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El costo de oportunidad de la dilación - Por Alberto Medina Méndez


El costo de oportunidad de la dilación.

El interminable debate en torno al dilema sobre si la gestión de las reformas debe abordarse con políticas de shock o con una dinámica más gradual, omite el análisis de aspectos profundos, demasiado relevantes.

Los defensores de las estrategias más frontales sostienen que generar transformaciones implica encararlas con contundencia. Saben que no se lograrán triunfos de la noche a la mañana y que la implementación puede hacerse secuencialmente, pero siempre transitando un sendero definido.

En algunas ocasiones se confunden los términos y se intenta hacer creer que un esquema como el descripto es invariablemente abrupto y desordenado. La tarea consiste en gestar puntos de inflexión, modificando los sistemas de incentivos, de premios y castigos, orientándolos con mayor inteligencia y una eficiencia superior.

Los resultados jamás aparecerán mágicamente, pero una categórica mutación de las reglas de juego puede ser vital para alterar el rumbo de los acontecimientos y esperar palpables mejoras en un plazo razonable.

Del otro lado, los promotores del gradualismo afirman que las políticas de impacto son bruscas, políticamente inviables y sus consecuencias son inhumanas, nefastas y exageradamente negativas para la mayoría.

Es cierto que tomar medidas drásticas produce efectos inmediatos y trae consigo importantes secuelas. Eso es indudable y no debe ser negado. En todo caso, se deben contrastar las evidentes ventajas y los ineludibles inconvenientes que vienen de la mano de esas duras determinaciones.

Son muy pocos los que están dispuestos a desnudar con idéntica potencia, el precio de la inacción, el verdadero costo de las demoras. No hacer nada, o hacer poco, también tiene derivaciones. Es probable que no sean tan notorias en el corto plazo, pero no por ello consiguen ser menos destructivas y nocivas para demasiada gente.

La invitación a elegir opciones aparentemente más suaves, placenteras, cómodas y políticamente correctas encierra una trampa brutal impregnada de una gran deshonestidad intelectual. Lo gradual ofrece un camino escalonado, pero esa tardanza tiene gigantes costos ocultos que pretenden ser minimizados. No parece saludable esconderlos bajo la alfombra.

Cuando se sostiene eternamente un régimen de subsidios inmoral solo para evitar las consecuencias de quitarlo, se debe asumir con sinceridad que se seguirá esquilmando a muchos ciudadanos detrayendo una parte importante del fruto de sus esfuerzos personales cotidianos para sustentar a otros que no lo están haciendo, ni tienen intenciones de hacerlo.

Prolongar el saqueo institucional puede parecer más sutil, pero solo lo es para los que reciben la ayuda. Para los que siguen pagando la fiesta, eso es impiadosamente perverso. Suponer que dejar todo como está o modificarlo tenuemente no tiene costo alguno es de necios, pero también de cínicos.

Los economistas saben que las alternativas que ofrece una inversión deben ser evaluadas y consideradas a la hora de tomar la decisión. A eso llaman "costo de oportunidad". En materia de decisiones personales, familiares y también sociales, ese mismo concepto conserva su sentido equivalente.

No hacer nada, detenerse frente a lo necesario e inevitable implica también aceptar que esa decisión tiene inexorables ramificaciones para todos. Los eventuales damnificados a los que se intenta proteger deberán postergar la oportunidad de hacer lo correcto y arrancar la nueva era cuanto antes.

No se extirpa un tumor por etapas aduciendo que es menos doloroso. Se toma la decisión de enfrentar el problema con coraje y se asumen los riesgos, el circunstancial daño emergente, siempre sabiendo también que hacerlo ahora es mucho mejor que posponerlo indefinidamente.

El único caso en el que se decide no hacer nada, es cuando se considera que el paciente está en una fase terminal y no tiene chance alguna de sobrevivir. Allí se opta por garantizar calidad de vida acortando los tiempos de supervivencia. Si el diagnostico de la política es que administran un enfermo sin futuro, sería bueno que lo digan. Si por el contrario, como suelen recitar, el porvenir es sinónimo de éxito, es hora de apurar el tranco porque a este ritmo dilapidarán las oportunidades de corregir errores.

La sociedad tiene enormes responsabilidades en esta parodia. No se puede pretender a vivir en el primer mundo sin hacer significativos sacrificios, con cobardía y gradualismo. Es hipócrita creer que se pueden conseguir grandes logros sin atravesar contingencia alguna. Si se desea prosperar, hay que estar dispuestos a hacer todos los deberes.

Esta situación actual no es mérito exclusivo de la dirigencia política, sino también de esta sociedad que declama ampulosamente algo que luego no puede sostener con actitudes individuales concretas. Pareciera que quienes dicen aspirar a los cambios, no lo desean con tanto fervor.

Cierta actitud timorata, ambigua, repleta de dudas y contradicciones, invade las mentes de quienes desean progresar, mientras prefieren permanecer en la zona de confort que les ofrece la continuidad infinita.

Es posible que la victoria final esté a la vuelta de la esquina, pero no se llega hasta allí con ridículos zigzagueos, posturas temerosas y midiendo cada paso. La meta soñada requiere de valentía y claridad suficiente, ya no solo para alcanzarla, sino para intentar recorrer ese trayecto con convicción.

La discusión política prosigue casi sin sentido. Por ahora el gradualismo gana la batalla. Sería bueno que los que apoyan esa visión comprendan que los supuestos perjuicios que pretenden evitar son reales y siguen allí. Aunque no puedan visualizarlo existe el costo de oportunidad de la dilación.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La inseguridad. Esa prioridad postergada. - Por Alberto Medina Méndez


La inseguridad. Esa prioridad postergada.

No existe encuesta de opinión en la que este tema no ocupe el podio. En la inmensa mayoría de ellas, la inseguridad lidera el ranking de las preocupaciones cívicas. Sin embargo su abordaje siempre queda pospuesto.

Probablemente esto tenga que ver con la percepción que tiene la política acerca de la escasa chance de lograr triunfos en el corto plazo y su natural inclinación hacia aquellos tópicos en los que puede torcer el rumbo con celeridad siempre dentro del mandato del poderoso de turno.

Temáticas como la educación, la seguridad y otras tantas similares, que ameritan enormes esfuerzos y cuyos resultados positivos no se consiguen con rapidez, por exitosas que sean las decisiones tomadas, no entusiasman a la clase dirigente. Prefieren ocuparse de aquello que genera impactos más inmediatos como la economía o el reconocimiento de nuevos derechos.

Nadie desconoce el complejo entramado del problema de la inseguridad. Tiene múltiples aristas, sus causas no son fáciles de enfrentar y las soluciones de fondo demandan de tiempo y paciencia. Pero justamente por eso hay que arrancar ahora, porque modificar esta inercia llevará décadas. El solo hecho de detener la escalada justifica invertirle ingenio y dedicación.

No es que no se haga algo al respecto. Brotan, con alguna frecuencia, propuestas interesantes, debates apasionados y hasta medidas concretas, pero siempre son aisladas, divorciadas del conjunto, por lo que se torna difícil ser optimistas con la eficacia de ese tipo de determinaciones.
Cierta tendencia a la simplificación termina enfocándose en un solo factor, por eso muchos afirman que detrás de esta calamidad está la droga, sin comprender que es uno de los tantos emergentes, pero no el único. Indudablemente es un dato de la realidad, un síntoma entre otros, pero lejos está de explicar el contexto contemporáneo de una sociedad en la que el robo, la violencia, el odio, la intolerancia, el resentimiento, el desprecio por el otro y hasta el homicidio, ya son moneda corriente.

No menos alarmante es dimensionar la dificultad para encontrar especialistas en la materia. Claro que existen profesionales que saben y mucho, pero siempre sobre un aspecto puntual de la problemática, sin esa mirada universal que se precisa para una aproximación seria y responsable.

La situación de las cárceles como institución para recuperar ciudadanos y no como herramienta para disciplinar individuos, la diversidad de leyes vigentes muchas de ellas contradictorias, la infinita variedad de estimulantes disponibles, la debilidad de la educación como instrumento para proveer conocimientos, el deterioro de la institución familiar como formadora del carácter, la siempre insuficiente capacitación y jerarquización del personal de seguridad, la imprescindible incorporación de tecnología al servicio de la comunidad, la puja entre los derechos individuales y la presunción de culpabilidad, el funcionamiento del desprestigiado sistema judicial, la pobreza enquistada que tampoco ayuda son solo una parte de una larga lista de asuntos que deben asumirse de una vez por todas.

