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La inseguridad. Esa prioridad postergada. - Por Alberto Medina Méndez


La inseguridad. Esa prioridad postergada.

No existe encuesta de opinión en la que este tema no ocupe el podio. En la inmensa mayoría de ellas, la inseguridad lidera el ranking de las preocupaciones cívicas. Sin embargo su abordaje siempre queda pospuesto.

Probablemente esto tenga que ver con la percepción que tiene la política acerca de la escasa chance de lograr triunfos en el corto plazo y su natural inclinación hacia aquellos tópicos en los que puede torcer el rumbo con celeridad siempre dentro del mandato del poderoso de turno.

Temáticas como la educación, la seguridad y otras tantas similares, que ameritan enormes esfuerzos y cuyos resultados positivos no se consiguen con rapidez, por exitosas que sean las decisiones tomadas, no entusiasman a la clase dirigente. Prefieren ocuparse de aquello que genera impactos más inmediatos como la economía o el reconocimiento de nuevos derechos.

Nadie desconoce el complejo entramado del problema de la inseguridad. Tiene múltiples aristas, sus causas no son fáciles de enfrentar y las soluciones de fondo demandan de tiempo y paciencia. Pero justamente por eso hay que arrancar ahora, porque modificar esta inercia llevará décadas. El solo hecho de detener la escalada justifica invertirle ingenio y dedicación.

No es que no se haga algo al respecto. Brotan, con alguna frecuencia, propuestas interesantes, debates apasionados y hasta medidas concretas, pero siempre son aisladas, divorciadas del conjunto, por lo que se torna difícil ser optimistas con la eficacia de ese tipo de determinaciones.
Cierta tendencia a la simplificación termina enfocándose en un solo factor, por eso muchos afirman que detrás de esta calamidad está la droga, sin comprender que es uno de los tantos emergentes, pero no el único. Indudablemente es un dato de la realidad, un síntoma entre otros, pero lejos está de explicar el contexto contemporáneo de una sociedad en la que el robo, la violencia, el odio, la intolerancia, el resentimiento, el desprecio por el otro y hasta el homicidio, ya son moneda corriente.

No menos alarmante es dimensionar la dificultad para encontrar especialistas en la materia. Claro que existen profesionales que saben y mucho, pero siempre sobre un aspecto puntual de la problemática, sin esa mirada universal que se precisa para una aproximación seria y responsable.

La situación de las cárceles como institución para recuperar ciudadanos y no como herramienta para disciplinar individuos, la diversidad de leyes vigentes muchas de ellas contradictorias, la infinita variedad de estimulantes disponibles, la debilidad de la educación como instrumento para proveer conocimientos, el deterioro de la institución familiar como formadora del carácter, la siempre insuficiente capacitación y jerarquización del personal de seguridad, la imprescindible incorporación de tecnología al servicio de la comunidad, la puja entre los derechos individuales y la presunción de culpabilidad, el funcionamiento del desprestigiado sistema judicial, la pobreza enquistada que tampoco ayuda son solo una parte de una larga lista de asuntos que deben asumirse de una vez por todas.

El problema es que esa descripción no es nueva y lleva décadas exactamente en ese mismo lugar. Pese a ello, muchas de esas transformaciones ni siquiera se han planteado. En esto siempre es tarde porque en este juego de postergaciones eternas no solo se pierden bienes sino también vidas. El aplazamiento infinito, este perverso esquema en el que la inseguridad nunca se encara, es despiadadamente cruel.

Es tan grave lo que ocurre que se ha empezado a naturalizar lo inadmisible. Se vive encerrado tras las rejas del hogar, con puertas que se aseguran, no solo bajo llave, sino con nuevas técnicas que garanticen su inviolabilidad. Salir a la calle implica asumir grandes riesgos personales, prepararse para saber por dónde caminar, en que horarios y bajo qué circunstancias. Ocultar relojes, pulseras o cadenas y evitar la manipulación de dispositivos tecnológicos para no tentar a los delincuentes ya es parte de la rutina.

Definitivamente esa no es la vida a la que aspira un ciudadano medio que espera que su gobierno, al menos proteja su derecho a la vida, a su libertad y a su propiedad. Si bien esas deben ser las funciones fundamentales, la política sigue jugando a discutir si el Estado debe ser empresario, constructor, inversor o prestador de servicios no esenciales.

A no engañarse. Nada de esto sucede por casualidad. Tal vez la sociedad se ha acostumbrado a vivir atemorizada, limitando su accionar cotidiano porque le importa más resguardar su poder adquisitivo que la vida misma.

Es hora de que este asunto se ponga en el centro de la escena. No se puede delegar semejante responsabilidad en manos de un funcionario o un área que solo se dedique a los casos de mayor espectacularidad. La situación merece otra actitud. Para eso la clase política, las distintas jurisdicciones y sobre todo, la sociedad civil deben involucrarse y comprometerse.

