de dañar su reputación le agrega la cualidad de generoso y complaciente.

El gobernante que quiere mantener fama de complaciente y generoso debe aparecer suntuoso y prodigar riquezas para conservar semejante gloria. Para ello se verá obligado a gravar cuantiosamente a sus súbditos, a ser extremadamente fiscal y a hacer cuanto sea imaginable para obtener dinero. Para favorecer a un pequeñísimo número de súbditos tendrá que perjudicar a la mayoría de ellos. Esta conducta lo tornará odioso a los gobernados que empobrece. Al perder la estimación de ellos y continuar con la necesidad apremiante de obtener dinero pondrá en peligro su gobernación al menor riesgo. Si reconoce su error e intenta cambiar de conducta ganará inmediatamente el oprobio de avaro.


 
Como un gobernante no puede ejercer de modo notorio la virtud de la generosidad sin perjuicio, debe ser prudente y no inquietarse de ser tildado de avaro. Cuando observen con el tiempo que, gracias a su prudencia, le alcanzaron las rentas para acometer empresas sin gravar adicionalmente a sus súbditos, lo reconocerán finalmente como buen gobernante. De esta manera favorece a un número inmenso de súbditos y será tildado de avaro solo por unos pocos que intentan conseguir mucho a cambio de nada. Gobernantes que pasaron por avaros lograron grandes cosas, y muchos gobernantes pródigos terminaron vencidos.


 
La avaricia es uno de los vicios que aseguran una gobernación. Por tanto un gobernante debe temer poco ganar reputación de avaro si con ello no se ve obligado a despojar a sus gobernados, les evita sufrir pobreza y miseria y no les falta nunca con qué defenderse.

Algo que perjudica considerablemente a un gobernante es gastar los propios bienes porque nada lo agota peor que la generosidad desmedida. Al ejercerla pierde capacidad económica y se torna pobre y despreciable. Al evitar su ruina por medio de la avaricia se hace rapaz y odioso. La generosidad desmedida conduce al menosprecio, aborrecimiento y odio del gobernante por el pueblo, unos de los inconvenientes mayores que debe evitar. Más sabio es no temer a la reputación de avaro que produce la infamia sin odio.

 
A modo de conclusión
 
Evidentemente, según los expertos un gobernante no es alguien con virtudes especiales que aquí se han ido enunciando sino también alguien que se ocupa permanentemente de incrementarlas, así como de corregir errores que lo alejan del éxito en su labor actual o que pretende en el futuro.
 
Creo también que ha quedado claro que no solamente para gobernar con buenos resultados personales y para sus súibditos debe el interesado transformarse en un ser destacado en su comunidad sino que, además, debe estar preparado para de vez en cuando "tragarse un sapo", es decir, tomar alguna decisión que va contra sus sentimientos más profundos pero que su mente de gobernante le aconseja como la mejor para el conjunto.
 
Al menos así lo aconsejan esos sabios de la política que han venido gobernando o sosteniendo gobiernos desde el comienzo de la Historia  y así lo demuestran los errores de los que han fracasado en su intento.
 
(Adaptación y comentarios de Daniel Aníbal Galatro)
 

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