El problema es que esa descripción no es nueva y lleva décadas exactamente en ese mismo lugar. Pese a ello, muchas de esas transformaciones ni siquiera se han planteado. En esto siempre es tarde porque en este juego de postergaciones eternas no solo se pierden bienes sino también vidas. El aplazamiento infinito, este perverso esquema en el que la inseguridad nunca se encara, es despiadadamente cruel.

Es tan grave lo que ocurre que se ha empezado a naturalizar lo inadmisible. Se vive encerrado tras las rejas del hogar, con puertas que se aseguran, no solo bajo llave, sino con nuevas técnicas que garanticen su inviolabilidad. Salir a la calle implica asumir grandes riesgos personales, prepararse para saber por dónde caminar, en que horarios y bajo qué circunstancias. Ocultar relojes, pulseras o cadenas y evitar la manipulación de dispositivos tecnológicos para no tentar a los delincuentes ya es parte de la rutina.

Definitivamente esa no es la vida a la que aspira un ciudadano medio que espera que su gobierno, al menos proteja su derecho a la vida, a su libertad y a su propiedad. Si bien esas deben ser las funciones fundamentales, la política sigue jugando a discutir si el Estado debe ser empresario, constructor, inversor o prestador de servicios no esenciales.

A no engañarse. Nada de esto sucede por casualidad. Tal vez la sociedad se ha acostumbrado a vivir atemorizada, limitando su accionar cotidiano porque le importa más resguardar su poder adquisitivo que la vida misma.

Es hora de que este asunto se ponga en el centro de la escena. No se puede delegar semejante responsabilidad en manos de un funcionario o un área que solo se dedique a los casos de mayor espectacularidad. La situación merece otra actitud. Para eso la clase política, las distintas jurisdicciones y sobre todo, la sociedad civil deben involucrarse y comprometerse.

El tema preocupa y mucho, sobre todo porque ni siquiera se dispone de un diagnóstico contundente. Los ciudadanos deben reclamar con mucha fuerza, porque la política es hipersensible a las demandas de la sociedad, siempre que esta sea capaz de sostener su intensidad y no caiga en la dinámica espasmódica tan habitual en estos tiempos. Lo hecho hasta acá es poco y a las luces de lo que acontece a diario, evidentemente insuficiente. Lamentablemente la inseguridad sigue siendo esa prioridad postergada.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Dedicarse a gobernar - Por Alberto Medina Méndez


Algunos se sienten más cómodos haciendo proselitismo. Ciertos cuestionables códigos comunicacionales contemporáneos no hacen más que confirmarlo. Habrá que avisarles que desde ahora mandan los resultados y el marketing no puede ser la única herramienta disponible.

Las técnicas más habituales, utilizadas para seducir al electorado apuntan a dar siempre buenas noticias, hablar en positivo y evitar la confrontación como instrumento de rutina. Sin embargo, algunos no han registrado que una campaña, por definición, tiene principio y también final. Existe un momento para las propuestas, para las promesas, pero eso no puede ser eternizado como método, al menos no con probabilidades de éxito.

Cuando se acercan los comicios la sociedad espera saber que se hará, precisa escuchar cómo se lograrán erradicar problemas o mitigarlos y solucionar cuestiones de la vida mundana. Pero luego se tiene que pasar a la acción. Superado el recuento de votos que expresa las preferencias sociales, se acaban los alegatos y empieza la era de la gestión concreta.

Vivir en la fantasía eterna de una campaña ilimitada es desconocer lo elemental. Es que algunos gurúes creen que son "todo terreno" y que pueden prolongar sus recomendaciones hasta el infinito, sin asumir con honestidad intelectual las limitaciones que tiene cada disciplina.

A los políticos se los selecciona por determinados atributos. En ese contexto, la gente opta por unos y descarta otros. A veces, inclusive, solo intenta impedir que alguien continúe en el poder. No lo hace como en un juego de azar, en el que unos ganan y otros pierden. La meta es poner en funciones a aquellas personas que deberán luego demostrar sus talentos.

Existe una etapa para vender sueños y otra para implementar realidades. Pero esta simple percepción contrasta hoy con lo que se visualiza a diario. Algunos se conducen como si aun no se hubiera sufragado y entonces pretenden seguir sumando voluntades a mansalva.

Un estilo elegante, discursos prolijamente diseñados y pormenorizadamente estudiados, cierta moderación y buena onda son siempre bienvenidos, pero nada de eso es suficiente. Todo lo periférico es efímero. Lo que realmente importa es lo que ocurre en el núcleo, en el centro de la escena.

Los grandes estadistas no eran necesariamente buenos oradores, ni gente refinada, ni siquiera tenían sobrados conocimientos acerca de cómo conquistar mayorías de un modo eficiente. Eran muy intuitivos, pero no pasaron a la historia por esas cualidades secundarias, sino por su capacidad de generar hechos, de producir gestas extraordinarias y por dejar una huella con un legado con mayúsculas para las próximas generaciones.

No es que ambas cosas sean incompatibles. Se puede ser políticamente correcto y a la vez exitoso en el ejercicio del poder. Es posible lograr una sana combinación de esos elementos. Pero no hay que caer en la trampa de creer que lo primero es un requisito para conseguir lo más trascendente.

Todo pasa por decidir dónde depositar las energías. El tiempo es un recurso agotable, que por lo tanto no tiene reposición y es vital comprenderlo para no cometer errores groseros. Cuando se decide darle prioridad a ciertas formas y eso se convierte en el corazón de la estrategia, implícitamente se le quita fuerzas a la necesidad de enfocarse en la labor cotidiana.

Esa dinámica tan efectista, que se concentra en conseguir aprobación ciudadana para dar cada paso, es un gran condicionante e invita a cometer múltiples equivocaciones. Es saludable mantener un apoyo cívico considerable. Lograr consensos para avanzar con algunas medidas es deseable, pero en ciertas circunstancias es imperioso tomar determinaciones más osadas, que probablemente no sean muy populares, pero que sin ellas el objetivo último no se conseguirá como se espera.

Las posibilidades perdidas son ocasiones desperdiciadas. Lamentablemente no se puede volver el reloj atrás. Pero no menos cierto es que a veces, se presentan segundas oportunidades y es entonces cuando se debe reflexionar para no repetir desaciertos en forma secuencial e indefinida.

El plazo de la campaña se ha agotado. Ya fue. Es solo parte de la historia. Tuvo un inicio y una culminación. Ahora viene algo bien diferente, con características especiales. La gente espera ver mucha actividad y en el sentido apropiado. Observa en silencio, casi pasivamente, cada uno de los movimientos de quienes tienen responsabilidades en la toma de decisiones.

Los que fueron elegidos tienen ahora que responder a la confianza de los votantes. La sociedad espera efectividad. No los juzgará solo por sus modos personales, ni por sus gestos. Eso solo será parte del anecdotario que jugará a favor, si todo resulta bien, y en contra si todo termina mal.

Es primordial, que se abandone la idea de la propaganda como único recurso. Si hacen las cosas adecuadamente y consiguen lo prometido, al menos parcialmente, el acompañamiento electoral estará presente inexorablemente. Si sus planes no se cumplen, si las expectativas no se ven reflejadas, no habrá ardid táctico que les evite futuras derrotas.

Es tiempo de poner las cosas en su lugar. Hay que transmitir certezas, pasos cortos pero posibles, ser creíbles explicando las dificultades en detalle y archivar esta dinámica, absolutamente extemporánea, de seguir en la tarea de recolectar votos. Ahora se debe asumir la realidad, enfrentar los desafíos y "ponerse los pantalones largos" para dedicarse a gobernar.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La tecnocracia se puso de moda - Por Alberto Medina Méndez


Desde hace algún tiempo se ha instalado una perversa idea que parece muy simpática y cuenta con muchos adeptos, pero que oculta profundos riesgos. La llegada de algunos personajes a la política, que no provienen de ella y que han intentado diferenciarse, es la marca registrada de este tiempo.

Ellos pretenden mostrar que existe una nueva forma de hacer las cosas y sostienen que los gobiernos deben simplemente emular a las empresas. Este recurrente planteo convoca a un desafiante debate de fondo.