El tema preocupa y mucho, sobre todo porque ni siquiera se dispone de un diagnóstico contundente. Los ciudadanos deben reclamar con mucha fuerza, porque la política es hipersensible a las demandas de la sociedad, siempre que esta sea capaz de sostener su intensidad y no caiga en la dinámica espasmódica tan habitual en estos tiempos. Lo hecho hasta acá es poco y a las luces de lo que acontece a diario, evidentemente insuficiente. Lamentablemente la inseguridad sigue siendo esa prioridad postergada.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Dedicarse a gobernar - Por Alberto Medina Méndez


Algunos se sienten más cómodos haciendo proselitismo. Ciertos cuestionables códigos comunicacionales contemporáneos no hacen más que confirmarlo. Habrá que avisarles que desde ahora mandan los resultados y el marketing no puede ser la única herramienta disponible.

Las técnicas más habituales, utilizadas para seducir al electorado apuntan a dar siempre buenas noticias, hablar en positivo y evitar la confrontación como instrumento de rutina. Sin embargo, algunos no han registrado que una campaña, por definición, tiene principio y también final. Existe un momento para las propuestas, para las promesas, pero eso no puede ser eternizado como método, al menos no con probabilidades de éxito.

Cuando se acercan los comicios la sociedad espera saber que se hará, precisa escuchar cómo se lograrán erradicar problemas o mitigarlos y solucionar cuestiones de la vida mundana. Pero luego se tiene que pasar a la acción. Superado el recuento de votos que expresa las preferencias sociales, se acaban los alegatos y empieza la era de la gestión concreta.

Vivir en la fantasía eterna de una campaña ilimitada es desconocer lo elemental. Es que algunos gurúes creen que son "todo terreno" y que pueden prolongar sus recomendaciones hasta el infinito, sin asumir con honestidad intelectual las limitaciones que tiene cada disciplina.

A los políticos se los selecciona por determinados atributos. En ese contexto, la gente opta por unos y descarta otros. A veces, inclusive, solo intenta impedir que alguien continúe en el poder. No lo hace como en un juego de azar, en el que unos ganan y otros pierden. La meta es poner en funciones a aquellas personas que deberán luego demostrar sus talentos.

Existe una etapa para vender sueños y otra para implementar realidades. Pero esta simple percepción contrasta hoy con lo que se visualiza a diario. Algunos se conducen como si aun no se hubiera sufragado y entonces pretenden seguir sumando voluntades a mansalva.

Un estilo elegante, discursos prolijamente diseñados y pormenorizadamente estudiados, cierta moderación y buena onda son siempre bienvenidos, pero nada de eso es suficiente. Todo lo periférico es efímero. Lo que realmente importa es lo que ocurre en el núcleo, en el centro de la escena.

Los grandes estadistas no eran necesariamente buenos oradores, ni gente refinada, ni siquiera tenían sobrados conocimientos acerca de cómo conquistar mayorías de un modo eficiente. Eran muy intuitivos, pero no pasaron a la historia por esas cualidades secundarias, sino por su capacidad de generar hechos, de producir gestas extraordinarias y por dejar una huella con un legado con mayúsculas para las próximas generaciones.

No es que ambas cosas sean incompatibles. Se puede ser políticamente correcto y a la vez exitoso en el ejercicio del poder. Es posible lograr una sana combinación de esos elementos. Pero no hay que caer en la trampa de creer que lo primero es un requisito para conseguir lo más trascendente.

Todo pasa por decidir dónde depositar las energías. El tiempo es un recurso agotable, que por lo tanto no tiene reposición y es vital comprenderlo para no cometer errores groseros. Cuando se decide darle prioridad a ciertas formas y eso se convierte en el corazón de la estrategia, implícitamente se le quita fuerzas a la necesidad de enfocarse en la labor cotidiana.

Esa dinámica tan efectista, que se concentra en conseguir aprobación ciudadana para dar cada paso, es un gran condicionante e invita a cometer múltiples equivocaciones. Es saludable mantener un apoyo cívico considerable. Lograr consensos para avanzar con algunas medidas es deseable, pero en ciertas circunstancias es imperioso tomar determinaciones más osadas, que probablemente no sean muy populares, pero que sin ellas el objetivo último no se conseguirá como se espera.

Las posibilidades perdidas son ocasiones desperdiciadas. Lamentablemente no se puede volver el reloj atrás. Pero no menos cierto es que a veces, se presentan segundas oportunidades y es entonces cuando se debe reflexionar para no repetir desaciertos en forma secuencial e indefinida.

El plazo de la campaña se ha agotado. Ya fue. Es solo parte de la historia. Tuvo un inicio y una culminación. Ahora viene algo bien diferente, con características especiales. La gente espera ver mucha actividad y en el sentido apropiado. Observa en silencio, casi pasivamente, cada uno de los movimientos de quienes tienen responsabilidades en la toma de decisiones.