Es probable, que el desparpajo de muchos dirigentes políticos en el pasado, quienes a la hora de tomar decisiones apelaron solo a su intuición, haya generado esta huella, creando el campo propicio para el aterrizaje masivo de una casta de profesionales enrolados en esta moderna tecnocracia.

Esta suerte de "gobierno de los técnicos" intenta anteponer sus métodos científicos por delante de la política. Creen, firmemente, en la neutralidad de los criterios técnicos y afirman que todo se puede hacer sin orientación ideológica alguna, apostando a la contundencia de una supuesta evidencia.

Colocar en un plano de igualdad al gobierno con las empresas constituye un grosero error conceptual. Una empresa tiene accionistas, que invierten voluntariamente su propio dinero con el objeto de maximizar ganancias, crear valor e incrementar sus beneficios, utilizando el estímulo del lucro.

Un gobierno tiene un rol bien diferente. Fue creado para garantizar el pleno ejercicio de derechos fundamentales para los miembros de una comunidad. Se nutre exclusivamente de recursos que extrae de la gente coercitivamente y no existe en su esencia ni la rentabilidad, ni la búsqueda de dividendos. Jamás podría funcionar como una empresa, porque no lo es.

A no equivocarse. La tecnología es siempre bienvenida, pero se debe entender que solo es una herramienta y no una meta en sí misma. Es saludable ofrecer excelentes resultados. Lo peligroso es creer que gobernar solo conlleva hacer una buena gestión, administrar con eficiencia los recursos o disponer de conocimientos especiales en abundancia.

La política es algo mucho más trascendente, que está distante de esas incompletas concepciones que los tecnócratas traen consigo. La tarea de gobernar implica proyectar una visión integradora que abarca la filosofía, la economía y la política. Los técnicos solo deben adaptarse a ella e intentar implementar esas decisiones estratégicas de un modo inteligente.

Es innegable que son tiempos de profesionalización de la política. Pero no se debe confundir una cosa con la otra. Los que conocen el ruedo, los que dominan una materia, los que se han formado en los diferentes campos, deben ser parte, protagonizando esos procesos. Pero la conducción general del gobierno no puede quedar en manos de esos "gerentes". Ellos pueden aportar una mirada específica, única, muy útil, pero siempre parcial. Están para integrarse a los equipos de trabajo y administrar lo que les toca.

Cierta tentación contemporánea ha llevado a exacerbar esta tendencia. Convocar a los mejores técnicos no hará que todo funcione de maravillas, porque las cuestiones humanas son mucho más complejas y asegurar derechos esenciales no es territorio exclusivo de los especialistas en ciencias duras.

Existen, en la historia reciente, muchas experiencias parecidas con gobiernos regidos por la dinámica de los números, pero que no han logrado avances concretos en la calidad de vida, que sean tangibles para los ciudadanos. Las cifras ayudan a evaluar la marcha de los acontecimientos, contribuyen de un modo decidido como parámetros, aportan referencias vitales, pero jamás logran ser el alma de una gestión de gobierno.

El rumbo lo determina siempre la impronta ideológica de quienes han sido elegidos para encaminar la coyuntura. De eso depende, en buena medida, el éxito o el fracaso de esa etapa. Los aspectos técnicos siempre inciden y contribuyen mucho, pero lo hacen respecto de las definiciones políticas previas. Es imperioso, entonces, eludir la creencia de que los técnicos pueden gobernar y desterrar esta simplificación que sostiene que poblar el Estado con este tipo de perfiles es sinónimo de magníficos resultados.

Se trata de lograr un sano equilibrio. La política sin técnicos no marchará adecuadamente, porque las mejores ideas necesitan ser instrumentadas de un modo eficaz. Un gobierno repleto de técnicos, pero sin norte, sin las sutilezas de la política, sin el talento de esos liderazgos que permiten convertir lo imposible en factible, tampoco puede lograr nada bueno.

Las reacciones espasmódicas nunca ayudan. La sensatez y la racionalidad no deben perderse nunca, y mucho menos a la hora de ocuparse de los asuntos públicos. Ya se sabe que cuando llegan al poder los demagogos, intuitivos e improvisados nada termina bien, pero se debe evitar caer en la trampa de pensar que los expertos son una alternativa válida para obtener todas las soluciones anheladas.

Si la dirección elegida, si la ruta seleccionada, no es la correcta ningún avezado profesional, ni la suma de muchos de ellos logrará llegar a buen puerto y nada resultará cómo algunos ingenuos esperan. Lamentablemente, todo hace pensar que los errores están asomando a la puerta, porque otra vez, la tecnocracia se puso de moda.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

A un mes de “Cambiemos” - Por Adolfo Pérez Esquivel



Los derechos humanos y la democracia son valores indivisibles, por eso nuestros presidentes suelen asumir los 10 de diciembre, día en que se conmemora el día universal de los Derechos Humanos.

Ha sido una lástima que el Presidente de la nueva administración del Poder Ejecutivo no haya mencionado ni una sola vez en su discurso a los derechos humanos – entre otros olvidos intencionados- y sólo haya mencionado lo humano como “recursos”. 

El frente de partidos que deja el gobierno tuvo en tres gestiones una gran oportunidad para desmontar la herencia neoliberal y, si bien avanzó en algunos aspectos, no supo, no pudo o no quizo según los casos, desmontar esa herencia y avanzar en un proceso de emancipación nacional y social como sí sucedió en otros países de la región. Su discurso muchas veces contrastaba con sus actos y alianzas (corporaciones mineras, del agro, petroleras y financieras), mientras consolidaba un estilo de confrontación y polarización que le fue quitando apoyo en ciertos sectores sociales, culminando en el primer balotaje de la Argentina.

Luego de esto, a pesar de haber perdido, el FPV no ha hecho pública ninguna autocrítica de por qué pasó lo que pasó. Paradójicamente, no haber reconocido ningún error en 12 años puede tener mucho que ver con este desenlace: que por primera vez una coalición de derecha asuma el poder a través de elecciones libres y abiertas.

El pueblo evaluará las decisiones tomadas en base a las promesas de campaña, sus derechos, necesidades y lo que vaya mostrando la realidad. Mientras tanto, lo que vemos en este primer mes, son iniciativas muy preocupantes que atentan contra los trabajadores, las instituciones y derechos básicos para cualquier democracia.
Durante la campaña, la coalición electa “Cambiemos” puso mucho énfasis en respetar las instituciones y la república. Sin embargo, en menos de una semana pisoteó su propio relato republicanista con una aluvión de Decretos de Necesidad y Urgencia, que no tienen nada de necesarios ni de urgentes, con el fin de sortear el debate de nuestros representantes en el Congreso, sabiendo que se puede convocar a sesiones extraordinarias.
No sólo intervino y disolvió organismos creados por ley, sino que quiere forzar la destitución de la Procuradora General de la Nación, cuyo mandato otorgado por el Senado aún está vigente, y ya le ha sacado funciones que representaban un avance institucional.
Hechos que se suman a una medida autoritaria inédita: el nombramiento por decreto de dos jueces en la Corte Suprema de Justicia. Los jueces decretados por un presidente, son jueces del Presidente, sin importar sus currículums. La Venezuela Bolivariana que tanto critica “Cambiemos” nunca hizo algo como eso, sus jueces siempre fueron aprobados por la Asamblea Nacional.
Es indispensable iniciar un proceso amplio y participativo de democratización de la justicia y selección de los magistrados de cara a la sociedad.

En materia de seguridad y derechos humanos, paradójicamente, en el único momento que el Presidente Macri asumió el papel de “defensor de los Derechos Humanos” fue en su primera presentación en el MERCOSUR y no tuvo que ver con la Argentina. Mostrando su alineamiento injerencista, defendió a quienes están presos por salir a quemar edificios en Venezuela para derrocar un gobierno electo democraticamente.
Mientras tanto en la Argentina hay más de 6.843 casos de torturas en cárceles en el año 2014, que el nuevo gobierno tiene que asumir, visibilizar e investigar en base a los informes que hemos elaborado entre la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, la Procuración Penitenciaria de la Nación y el GESPYDH del Instituto Gino Germani de la UBA.

Hacia adentro del país, el Pro quiere subordinar la cuestión social a las políticas de seguridad que, desde esta perspectiva, opera como reproductoras de las desigualdades. Las declaraciones de emergencia en materia de seguridad y penitenciaria, no apuntan a promover un cambio del paradigma punitivo del Estado ni a atacar el delito complejo, sino que mantienen el sesgo clasista, efectista y selectivo del último eslabón de la cadena, mientras pretenden legalizar contrataciones directas en vez de hacerlas con licitación.

La coalición electa también habló mucho de dejar de perseguir al otro por pensar de forma diferente, y lo primero que ha hecho es desguazar la Ley de Medios, con la intención de priorizar la libertad de empresa por encima de la libertad de prensa.
La Ley de Medios no es una Ley K, es de todos los argentinos porque fue amplia y largamente debatida por nuestra sociedad, y porque reemplazó la ley de facto de la última dictadura. Cuando fui a apoyarla en las audiencias nacionales del Congreso reivindicamos el objetivo de desmonopolizar los medios y de democratizar la palabra. Se podrá objetar la forma de instrumentación de la ley, pero en modo alguno se puede aceptar la vuelta atrás con el derecho a la libre expresión. Por eso siempre voy a defender la Ley de Medios y su correcta aplicación. En vez de censurar, los argentinos necesitamos más voces, porque la paz se construye en el respeto a la diversidad y aceptando críticas.

Otra de las banderas de campaña del actual frente de gobierno fue la de Pobreza cero, porque aún persisten graves desigualdades por resolver como los problemas de acceso a la tierra y una vivienda digna y al trabajo. Pero las medidas tomadas en este poco tiempo fueron en sentido totalmente contrario. Entre ellas, se devaluaron los salarios un 45%, se consintieron aumentos en bienes primarios, se suspendieron paritarias y la publicación de estadísticas, bajaron los impuestos a los que más tienen y despidieron masivamente a miles y miles de trabajadores públicos – que puede ser imitado por el sector privado- para imponer miedo. Y mientras reprimen a los que protestan, el Ministro de Economía se pronuncia extorsivamente diciéndole a los trabajadores y sindicatos que deben evaluar si prefieren pedir aumentos o mantener fuentes de trabajo.

El neoliberalismo acarreó la pérdida de la soberanía nacional, privilegió la entrega del patrimonio nacional a mano de las grandes corporaciones extranjeras, mientras aumentaba en el pueblo la marginalidad y el hambre, de la mano de la impunidad política y jurídica de sus artífices. La historia Argentina y del mundo entero nos enseñan que no es conciliable la política “del derrame”, con los derechos y las necesidades del pueblo.

La nueva administración – y sus gerentes de corporaciones o CEOs- debe respetar las instituciones democráticas del Estado, y asumir que su primera obligación es defeder y promover los Derechos Humanos y del Pueblo. No debe caer en la soberbia de la “curda del poder” que aleja a muchos funcionarios del camino que deben seguir. Los gobiernos pasan y los pueblos quedan. Los gobernantes deben cumplir sus funciones cómo Servidores del Pueblo, y no servirse del pueblo para sus intereses partidarios y personales.

Debemos hacer memoria para que nos ilumine el presente. El pueblo argentino pasó por etapas dolorosas entre luces y sombras, y asumió la resistencia y la lucha popular para recuperar la democracia, la Verdad y la Justicia. Muchos arriesgamos la vida en defensa de las libertades civiles y los derechos del pueblo. No podemos renunciar a las banderas que nacieron del pueblo y le pertenecen. Quienes luchamos desde siempre, no estamos dispuestos a dar un paso atrás.

Adolfo Pérez Esquivel- Premio Nobel de la Paz

Del discurso único al oficialismo plural - Por Alberto Medina Méndez


Fueron demasiados años de hegemonía discursiva. La permanente apelación al ordinario recurso del panfleto, apoyado siempre en la burda propaganda, utilizada para adoctrinar y que así todos dijeran exactamente lo mismo, repitiendo sistemáticamente sin pensar, se empieza a esfumar lentamente.

Tal vez sea por eso que cuesta tanto acostumbrarse a este original arquetipo que se está configurando paulatinamente, día a día, que asoma muy tímidamente y que viene generando innumerables ruidos en ese engorroso esquema de progresiva adaptación.

Los hábitos no se cambian con facilidad. Llevará tiempo lograrlo, porque primero se debe internalizar ese proceso, comprenderlo con total claridad y asumirlo luego como absolutamente natural, como parte esencial de una evolución que finalmente se integrará a la rutina cívica.

Quedan atrás los tiempos en los que el mandamás decidía, casi en soledad, y luego imponía sin piedad, desde su arrogante liderazgo mesiánico, los argumentos a utilizar para que una porción de la sociedad se apropie de ellos y los defienda con idéntica convicción.

Se viene ahora un tiempo distinto, de individuos libres, con criterio propio, que forman parte de una comunidad más abierta, diversa y plural. En definitiva, al final de esta etapa, florecerá algo más parecido a una sociedad civilizada que a un rebaño que solo reitera lo que otros pensaron por ellos.

Todo eso supone un gran esfuerzo, de convivencia en el disenso, de respeto irrestricto por la visión del otro, de incondicional tolerancia, sobre todo frente a la esperable discrepancia y más allá de las eventuales razones esgrimidas en cada caso. Ese gran desafío precisa del coraje necesario para abandonar todo lo conocido, lo que incluye dejar de lado la eterna lógica del "ellos o nosotros", esa que invita a dividir a la sociedad en dos bloques totalmente homogéneos, en rivales antagónicos sin ningún tipo de matices.

Siempre existirá una masa crítica de personas que acuerdan, en general, con el accionar de quien conduce oportunamente el gobierno, y otro grupo que asumiendo notables diferencias, se siente más cómodo en un rol opositor. Eso jamás desaparecerá. No es tampoco deseable que suceda. El reto consiste en intentar desarmar los clásicos engranajes del tradicional discurso único que sostienen aquellos que siempre apoyan a los que detentan el poder.

Con gran dificultad, pero a paso decidido, se viene estructurando un novedoso modelo de oficialismo, de acompañamiento a los que gobiernan, pero ya no desde la humillante actitud de aplaudidores seriales. Un conjunto de personas, de diversas extracciones ideológicas, con visiones, a veces coincidentes y otras encontradas, conformarán ese nuevo espacio menos vertical. Ya no será el oficialismo abyecto de otro tiempo. Se trata ahora de un grupo de seres humanos con una dinámica distinta, con grandes acuerdos en lo general, pero también con sus propias contradicciones, en ese diálogo abierto, a veces sin norte y otras con más intuición qué razón.

Este nuevo escenario está bastante lejos de la perfección. Después de todo, en este mundo sin certezas, en materia de opiniones, no existe tal cosa como la "verdad revelada", sino en todo caso miradas, siempre parciales, a veces un poco más completas, pero jamás totalizadoras.

El recorrido recién empieza, es pausado, y no se desarrolla en línea recta, sino que, con múltiples tropiezos, va transitando sinuosamente esta nueva experiencia. Es imprescindible comprender este fenómeno. Entender lo que está sucediendo ayudará a dejar de lado la dialéctica binaria del blanco o negro, de la simplicidad como única forma de interpretar la realidad.

Si aún no se ha percibido esta nueva construcción, se corre el riesgo de caer, otra vez, en la trampa de la crispación, esa que invita a visualizar al que piensa de modo opuesto como un enemigo irreconciliable. Hay que girar hacia algo sustancialmente diferente. El aprendizaje del pasado debería ayudar a que esta peculiar etapa sea superadora. No será tarea sencilla. Las secuelas de lo vivido están aún muy frescas, golpean a diario, y de tanto en tanto, intentan regresar abruptamente al ruedo.

En las crisis siempre existe una oportunidad. Pero también es cierto que muchas dificultades pretenden quedarse para siempre. Depende de los ciudadanos asumir el compromiso de edificar algo sólido capaz de reemplazar a aquella triste era dominada por la ira como denominador común, por una alternativa mejor, imperfecta, pero más estimulante.

Lo más interesante es que nada de eso, depende de los gobernantes. En todo caso, ellos podrán sumarse a este mecanismo naciente, aprovecharse de él, comprendiendo su entorno y sumando voluntades diversas bajo esta flamante perspectiva.

El verdadero cambio radica en la sociedad, en cada uno de los individuos que la integran. Son ellos los que pueden definir las nuevas reglas de juego para una convivencia armoniosa. Esa coexistencia no precisa de una mayoría matemática que imponga al resto su voluntad, obligándola a someterse servilmente, sino de un debate abierto como método vital.