Los que fueron elegidos tienen ahora que responder a la confianza de los votantes. La sociedad espera efectividad. No los juzgará solo por sus modos personales, ni por sus gestos. Eso solo será parte del anecdotario que jugará a favor, si todo resulta bien, y en contra si todo termina mal.

Es primordial, que se abandone la idea de la propaganda como único recurso. Si hacen las cosas adecuadamente y consiguen lo prometido, al menos parcialmente, el acompañamiento electoral estará presente inexorablemente. Si sus planes no se cumplen, si las expectativas no se ven reflejadas, no habrá ardid táctico que les evite futuras derrotas.

Es tiempo de poner las cosas en su lugar. Hay que transmitir certezas, pasos cortos pero posibles, ser creíbles explicando las dificultades en detalle y archivar esta dinámica, absolutamente extemporánea, de seguir en la tarea de recolectar votos. Ahora se debe asumir la realidad, enfrentar los desafíos y "ponerse los pantalones largos" para dedicarse a gobernar.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

¿FIN DE CICLO O CICLO DEL FIN? - Por Rafael Bautista S



Una grandilocuente narrativa invade los cielos que habían proyectado los procesos populares en Latinoamérica. Se anuncia su ocaso a los cuatro vientos. Los analistas dicen amen y los medios dirigen las endechas anticipadas de un velorio que creen inminente. Pero se olvidan de algo: lo que vivimos No fue un ciclo. El estribillo de los ciclos son recurrentes en una visión anquilosada de la historia (de leyes metafísicas que sostienen una regularidad más allá de la praxis humana) propia de la izquierda del siglo XX y ahora, al parecer, de lo que queda de la derecha reciclada; lo cíclico es, más bien, esa visión que sirve de muletilla a pronósticos oraculares travestidos de análisis político. De lo que se trata es siempre de darle una direccionalidad a los acontecimientos, lo cual ya significa determinar el sentido de estos. Por eso la historia no es lineal y no se compone de ciclos, estos son apenas una percepción esquemática de las coyunturas. La historia, en cuanto patrimonio humano, es siempre creación histórica y no simple medición cronológica, es decir, es el escenario en que la libertad humana desafía toda regularidad.

Lo que pretende la narrativa del fin de ciclo es, de modo premeditado, disolver el horizonte de referencia emancipatoria propuesto, sobre todo, por los pueblos indígenas; porque aquella señalación maniquea que se hace de los gobiernos, busca disolver en su ambiguo desempeño los nuevos contenidos que, como proyecto político, constituían la novedad que hizo tambalear las certidumbres propias de la política y del Estado moderno-liberal.

Reducir todo a los erráticos desempeños gubernamentales es disolver la misma potencia revolucionaria popular en los avatares de su élite circunstancial. Por eso la narrativa del fin de ciclo es más que una descripción, porque actualiza aquella retórica aristocrática que condena toda rebelión popular como deicidio, para así justificar su persecución y aniquilación. Eso desde Cicerón (contra Catilina) hasta Margaret Thatcher y la doctrina Bush (el mismo Popper se dedicó a demonizar a los que querían el cielo en la tierra; esos utópicos son ahora los populistas, los que encienden las demandas populares; contra estos va dirigida la nueva cruzada en forma de narrativa). La consigna neoliberal de “no hay alternativas” fue sólo posible destruyendo toda otra alternativa. Sólo de ese modo pudo haberse impuesto la cultura neoliberal en el imaginario social del individuo moderno (que no admite perdedores, sólo ganadores).

Aunque se crea libre y forjador soberano de su destino, sigue haciendo de la tragedia griega la escenografía de su propia fatalidad: la libertad es sólo posible mientras los dioses duermen. El caso de Grecia es más que casual. Ya no son los dioses del Olimpo o el dios de la cristiandad sino el dios capital y el mercado (ante los cuales se inclina toda la institucionalidad financiera –como la Troika, que poco le importa el pueblo, la democracia o la justicia– que religiosamente ofrece cuotas de sangre al apetito insaciable de los nuevos ídolos modernos). Ante estos continua el sacrificio inevitable de una humanidad rehén de poderes omnipotentes que actúan al margen de la propia vida.

La narrativa impuesta es parte de la normalización que impone un mundo que se resiste a otro orden que no sea el que impone la supremacía única de USA. Esta es la doctrina que prevalece entre los neocons o halcones straussianos, como única política exterior gringa. Por eso el fin de ciclo no se dirige sólo a Latinoamérica sino también a los BRICS, en especial a Rusia y China y a toda otra disidencia que pretenda objetar la supremacía gringa: se acabó el recreo, o capitulan o los aplastamos. Se trata de sobrevivencia cruel. El mundo ya no es unipolar y, aunque ahora tripolar (después del revés ruso en Ucrania y Siria, y la admisión del FMI del yuan como cuarta divisa de reserva mundial), la actual guerra fría (sobre todo financiera, como guerra de divisas) está reconfigurando la nueva cartografía geopolítica global, hacia una multipolaridad que podría desembocar en una ceropolaridad. El desafío de esto consiste en que, sin centro único, el equilibrio dependería de la complementariedad de apuestas civilizatorias sin pretensión hegemónica.

El fin de ciclo forma parte del smart power que diseñaron los think tanks gringos para desestabilizar la legitimidad de los procesos que se habían venido desencadenando a principios del nuevo siglo. Hacerlos aparecer como una aventura episódica formaba parte de la desarticulación de la conciencia popular que estaba promoviendo un nuevo sentido común en torno a la recuperación de soberanía y mayor democratización económica en los países del ALBA. Esto repercutió hasta en el primer mundo y, como en el pasado, ha sido muestra de que fue siempre esta parte del mundo la que transmitió ideales emancipatorios incluso a la misma Europa. La orquestación de esta última narrativa forma parte de la estrategia geopolítica de la especulación financiera contra las economías emergentes (por eso los nuevos tratados comerciales son más despiadados y, por ello mismo, precisan demoler toda aspiración popular para, de ese modo, arrasar con todo lo que queda, pues lo que queda no es mucho y los pobres salen sobrando en las apuestas del capital global).

La estrategia es clara; ante una reconfiguración del tablero geopolítico, todo se trata de sobrevivir y, si es posible, en las mejores condiciones. La apuesta de las burguesías de Brasil y Argentina van en ese sentido, pues los nuevos tratados comerciales que diseña USA para frenar la hegemonía china, supone aperturar el mercado continental al pacífico, lo cual implica una lucha de mercados que disminuye el margen de acción de los actores latinos, quienes, gestionando mayor participación y viendo sólo lo inmediato, no hallan más opción que aliarse al gran capital que, a través de las transnacionales, es quien dictamina los contenidos de los tratados que, en su mayoría, son firmados a espaldas de los pueblos.

El gran capital sólo puede garantizar un nuevo ciclo de acumulación global sobre la derrota absoluta de los pobres, lo cual significa hoy la derrota de la humanidad y del planeta. Por eso la nueva plusvalía que produce el capital consiste en la acumulación del fracaso histórico que promueve una transferencia resignada de voluntad de vida; el capital no es sólo un proceso de valorización del valor sino de transferencia sistemática de voluntad. Un individuo fracasado no tiene voluntad y su único afán se reduce a sobrevivir, no importa cómo; lo que promueve ahora el capital es la atomización de las expectativas, de modo que éstas se circunscriban exclusivamente a mezquinas opciones de pueril sobrevivencia (la lucha de todos contra todos es necesaria para el desarrollo del capital, por eso las guerras se convierten en magnificas oportunidades de nuevos procesos de acumulación). En estas condiciones no puede haber historia, tampoco política, porque si el ser humano no es creador de acontecimientos tampoco puede siquiera imaginar proyectos de expectativas comunes.

Entonces, la estrategia actual de acumulación global de capital y su actual narrativa, confirma la clarividencia de los poderes fácticos ante la interpelación que los pueblos indígenas han originado en este nuevo siglo: otro mundo es no sólo posible sino más necesario que nunca. Hace poco, Charles Krauthammer, en el Washington Post, de modo enfático señalaba que, desde la caída de la URSS, “algo nuevo había nacido, un mundo unipolar dominado por un único súper-poder sin rival alguno y con un decisivo alcance en cada rincón del planeta. Un nuevo escenario que aparece en la historia, jamás antes visto desde la caída del imperio romano. Es más, ni siquiera Roma es modelo de lo que es hoy USA”. Esto expresa la doctrina Wolfowitz como primer objetivo de la política exterior gringa: prevenir cualquier ascenso de un nuevo rival, ya sea en la ex URSS o en cualquier otro lado; de ese modo asegurar el dominio de regiones cuyos recursos puedan, bajo control, consolidar el poder global.

Esto quiere decir que el poder es también una cuestión de percepción. USA hace de su percepción la plataforma de propaganda global que moldea la despolitización global como el terreno para imponer un mundo sin alternativas. Ya no se trata sólo de desmovilizar a la gente sino de abandonarla en la inacción total (lo cual también se logra manteniéndole ocupado, por eso el trabajo se realiza ahora bajo presión; los individuos creen superar sus problemas sumergiéndose en sus trabajos, pero lo único que logran es alienarse de sí mismos y que la fuerza requerida para recomponer sus vidas sea transferida a la reproducción del capital). Esto quiere decir que, cuanto más se valoriza el valor, más voluntad de vida se nos expropia. El capital es ahora el creador y el ser humano su creatura. Hacerlo a su imagen y semejanza significa constituirlo en capital humano. Por eso hasta en sus sueños no puede haber otra cosa que acumulación. La invasión de los sueños es una política del mercado total; si se puede moldear los sueños y las expectativas entonces no hay lugar para el espíritu utópico y sin éste no puede haber política.