El desafío que está por delante es complejo. Recién se inicia este sendero, con gran parsimonia y bastante desorden, con algo de caos y también con cierto desconcierto. Pese a las dificultades, tal vez valga la pena intentarlo. Se requerirá de paciencia y también de perseverancia. Eso será indispensable para pasar del discurso único al oficialismo plural.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La débil tesis de la herencia recibida - Por Alberto Medina Méndez


La débil tesis de la herencia recibida.

Luego de un ciclo político repleto de desmadres y absurdos dislates, plagado de deplorables administraciones con consecuencias nefastas, viene ahora otro distinto, que deberá enfrentar el complejo desafío de intentar remediar cada una de esas cuestiones y rearmar, por etapas, el rompecabezas.

No es una sorpresa, que haya aparecido abruptamente en la escena el tierno argumento de la "herencia recibida", que pretende presentarse, esta vez, con un aura de sensatez, generando cierta empatía. Ni siquiera es original, porque ya se lo ha usado en el pasado con variado éxito.

Claro que hay que ser comprensivo y se debe tener paciencia para permitir que todo se acomode poco a poco. Se trata, justamente, de acompañar en el recorrido correcto y no de aplaudir lo que sea, solo porque ha transcurrido un breve lapso o se ha recibido todo en una pésima situación.

Es importante comprender que los que tomaron la posta del poder en estas difíciles circunstancias, no lo hicieron en contra de su propia voluntad. Nadie los ha obligado a ser parte del proceso electoral que culminó con su triunfo.

Sería muy ingenuo creer que ellos esperaban asumir con condiciones muy favorables. En la campaña lo señalaron hasta el cansancio. Quedaba atrás un país arrasado por las impericias de años de decadencia moral.

Cuando un grupo de personas participa de una elección y se postula para ocupar cargos de tanta jerarquía, sabe que ganar es un riesgo que implica responsabilidades. No es un mero juego de azar con vencedores y vencidos. El que obtiene apoyo popular deberá gobernar y ejercer el poder.

Eso también significa que el que consigue la victoria no se convierte en monarca, sino en un engranaje más del complejo funcionamiento de una siempre endeble república, como casi todas las que existen en el planeta.

Nadie pide magia. Obviamente, habrá que esperar para resolver tantos problemas, pero no menos cierto es que el camino a transitar se construye con progresos sucesivos, con victorias parciales, con pequeños pasos que van marcando esa senda, que confirman que se avanza hacia lo soñado.

No ayuda en lo más mínimo la delirante idea de promover y repetir ese argumento, tan frágil como patético, conocido como "la herencia recibida". El inventario con el que se asume es parte indivisible del resultado electoral.
Si la herencia hubiera sido magnífica, estas personas que hoy gobiernan no hubieran triunfado en las urnas, y por lo tanto no estarían en sus funciones.
Precisamente han resultado victoriosos porque la herencia es esta y no otra.

La responsabilidad no puede ser transferida graciosamente hacia el pasado. Una vez que se asume la conducción, todo lo que ocurre de allí en adelante tiene que ver con lo que se hace bien y, también, con lo que se omite.

No se puede dar en el clavo siempre. Los seres humanos son esencialmente imperfectos. No se pretende la presencia de genios superdotados en el gobierno, ni de personas infalibles a prueba de todo. En todo caso, lo que se espera es una actitud diferente frente a la equivocación. No caben ni la negación, ni hacerse los distraídos tampoco, mentir mucho menos. No parece desatinado exigir algo de verdad, un poco de autocrítica y un explicito reconocimiento de los descuidos propios. Sería saludable diferenciarse del pasado, de aquella era de manipulaciones mediáticas y épicas inventadas, tan divorciadas de la realidad.

El nuevo gobierno acertará en algunas cuestiones y se equivocará en otras. Suponer que será perfecto sería una descabellada muestra de ambición desproporcionada y absoluta irracionalidad.

Un excesivo optimismo no contribuye para nada y coloca las expectativas en un lugar inadecuado. Eso culmina, invariablemente, en grandes desilusiones y enormes frustraciones, tan inadmisibles como la ridícula postura de caer en la trampa de una euforia desmedida.

Probablemente, el sorpresivo triunfo electoral, tenga algo que ver con lo que está ocurriendo ahora. Después de todo, ni en los círculos más íntimos del nuevo oficialismo se asignaban grandes posibilidades de lograr esa meta. Es posible que esa actitud, algo inconsciente, haya impedido que se construyan talentosos equipos de gobierno con la debida anticipación y que, en la campaña electoral, se hayan consumido todas las energías solo diseñando consignas enfocadas en decir lo que la gente quería escuchar.

Al actual gobierno le toca en suerte gestionar. Tiene que administrar lo que le dieron así como está. Se pueden buscar artilugios comunicacionales y apelar a cierta clemencia popular pero, más tarde o más temprano, mandarán los despiadados resultados y entonces para lo único que habrá servido este retorcido recurso es para conseguir algo de tiempo extra.

Al cabo de unos meses, solo contarán los éxitos y los fracasos. Aquello que se haya hecho bien traerá recompensas políticas y los asuntos pendientes que no se logren resolver en función de las desmesuradas expectativas planteadas serán su contrapeso obligado. Por eso es imperioso enfocarse en tomar, cuanto antes, las decisiones necesarias e impostergables. El tiempo se consume, la "luna de miel" algún día termina y en ese instante no alcanzará con la débil tesis de la herencia recibida.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com


ADIOS Y BIENVENIDO - Por Eduardo Juan Salleras


Alegrías y tristezas
ADIOS Y BIENVENIDO
Por Eduardo Juan Salleras, 29 de diciembre de 2015.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente


Y pasó otro año…

Para los argentinos fue un tanto raro, por ejemplo yo, voté 7 veces. Si bien me gusta la democracia me parece una exageración.

Gracias a Dios fui premiado por tanto esfuerzo cívico.

En líneas generales, todo año que pasa, deja cosas buenas y malas.

Hay una especie de negación de lo no positivo, como huyendo de esa situación, parecida al maleficio.

En realidad, en la vida de todos hay cosas muy buenas, buenas, regulares y malas. No hay por qué esconder lo deslucido de nuestra peregrinación, y mucho menos avergonzarse porque algo no sale bien.

Escribiendo esto, recordé un artículo mío publicado hace años sobre un maravilloso escrito de Khalil Gibrán, bellísimo relato “Sobre mi tristeza” y “Sobre mi alegría”, que recomiendo leer o buscar en ese vieja publicación mía en la cual transcribo puntualmente ambos cuentos.

Allí, como conclusión y moraleja digo: “La felicidad es la correcta relación entre los momentos de alegría y los momentos de tristeza” o la ecuación perfecta entre ambas.

En el andar por nuestra existencia, encontramos tiempos de algarabía, de contento, de dicha. También de congoja, de amargura, de pena. Depende de nosotros darle la inercia que le corresponde a cada cosa y que transcienda o no a la ocasión.

No hay razón de quedarnos en lo que nos hace daño, como tampoco en una fantasía que no existe, negando la realidad.

Todo aquello que sentimos como delicia, como satisfacción o como bienestar, merece hacerlo durar lo máximo posible ya sea apenas un deleite, un pequeño regalo o un corto recreo.

Es importante admitir que no toda tristeza es mala porque no es lo mismo la angustia que la melancolía, el luto que la nostalgia, el duelo que la pena.

Lo que viene del dolor, de la angustia, del drama, no deberíamos hacerlo durar demasiado y su inercia transformarla en recuerdo, en resignación y en enseñanza.

No corramos detrás de la alegría como locos porque no es lo mismo júbilo que alboroto, diversión que desenfado, fiesta que juerga. La dicha dura tan sólo un momento, lo demás es rutina, y para que ella sea creíble y duradera, no debe ser exagerada, ni superficial y mucho menos, ficticia.

Solemos saludarnos diciéndonos: ¡¿Todo bien?! Nunca todo está bien, sin embargo respondemos: ¡Sííí! ¡Todo bien! Yo hice la prueba de objetar: - No, hay cosas que andan bien, otras más o menos, y hay algunas que andan como el traste… enseguida la persona hace como un escudo imaginario anti mi mala onda y cambia de tema o responde: bueno, la salud, la familia ¿bien? Eso es lo importante… Claro que sí pero, no tenemos que temer a que las cosas no sean como esperamos, porque sucede.

Como también, si hay de qué estar satisfechos, contentos o dichosos; si hay de que reírnos… no dejemos pasar el tiempo, festejemos y riamos con ganas porque nada dura demasiado.