Ese es precisamente el fin de toda narrativa del fin: acabar con el espíritu utópico. Pero la utopía es condición humana; sin esperanzas, sueños o utopías, no puede haber existencia humana y, en consecuencia, tampoco historia. Por eso la narrativa del fin de ciclo no es otra cosa que la reposición de aquella otra, que nos imponía el fin de la historia. Ambas se diseñan para desacreditar toda posible alternativa y, de ese modo, imponernos un mundo sin alternativas.

Un mundo sin alternativas es el paraíso neoliberal. Por eso, ante la narrativa del fin de ciclo, debemos oponer otra: el fin de siglo. Porque el ciclo no era ciclo y lo que parecía una continuidad en la regularidad cíclica del capital era, en realidad, una ruptura epocal. Para ingresar a una nueva época, era necesario dejar atrás el siglo de oro del capitalismo y, paradójicamente, también, el siglo de la izquierda. Por eso los siglos no terminan o acaban en las fechas; si no hay capacidad histórica para ingresar a una nueva época, entonces son los eventos los que condenan aquella incapacidad (Europa ingresa dramáticamente al siglo XX con la primera guerra; su no adecuación a las nuevas circunstancias da lugar al surgimiento de un nuevo poder que se impone definitivamente en la segunda guerra).

En Bolivia habíamos ingresado al siglo XXI el 2003, por eso incluso la “guerra del gas”, que sucede en octubre de ese año, anunciaba ya la tónica geopolítica que iba a desatar la lucha global por el control de los recursos energéticos. El horizonte del “vivir bien” anunciaba la transición civilizatoria necesaria ante la orfandad utópica que carga la decadencia del mundo moderno, el Estado plurinacional ponía en cuestión el concepto decimonónico del Estado moderno-liberal, y la descolonización remataba con el urgente desmantelamiento de la provinciana visión que el primer mundo se había hecho del resto. Por eso la insistencia: el poder es también una cuestión de percepción; si la percepción no cambia, tampoco cambia el mundo. La descolonización va por ese lado. Si no somos capaces de proponer una nueva narrativa histórica –más allá del eurocentrismo reinante hasta en la izquierda–, entonces, nuestras respuestas políticas, a preguntas actuales de profunda novedad, seguirán siendo las mismas viejas respuestas del siglo pasado.

El mundo está cambiado radicalmente, pero las percepciones continúan moldeando estos cambios bajo esquemas ortodoxos. Los economistas perciben, por ello, sólo lo que el capital permite percibir: que esta crisis no es sino uno más de los ciclos acostumbrados del capital. Por eso también, a nivel global, se posponen decisiones apremiantes ante la crisis climática y se insiste en una confianza hasta cándida en el mercado y el capital. El mundo moderno ha producido una suerte de servidumbre voluntaria a fetiches que deciden sobre la vida y la muerte como auténticos dioses.

Los gobiernos de izquierda, incapaces de generar un nuevo espíritu utópico, porque no pueden superar su siglo de referencia, tampoco pueden asumir los desafíos que conlleva un tránsito hacia un nuevo horizonte, que es lo que viene proponiendo el nuevo sujeto de una política trans-moderna. Todos los análisis geopolíticos insisten que el mundo está experimentando una transición civilizatoria, lo cual significa implícitamente que el mundo moderno y su disposición antropológica y geopolítica centro-periferia está por concluirse. Esta situación es la que avizoran los think tanks del primer mundo y, por ello mismo, son los más interesados en preservar la provinciana percepción imperial como “realismo político”. La cuestión es que si no hay alternativas, entonces lo único que nos queda es defender lo que hay como lo único posible. Pero lo que hay es lo que nos está conduciendo, a la humanidad y al planeta, a la imposibilidad de la vida. Entonces, cambiar de percepción ya no es cuestión de pareceres sino de apuesta vital.

Desde Marx sabemos que la realidad que ha producido el capitalismo está invertida. Lo que toman por “realismo” los analistas es esta realidad invertida. Ponerla de pie significa restaurar en nosotros mismos la condición de sujetos. La realidad es producción humana, la objetividad del mundo es producción de subjetividad. La capacidad de ser sujeto consiste en ser causa y no efecto de lo que se vive. Las leyes que actúan a espaldas de los actores son producto de la fetichización de las relaciones mercantiles. La expansión de éstas al infinito es el neoliberalismo. Por eso no se trata sólo de una economía sino de toda una cultura: necesita producir un individuo acorde a este tipo de expansión y, mediante el tipo de producción y consumo actual, lo que produce es el vacío de voluntad de un alguien que vive una sucesión de instantes sin proyección alguna, por eso hasta en su voto manifiesta un puro acto emocional sin criterio político alguno.