En definitiva, habría que hacernos la costumbre de vivir a pleno los momentos de felicidad, más allá de la alegría, más allá de la tristeza.

Hoy es un buen día, hoy voy a ser feliz.

---

… Y cuando mi Tristeza y yo paseábamos, la gente nos observaba con ojos dulces y susurraba palabras llenas de grato asombro…

… “Mirad allá descansa un hombre cuya Tristeza ya murió”.

… proclamé mi Alegría desde el tejado. Pero nadie me prestó atención. Y mi Alegría y yo nos quedamos solos, sin nadie que nos mire, sin nadie que nos visite...

… Y mi Alegría murió de soledad.

Khalil Gibrán

Esperemos el tiempo que se viene con esperanza, preparados para ser felices, sin desconocer, sin asombrarnos, sin quejarnos, que hay momentos de tristeza como momentos de alegría.

Así es la vida…

Que termine bien el año y que el próximo sea mucho mejor.

EJS

El imprudente recurso del endeudamiento - Por Alberto Medina Méndez


El Estado precisa de medios económicos para su normal funcionamiento. Para ello apela a los mecanismos habituales, aunque a partir de esas líneas básicas de acción, da nacimiento a algunas variantes muy similares.

Los impuestos han sido el medio más rutinario, ya que le permite al Estado apropiarse una parte importante del fruto del esfuerzo de los ciudadanos que componen una comunidad, en una suerte de saqueo legalizado.

Una forma alternativa, no menos significativa, ha llegado gracias a la cuestionable potestad de emitir moneda artificialmente, abusando de un monopolio que los circunstanciales administradores de la cosa pública han construido, y luego perpetuado, con absoluta premeditación, disponiendo entonces, a su servicio, de un manantial casi inagotable.

Una tercera chance aparece también con bastante frecuencia. Está ligada con la atribución de los gobiernos de endeudarse, obteniendo acceso a dinero en el presente, para gastarlos a mansalva ahora, a cambio de reponerlos en su totalidad en el futuro con un adicional de intereses.

No existe fuente de financiamiento estatal que despliegue bondades. Todas ellas son perjudiciales y lastiman con potencia a las libertades individuales, impactando sobre la actividad económica, alterando el sistema de precios, dañando todo a su paso, de un modo, a veces, casi imperceptible.

Pero tal vez la más patética de esas herramientas es la que le permite endeudarse al Estado. Es que la "fiesta", ese momento en el que se aplica el dinero, la disfruta una sola generación, pero son habitualmente los que vienen los que terminarán pagando ese jolgorio. Nada más ruin que gastar ahora, para que los hijos sean los que abonen los excesos de sus padres.

Algún piadoso analista dirá que cuando esa deuda se asigna para obras de infraestructura que permanecerán en el tiempo, se configuraría cierta clase de atenuante. Es materia opinable. Lo concreto es que los que pagarán, tendrán que hacerse cargo de una deuda sobre la que no han podido opinar.

Es trascendente entender que el tema de fondo es realmente otro bien diferente, que tiene que ver con el volumen y eficacia del gasto estatal, lo que supera largamente la retorcida discusión acerca de cómo efectivamente se cumplen con esos compromisos ya asumidos previamente por el Estado.

Claro que cuando las erogaciones son infinitas, la búsqueda de recursos también recorre el mismo tortuoso camino, y entonces las decisiones inadecuadas se multiplican y muestran la peor cara del sistema. Un Estado austero no tendría esta dimensión de problemas y resolvería la cuestión de un modo mucho más simple, con consensos y sin grandes complicaciones.

En tiempos de inflación, esa que se origina en un fenómeno estrictamente monetario, sin el cual sería imposible su gestación, existe una tentación casi serial por operar sobre sus efectos y no sobre sus indisimulables causas.

Los más ingenuos e ignorantes creen aún en la existencia decisiva de los formadores de precios. Los más heterodoxos recitan aquello del diálogo social con los protagonistas y apuestan todo a la utilización de sus mágicos rudimentos que permiten, invariablemente, amedrentar al mercado.

Lo cierto es que con un gasto estatal obsceno, absolutamente nada alcanza y la emisión resulta finalmente imprescindible para cubrir los dislates de los gobernantes de turno. La solución de fondo pasa por reducir el gasto de los gobiernos acomodándolo a sus demostrables urgencias. Y sobre todo, el tema pasa por comprender la naturaleza de la existencia del Estado, sus fines últimos y las razones de su aparición en la civilización contemporánea.

Lamentablemente, algunos países, demasiados tal vez, vienen recurriendo a un ardid tan inmoral como cruel. Es que una vez que se ha superado la barrera de la voracidad fiscal, cuando ya no cabe posibilidad alguna de seguir incrementando impuestos, los gobiernos deben resolver el dilema.

O disminuyen el gasto estatal, cosa que jamás hacen con convicción, o buscan otras opciones para solventar sus aventuras políticas personales. Cuando nadie les presta porque han dejado de ser serios, saben que la emisión monetaria está siempre disponible, pero frente al primer resquicio que se abre para solicitar empréstitos, no dejan pasar esa ocasión.

El camino adecuado para resolver el problema central es abordar el indecente tamaño del gasto estatal. De lo contrario, la discusión eterna girará alrededor de decidir cuáles serán las próximas víctimas a saquear.

El razonamiento tradicional de los gobernantes consiste en evaluar si esquilmarán a los que producen y consumen vía impuestos, a los ciudadanos en general, pero en especial a los más pobres, si optan por emitir moneda artificial generando inflación, o apelan al endeudamiento hipotecando el futuro de los que jamás decidieron pagar la fiesta ajena.

En estos días se empieza a percibir un giro evidente. La idea no es bajar el gasto, sino en todo caso, cambiar la fuente de financiamiento. Siendo que los impuestos no pueden aumentarse, pues parece el tiempo de aprovechar los vientos externos favorables y un mercado de capitales generoso, para reducir la emisión monetaria y reemplazarla por el eterno endeudamiento.

Definitivamente, no es la solución. Solo se trata de otro parche más, inclusive mucho más perverso que el vigente, porque intenta disimular los incómodos efectos de corto plazo del aumento de precios y suplirlo por este artilugio camuflado, que solo se notará cuando llegue la cuenta y haya que pagarla. Si no se comprende cabalmente como funciona este mecanismo, pues se seguirá por la senda del imprudente recurso del endeudamiento.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Un nuevo mapa político junto a un tiempo político diferente - Por HUGO CÉSAR RENÉS


Un nuevo mapa político junto a un tiempo político diferente, debe sobrevenir. ¿Sobrevendrá?.

Cristina Fernández de Kirchner pretendió plebiscitar en la última elección de noviembre su “modelo K” pensando que el armado de las listas confeccionadas por ella, le aseguraban vencer una vez más a la oligarquía del “yuyo”, a la de la carne, la de la prensa, a la del dinero; el veredicto de las urnas fue casi unánime; no le dejó ninguna duda. Sus patrañas, su odio, su malicia, quedaron al desnudo tanto como las fisuras sociales que generó.

Cuando la sociedad le urgía definiciones obligándola a rectificar el rumbo, sus “usos”, como sus “costumbres”, subsistieron. Y perdió

La actitud del Poder político que hoy asume, deberá prever “lo que vendrá”, porque con ella y sus militantes nada está dicho y todo se puede espirar...

Las transformaciones indispensables deben empezar a producirse ahora, fundamentalmente en el servicio de justicia, cuya manipulación ha llegando a avergonzar a la ciudadanía, y en el de la seguridad social. Esa es la expectativa y la rotunda exigencia del ciudadano elector.

La oposición ganadora deberá pasar ahora de las palabras a los hechos, que no es poco, ni fácil.

Deberá salir inmediatamente de la falta de convicción al diálogo y el empleo de la ley para la instrumentación perversa del poder y la autocracia implementado por Cristina Kirchner, para poder hacer frente al momento complejo que vive y vivirá el país (profundización del deterioro de los indicadores psicosociales y la anomia social existente)

El dialogo social al que invita Mauricio Macri para recuperar la iniciativa, genera expectativas en la ciudadanía en el corto plazo. ¿Cuáles serán los márgenes del Poder que estará dispuesto a ceder el macrismo para no perder aliados en el Congreso?; ¿tendrá voluntad de cumplir los acuerdos que se alcanzaron previo al acto electoral?; ¿intentará en ese dialogo político cicatrizar heridas, acortar el “luto” y, subsidiariamente provocar fugas en el FPV que lo debiliten?.

La sociedad está muy preocupada por el derrumbe de la economía y la escasez de oferta de trabajo. Por esa sola razón el oficialismo tendrá que optimizar el diálogo en las distintas comisiones de labor parlamentaria para encontrar coincidencias que permitan enriquecer dicho trabajo, y con el, mejorar la calidad institucional.

En el mientras tanto, les dejo para que mediten una afirmación de Martin Luther King:

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos COMO HERMANOS”. ¿APRENDEREMOS?

En azul y blanco,
HUGO CÉSAR RENÉS

EL FASCISMO AL ACECHO - Por Eduardo Juan Salleras


¿A alguien le queda alguna duda?
EL FASCISMO AL ACECHO
Por Eduardo Juan Salleras, 6 de diciembre de 2015.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

¿A alguien le queda alguna duda todavía?

¿Acaso se puede vacilar en si son o no son?

Las internas del peronismo (Menem-Cafiero) depositaron a Menem en el poder y gobernó durante 10 años, luego de haber acomodado la Constitución Nacional a su antojo con la ayuda de un poco feliz Alfonsín (“El padre de la democracia”… ¿Ummm?) conformando un gobierno recordado como muy corrupto y “bailantero”.

Luego vino la interna entre Menem y Duhalde, la que privó al primero de ir por la re-re-elección pero, a pesar de ser compañero y peronista, los menemistas prefirieron que gane De la Rúa (radical) en castigo y ganó.

Duhalde no se quedó quieto y aprovechó la inserción de peronistas dentro del gobierno de la Alianza para desestabilizarlo, y un socio poco feliz: Alfonsín, dándole una mano en la destitución de su propio correligionario. Ver luego a los justicialistas persignándose ante el pecado de las coimas del Senado, fue una imagen muy fuerte.

Medios de comunicación, gente del espectáculo, saqueos, muertes y un pueblo idiota por la plata, acabaron con el último gobierno republicano.

Enseguida los justicialistas se metieron por la ventana, mientras los de Alem e Irigoyen miraba asustados como diciendo: yo no fui, no tuve nada que ver, ¿puedo ser útil en algo?

Rodríguez Saá primero, vio el sillón vacío y sin que nadie lo note se sentó, cuando todavía no había iniciado el juego. Una semana duró solamente, sin hablar de salir de la convertibilidad – abandonarla sería un golpe duro a los de menos recursos pero, fundamental para los grandes empresarios endeudados en dólares en la Argentina - y suspendiendo el pago de la deuda externa, anuncio que se vio más como una obviedad, de hecho ya no se pagaba, pero que los populistas vieron como una liberación nacional aplaudiendo y vitoreando al intruso en la presidencia, incluyendo desde luego a radicales, izquierdistas y demás.

Duhalde miraba absorto - ¿de dónde salió éste, cómo se me coló? – y sin devaluar fuerte… no va a andar.

Entonces, también lo hicieron renunciar en una acción muy poco clara, diría de esas que vemos en las películas y que parecen mentira.

Así subió por fin el gran “devaluador”, encantado, aunque sea por la ventana entró y se sentó orgulloso en el Sillón de Rivadavia. Tan frágil fue su mandato que no soportó el más mínimo temblor. Le tiraron dos muertos y afuera.

Eso sí, semejante devaluación le dio al gobierno que lo sucediese un colchón inflacionario increíble, el que le permitiría gobernar a los ojos de todos de manera espléndida… y muchos grandes empresarios, modelos, salvaron las papas de la mano del nuevo “estadista”, ¡qué horror!

¿Para qué?

Vuelta la interna entre Duhalde y Menem, esta vez ganó el líder de Lomas de Zamora. Como él es electoralmente un fracaso, buscó otro, cualquiera: primero Reutemann (¿Qué pasó ahí? Número puesto para ser presidente), luego De la Sota… no se animó. Sí, alguien que no tenía nada que perder, y otra vez metiendo la mano el peronismo a su antojo en la institucionalidad del país, inventando una elección a medida de su candidato, más allá que no lo conociera nadie, debía ganar y ganó, en un sufragio que podríamos decir fraudulento. La interna justicialista en una votación nacional, fue un bochorno que nadie se animó a cuestionar.

Gracias a todos estos desaguisados, de los que el radicalismo tuvo mucho que ver, llegó a la presidencia un tal Kirchner. Del petizo gracioso con pelos en la cara al “pingüino” santacruceño, pasando por el cabezón… ¡Ah! Y el que no quiso devaluar.

Esto fue el peronismo: una coartada, un relato, sobre lo que supuestamente es una doctrina - ¿será? - o si son los dueños absolutos de esa ideología porque, quién más quién menos, hoy a nadie se le ocurriría hablar en contra de la justicia social, incluyendo a los más recientes hipócritas: “el kirchnerismo”, que habló de la pobreza digna, haciendo como meritoria la situación de hambre, de miseria o de indigencia, eso sí: sin solucionarla.

Todos se acusaron de no ser peronistas… “Eso no es peronismo”, claro, después del fracaso.

Estos que se van ¿lo son, lo fueron?

La conducta de los derrotados no es otra que la de aquella persona despojada de su máscara y disfraz. Los Kirchner - Néstor y Cristina - no son democráticos, mucho menos republicanos… son déspotas, totalitarios (vamos por todo), fascistas… la derrota en la última elección, la obliga a ella y a sus seguidores, a despojarse de esa máscara y disfraz… y se ven desnudos, tal cual como son.

Ya no hay más “Botox” político ni modelo social que disimule por quién fuimos gobernados los últimos 12 años. Hoy están desesperados porque pierden el poder, y es lo único que les interesa. Están dispuestos a salir a las calles a defender el modelo: “fascista”… a matar (si es necesario)… a la democracia y a sus instituciones.

Mentirosos, engañaron a la pobre gente, aunque a la gran mayoría la compraron y son éstos los más exaltados, fundiendo al Banco Central, llevándose a la nada los tiempos buenos, repartiendo de la mano de la corrupción a sus seguidores más fanatizados el dinero del hambre de la pobreza, del esfuerzo de los productores, de los hospitales abandonados, de las obras que no se hicieron, de una educación a la deriva… y el narcotráfico en las calles pudriendo a nuestra juventud, prostituyendo a nuestra sociedad y sentándose a la mesa de la nación en su cabecera.

Repetidas veces digo: siempre hay alguien poco feliz, o un petizo gracioso, o un gil, u otro que se cree un estadista pero perdió con el gil, o un esquizofrénico corrupto o una chiflada dictadora y tan deshonesta… son patologías comunes en cuarenta millones de habitantes…

Lo que no es normal, o no debería ser común, es elegirlos presidentes.

EJS

Macri contra la historia - Por Axel Kaiser


Macri contra la historia
Nota publicada en Chile
Por Axel Kaiser

Es difícil dimensionar la trascendencia de lo ocurrido en Argentina.
Se trata de un golpe devastador para el populismo latinoamericano, incluido nuestro gobierno, el que ha optado, como advirtió The Economist hace poco, por continuar la ruta que arruinó a nuestros
vecinos.

Argentina, como sabemos, no siempre fue el desastre que es hoy. Por casi cincuenta años antes de la Primera Guerra Mundial nuestros vecinos crecieron a tasas de un promedio de 6% anual, la tasa más alta jamás registrada en la historia del mundo por un periodo tan prolongado. Millones de europeos abandonaban sus países para llegar a la tierra prometida de Argentina a tal punto que en 1914 la mitad de los habitantes de Buenos Aires era nacido en el extranjero. El país llegó a estar entre los diez más ricos del mundo superando a Francia, Alemania e Italia mientras su ingreso per cápita era de un 92% del promedio de los 16 países más ricos del mundo. Brasil, por hacer una comparación, tenía un ingreso de un cuarto del argentino. Y esto no era solo en base exportaciones de bienes primarios.

Entre 1900 y 1914 la producción industrial de Argentina se triplicó alcanzando un nivel de crecimiento industrial similar al de Alemania y Japón. En el periodo 1895-1914 en tanto, se duplicó el número de empresas industriales, se triplicó el trabajo en ese sector y se quintuplicó la inversión en el mismo. Todo esto fue acompañado de un progreso social sin precedentes en el país: si en 1869 entre un 12% y 15% de la población económicamente activa pertenecía a los sectores medios, en 1914 la cantidad alcanzaba el 40%. En el mismo periodo el nivel de analfabetismo se redujo a menos de la mitad.