Frente a esta situación, lo que debían proponerse los gobiernos de la región, era disputar el universo simbólico de las expectativas históricas. Frente a la crisis civilizatoria del mundo moderno y fieles al horizonte de una nueva forma de vida –lo que llamamos “vivir bien” –, debían proponerse la constitución de una nueva subjetividad como trasfondo de una nueva forma de producción y consumo. Porque no se trata sólo de sacar gente de la pobreza, sino de que ellos sean los protagonistas de una nueva forma de vida. De lo contrario, en ese ascenso social se vuelven conservadores y una vez mejoradas sus condiciones de vida y contemplando siempre su éxito como éxito individual (asumiendo el modelo empresarial), abandonan el proyecto que los sacó de la pobreza. Defender lo logrado, de modo individual o corporativo, se convierte entonces en tierra fértil de un neoconservadurismo.

Si recordamos, las primeras medidas más revolucionarias de la revolución cubana no son económicas sino culturales: la creación del ICAIC (donde aparece la Trova cubana) y la Casa de las Américas. Porque una revolución que no produce al sujeto de esa revolución, inevitablemente fracasa (por eso el proceso de cambio en Bolivia se identificaba originalmente como una revolución democrático-cultural). En eso se distinguen reforma de revolución. Lo que distingue a una revolución es la proyección de un nuevo horizonte de vida como fundamento de una transformación de las estructuras mismas que sostienen al mundo que se quiere dejar atrás.

Por eso debíamos producir la capacidad de ingreso auto-consciente a una nueva época; pero la colonialidad de una izquierda que, muy a su pesar, reedita la paradoja señorial, evidencia la contradicción reinante de un desempeño gubernamental que no se corresponde con los sentidos que se deducen del nuevo horizonte del “vivir bien”; por eso sus apuestas siguen siendo modernas, persiguiendo el mismo desarrollo y progreso que han originado la crisis climática actual.

Ni la izquierda ni la derecha están a la altura de los desafíos del nuevo siglo; por eso la derecha no puede proponer ninguna alternativa que no sea la reposición de la hegemonía del dólar en nuestras economías (lo cual no constituye alternativa alguna ante la decadencia del dólar), tampoco podrían cancelar las conquistas sociales para favorecer a una elite cada vez más inclinada al desmantelamiento estatal como condición sine qua non de su sobrevivencia en la economía global patrocinada por la especulación financiera. En medio de la actual incertidumbre, a propósito del colapso del dólar y la economía mundial, las elites latinoamericanas carecen de más opciones que no sea morir con el dólar (porque no se trata sólo de una moneda sino de una forma de vida). Persistir en ello es cuestión vital para ellas y eso manifiesta su más acabada colonización.

Lo que viene sucediendo en Argentina es muestra de la urgente necesidad que tiene el dólar de deshacer definitivamente la soberanía de nuestros Estados y sostener sobre nuestros recursos estratégicos las pretensiones de su supremacía global. Por eso cuando nos referimos al fin de siglo, no lo hacemos en los términos de fin de ciclo, porque no se trata de un cambio automático ni de una sucesión natural. Se trata de una sintomatología epocal que precisa de la intervención decisiva de los pueblos, aun a pesar de una dirigencia que no reúne las condiciones de una nueva apuesta. No se trata de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer, sino de que los poderes fácticos han colonizado la percepción de los acontecimientos, de modo que produce, hasta en las apuestas de izquierda, una resignada admisión de que lo único posible y deseable son las ilusiones del mundo moderno: un crecimiento sin límites y un desarrollo y progreso infinitos. Vale, para estos, la sentencia que hace Kenneth Boulding: “cualquiera que crea que el crecimiento material infinito es posible en un planeta físicamente limitado, o es un loco o es un economista”. El capitalismo es imposible sin crecimiento, pero un crecimiento ilimitado o un progreso infinito no sólo es iluso sino suicida, porque lo único que crece, en cuanto acumulación de capital, lo hace a costa de la vida misma. El siglo XX fue el siglo del progreso. Capitalismo y socialismo son hijos de ese paradigma, por eso nunca cuestionan a la sociedad moderna, porque es también la sociedad del progreso. Pero esta sociedad es imposible sin fuentes infinitas de energía, es decir, abundante, continua y barata. En un siglo de vigencia de este paradigma, se han producido los mayores daños ecológicos jamás antes experimentados. Persistir en ello constituye la ceguera moderna que abraza también la izquierda, y es lo que no le permite ingresar, de modo consciente, al nuevo siglo.

Un siglo no acaba cambiando de números. El siglo XX ha sido el triunfo del capitalismo, porque hasta la izquierda, a pesar suyo, no fue capaz de superar el horizonte civilizatorio que lo sostenía. Por eso se presenta incluso más moderna que cualquiera, no teniendo en cuenta que modernidad y capitalismo son el entrelazamiento perfecto de una forma de vida que, desde 1492, ha venido destruyendo toda otra forma de vida para aparecer ella como la única posible (así como el protestantismo se presta, de modo más eficaz, a terminar lo que la iglesia católica no pudo, o sea, extirpar la idolatría del corazón del indio; así también la izquierda siempre se afanó en concluir el proyecto de la derecha: acabar con el indio es más eficaz cuando éste renuncia a su propia forma de vida). Para que un nuevo siglo nazca plenamente, se debe reunir las condiciones existenciales que permitan el abandono del siglo pasado. El fin de ciclo no anuncia nada nuevo sino la imposibilidad de dejar atrás lo viejo conocido y, de ese modo, conservar a toda costa un mundo sin alternativas.

El fin de ciclo describe una situación típica que coincide con la retórica apocalíptica del fin de los tiempos; con ello se insiste siempre en la cancelación de toda alternativa posible. El milenarismo actual da lugar a una marcada inacción pertinente a la conservación de lo establecido. Pero la perorata del fin esconde que, con el fin de algo no acaba todo sino más bien empieza algo, y ese algo, sólo puede ser algo nuevo.

Por eso el fin de ciclo es más bien otro repetido ciclo del fin. El miedo a enfrentar lo nuevo produce la dramática paralización de la contemplación del posible fin de todo. Es curioso cómo el individuo moderno, gracias a su tele-adicción, es capaz de imaginar el más terrible de los escenarios de una catástrofe nuclear, pero es incapaz de imaginar lo contrario; formateado por la estética del desastre, se halla inhabilitado para algo más que no sea la pura contemplación –hasta morbosa– de un fin apocalíptico. Esta inacción produce su despolitización, es decir, su incapacidad de cambiar la fatalidad que tiene enfrente.

Cuando el comandante Chávez dijo que “llegó la hora de los pueblos”, no se equivocaba, pero, como dijo también Fidel, “la revolución sólo será posible cuando el pueblo crea en sí mismo”. Es menester que nuestros pueblos vuelvan a creer en sí mismos, para superar esta coyuntura. El mundo está cambiando y, en ese contexto, no encontraremos mejor lugar para lograr nuestra definitiva independencia. Ante la amenaza de una conflagración nuclear (pues ya sabe la OTAN que no puede vencer a Rusia, y menos a la alianza China-Rusia, en una guerra convencional), como única opción de reposición de la supremacía del dólar, sólo la movilización del sur puede desencadenar una reconfiguración geopolítica restauradora.

Para dejar de ser periferia hay que dejar de ser consciencia periférica. El centro es centro gracias a nuestra transferencia sistemática de voluntad, ya que seguimos creyendo en su forma de vida y deseando su riqueza, cuando es ésta la causa de nuestra miseria. Si hasta en la alimentación ya se sabe que lo más racional es volver a lo nuestro, en economía lo más racional sería para producir para reproducir la vida y ya no exclusivamente la ganancia. Eso no produce ricos pero tampoco produce miseria. La crisis climática sólo será resuelta si se restaura el equilibrio sistémico de la naturaleza, como condición además de restaurar el equilibrio que, como humanidad, hemos perdido en el mundo moderno.

Parte de la restauración de ese equilibrio consiste en no someterse a otro ciclo sino en potenciar lo que habíamos logrado como pueblo: un nuevo horizonte de vida. La humanidad está hambrienta de alternativas, pero eso no nace de arriba sino se construye desde abajo. El mundo seguirá siendo el mismo si nuestra percepción es la misma, esto confirmará nuestra condición periférica; pero si cambiamos de perspectiva, el mundo ya no será patrimonio de la visión de unos cuantos y lo que parecía imposible se hará posible. Lo más verdadero de los pueblos son sus mitos, la verdadera fuerza proviene de ellos. Porque en ellos se encuentra el espíritu que ha hecho posible su resistencia y es lo que hará posible nuestra liberación definitiva. Por eso ante el anuncio del fin de ciclo responderemos con el renacer de un nuevo tiempo.

La Paz, Bolivia, 15 de enero del 2016
Rafael Bautista S.
autor de “la Descolonización de la Política.
Introducción a una Política Comunitaria”.

Dirige el “taller de la descolonización”
en La Paz, Bolivia
rafaelcorso@yahoo.com

A un mes de “Cambiemos” - Por Adolfo Pérez Esquivel



Los derechos humanos y la democracia son valores indivisibles, por eso nuestros presidentes suelen asumir los 10 de diciembre, día en que se conmemora el día universal de los Derechos Humanos.

Ha sido una lástima que el Presidente de la nueva administración del Poder Ejecutivo no haya mencionado ni una sola vez en su discurso a los derechos humanos – entre otros olvidos intencionados- y sólo haya mencionado lo humano como “recursos”. 

El frente de partidos que deja el gobierno tuvo en tres gestiones una gran oportunidad para desmontar la herencia neoliberal y, si bien avanzó en algunos aspectos, no supo, no pudo o no quizo según los casos, desmontar esa herencia y avanzar en un proceso de emancipación nacional y social como sí sucedió en otros países de la región. Su discurso muchas veces contrastaba con sus actos y alianzas (corporaciones mineras, del agro, petroleras y financieras), mientras consolidaba un estilo de confrontación y polarización que le fue quitando apoyo en ciertos sectores sociales, culminando en el primer balotaje de la Argentina.