Usted se preguntará cómo llegaron nuestros vecinos a ser uno de los países más ricos del mundo. La respuesta es que desde mediados del siglo 19 introdujeron instituciones liberales que desataron las
energías creadoras de sus habitantes. El marco más relevante fue la constitución de Juan Bautista Alberdi, brillante intelectual que admiraba a Thomas Jefferson y a los padres fundadores de Estados
Unidos. Reflejando la filosofía libertaria que inspiraría su constitución, Alberdi diría cosas impensables para un político actual, como por ejemplo, que "los pueblos del Norte no han debido su
opulencia y grandeza al poder de sus Gobiernos, si no al poder de sus individuos" y que "las sociedades que esperan su felicidad de la mano de sus Gobiernos esperan una cosa que es contraria a la naturaleza".

El mismo Alberdi agregaría que "los Estados son ricos por la labor de sus individuos, y su labor es fecunda porque el hombre es libre, es decir, dueño y señor de su persona, de sus bienes, de su vida, de su hogar". Toda esta filosofía liberal que encumbró a la Argentina a la cúspide mundial se desplomó de manos del socialismo fascista de Perón y las nuevas doctrinas estatistas que proliferaron a partir de la Gran Depresión de los años 30. Desde ahí nunca más volvió a ser lo mismo.


Hoy, Argentina es un fracaso económico y social con una de las inflaciones más altas del mundo occidental, niveles de corrupción récord, un ingreso que apenas llega al 43% del promedio de los 16
países más ricos, inseguridad galopante, pobreza de un 30%, y además ha sido expulsada de los mercados de capitales internacionales.

Pero la esperanza llegó, tras un siglo de declive. El nuevo gobierno encabezado por Mauricio Macri puso fin no solo a más de una década de degeneración institucional kirchnerista sino a casi cien años de dominio político peronista. Así las cosas, la tarea que enfrenta Macri es nada menos que derrotar la historia. Ya logró un primera victoria en las urnas el pasado domingo. Esa fue la parte "fácil". Ahora le toca dar inicio a una transformación sostenible en el tiempo que logre terminar, a nivel cultural e ideológico, con el peronismo que ha destruido la libertad y condenado a la decadencia y vergüenza internacional a un pueblo que ha probado tener lo necesario para pertenecer a la élite mundial.

Si Macri logra la titánica hazaña de dejar iniciado ese cambio permanente pasará a ser el más grande líder político que haya conocido la Argentina en más de un siglo y sin duda uno de los más grandes que haya conocido América Latina en toda su vida independiente. Los latinoamericanos de buena voluntad no podemos más que desearle suerte y ofrecerle toda nuestra ayuda, por el bien de Argentina y por el de América Latina.

Los imprescindibles pilares del cambio - Por Alberto Medina Méndez


Los imprescindibles pilares del cambio.

El resultado electoral en Argentina ha ilusionado a muchos. Se abre una enorme ocasión no solo para el país, sino también para toda la región. Cierta visión simplista ha instalado la insensata idea de que una nueva gestión de gobierno lo puede resolver todo. Son los mismos que suponen que con un grupo de funcionarios honestos y profesionalmente preparados, resulta suficiente para poner en marcha a una nación.

Eso es deseable que ocurra, pero la honradez y la idoneidad son solo una condición, que no garantiza casi nada. Es evidente que tantos años de anormalidad ocasionaron cierto acostumbramiento. Es por ello que algunos ciudadanos se conforman solo con tener gente honorable al frente del país.

Claro que eso es saludable, pero de ningún modo una comunidad logra progresar exclusivamente bajo esas circunstancias. Al desastre económico e institucional que se percibe con absoluta crudeza, hay que sumarle ese daño casi invisible, que tiene que ver con demasiados malos hábitos, con tantas incorrectas posturas y con la destrucción de la cultura del trabajo.

Diera la sensación de que esta sociedad espera que otro, un tercero, se ocupe de su prosperidad y bienestar. Es como si la eterna búsqueda pasara solo por encontrar a ese líder mesiánico, que se pueda encargar de todo.

Esa fantasía no se corresponde con la realidad. En todo caso, los buenos dirigentes contribuyen de un modo decisivo generando las condiciones esenciales para que ese progreso se produzca pero siempre de la mano de los indelegables esfuerzos personales y las acciones ciudadanas que son las verdaderas herramientas para esa evolución positiva.

Los liderazgos negativos han hecho mucho mal. Su capacidad de destrucción se ha demostrado empíricamente. No solo han sido pésimos administradores dilapidando inmejorables oportunidades, sino que además han fomentado el odio, el resentimiento y la envidia, instalando una perversa dinámica que desalentó a los mejores y aplaudió a los mediocres.

La gente ha tenido la chance de elegir entre continuar de un modo parecido al que señalaba la inercia de ese tiempo, con sutiles matices e improntas personales, o apostar a lo nuevo, a lo que parecía más sensato, razonable y equilibrado. Ha tomado esa decisión con diferentes niveles de entusiasmo.

Los unos y los otros han optado entre las alternativas disponibles y no necesariamente en sintonía fina con sus profundas convicciones. Después de todo eso es lo que ofrece el sistema democrático, un menú de variantes que no siempre se parece a lo óptimo sino solamente a lo posible. Los ciudadanos eligen entonces por preferencia, afinidad o hasta intuición.

Lo que viene será importante y la gestión que se inicia tiene un gran desafío por delante. No solo deberá resolver complejos asuntos, sino que, al mismo tiempo, tendrá que sincerar variables mientras intenta dimensionar el tamaño y la dificultad de los problemas que deberá abordar en el futuro.

No será fácil esa etapa. Muy por el contrario, será un tiempo de idas y vueltas, de tropiezos y avances, pero siempre que el rumbo elegido sea el razonablemente adecuado, el tiempo se ocupará de ir buscando equilibrios en cada una de las cuestiones. Habrá que tener paciencia.

Pero no se agota ahí la cuestión. Lo más difícil tendrá que ver con la capacidad de la sociedad para protagonizar ese cambio. No todo depende de lo que el gobierno de turno pueda hacer, sino de cuan dispuesta esté la ciudadanía para operar los cambios sobre sí misma.

Si cada habitante, sigue haciendo lo mismo de siempre, de idéntico modo, y no se compromete con una mejor versión de sí mismo, es poco lo que se puede esperar de esta etapa que tantas expectativas ha generado.

El prestigioso escritor y filosofo Henry Thoreau decía que "las cosas no cambian, cambiamos nosotros". Por eso aparecen las grandes dudas sobre el período que se inicia. Si la sociedad no ha cambiado y no está dispuesta a hacerlo ahora mismo, difícilmente todo se acomode como se espera.

No es necesario encarar una transformación gigante, sino solo algo mucho más modesto, tangible y cotidiano. Cuando los ciudadanos sean más respetuosos con las determinaciones de los demás, puedan consensuar en vez de imponer, decir "por favor" y "gracias", darle valor a la palabra empeñada, es probable entonces que ese cambio sea posible.

Mientras impere el desprecio por el otro, la desconfianza serial, la confiscatoria rutina de quedarse con el fruto del esfuerzo ajeno, la violenta reacción frente a cada pequeño incidente irrelevante, la revancha sea moneda corriente y la ira le gane a la concordia, nada bueno surgirá de allí.

El próximo gobierno tiene mucho por hacer, pero más importante será la tarea de los ciudadanos para lograr su propia reconversión y desplegar esa capacidad de desaprender para empezar de nuevo, intentando ser mejores, para que la sociedad en la que vive pueda ser distinta a la actual.

El reto es convertirse en agente de cambio, liderando ese proceso, intentando que otros imiten las buenas conductas sin justificarse aduciendo que los demás no reaccionan. Si cada ciudadano se anima a dar ese trascendente paso, a empezar la jornada con esos pequeños gestos en su comunidad, entonces si existe una verdadera oportunidad de cambio.

La nueva gestión podrá ser mejor o peor, pero importa mucho más que los ciudadanos hagan la necesaria contribución en el sendero adecuado. Si se pretende vivir en un lugar mejor, no se debe esperar que solo el gobierno acierte con sus decisiones, también la gente tiene en sus manos el porvenir. Es necesario comprender cuales son los imprescindibles pilares del cambio.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

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