Luego de esto, a pesar de haber perdido, el FPV no ha hecho pública ninguna autocrítica de por qué pasó lo que pasó. Paradójicamente, no haber reconocido ningún error en 12 años puede tener mucho que ver con este desenlace: que por primera vez una coalición de derecha asuma el poder a través de elecciones libres y abiertas.

El pueblo evaluará las decisiones tomadas en base a las promesas de campaña, sus derechos, necesidades y lo que vaya mostrando la realidad. Mientras tanto, lo que vemos en este primer mes, son iniciativas muy preocupantes que atentan contra los trabajadores, las instituciones y derechos básicos para cualquier democracia.
Durante la campaña, la coalición electa “Cambiemos” puso mucho énfasis en respetar las instituciones y la república. Sin embargo, en menos de una semana pisoteó su propio relato republicanista con una aluvión de Decretos de Necesidad y Urgencia, que no tienen nada de necesarios ni de urgentes, con el fin de sortear el debate de nuestros representantes en el Congreso, sabiendo que se puede convocar a sesiones extraordinarias.
No sólo intervino y disolvió organismos creados por ley, sino que quiere forzar la destitución de la Procuradora General de la Nación, cuyo mandato otorgado por el Senado aún está vigente, y ya le ha sacado funciones que representaban un avance institucional.
Hechos que se suman a una medida autoritaria inédita: el nombramiento por decreto de dos jueces en la Corte Suprema de Justicia. Los jueces decretados por un presidente, son jueces del Presidente, sin importar sus currículums. La Venezuela Bolivariana que tanto critica “Cambiemos” nunca hizo algo como eso, sus jueces siempre fueron aprobados por la Asamblea Nacional.
Es indispensable iniciar un proceso amplio y participativo de democratización de la justicia y selección de los magistrados de cara a la sociedad.

En materia de seguridad y derechos humanos, paradójicamente, en el único momento que el Presidente Macri asumió el papel de “defensor de los Derechos Humanos” fue en su primera presentación en el MERCOSUR y no tuvo que ver con la Argentina. Mostrando su alineamiento injerencista, defendió a quienes están presos por salir a quemar edificios en Venezuela para derrocar un gobierno electo democraticamente.
Mientras tanto en la Argentina hay más de 6.843 casos de torturas en cárceles en el año 2014, que el nuevo gobierno tiene que asumir, visibilizar e investigar en base a los informes que hemos elaborado entre la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, la Procuración Penitenciaria de la Nación y el GESPYDH del Instituto Gino Germani de la UBA.

Hacia adentro del país, el Pro quiere subordinar la cuestión social a las políticas de seguridad que, desde esta perspectiva, opera como reproductoras de las desigualdades. Las declaraciones de emergencia en materia de seguridad y penitenciaria, no apuntan a promover un cambio del paradigma punitivo del Estado ni a atacar el delito complejo, sino que mantienen el sesgo clasista, efectista y selectivo del último eslabón de la cadena, mientras pretenden legalizar contrataciones directas en vez de hacerlas con licitación.

La coalición electa también habló mucho de dejar de perseguir al otro por pensar de forma diferente, y lo primero que ha hecho es desguazar la Ley de Medios, con la intención de priorizar la libertad de empresa por encima de la libertad de prensa.
La Ley de Medios no es una Ley K, es de todos los argentinos porque fue amplia y largamente debatida por nuestra sociedad, y porque reemplazó la ley de facto de la última dictadura. Cuando fui a apoyarla en las audiencias nacionales del Congreso reivindicamos el objetivo de desmonopolizar los medios y de democratizar la palabra. Se podrá objetar la forma de instrumentación de la ley, pero en modo alguno se puede aceptar la vuelta atrás con el derecho a la libre expresión. Por eso siempre voy a defender la Ley de Medios y su correcta aplicación. En vez de censurar, los argentinos necesitamos más voces, porque la paz se construye en el respeto a la diversidad y aceptando críticas.

Otra de las banderas de campaña del actual frente de gobierno fue la de Pobreza cero, porque aún persisten graves desigualdades por resolver como los problemas de acceso a la tierra y una vivienda digna y al trabajo. Pero las medidas tomadas en este poco tiempo fueron en sentido totalmente contrario. Entre ellas, se devaluaron los salarios un 45%, se consintieron aumentos en bienes primarios, se suspendieron paritarias y la publicación de estadísticas, bajaron los impuestos a los que más tienen y despidieron masivamente a miles y miles de trabajadores públicos – que puede ser imitado por el sector privado- para imponer miedo. Y mientras reprimen a los que protestan, el Ministro de Economía se pronuncia extorsivamente diciéndole a los trabajadores y sindicatos que deben evaluar si prefieren pedir aumentos o mantener fuentes de trabajo.

El neoliberalismo acarreó la pérdida de la soberanía nacional, privilegió la entrega del patrimonio nacional a mano de las grandes corporaciones extranjeras, mientras aumentaba en el pueblo la marginalidad y el hambre, de la mano de la impunidad política y jurídica de sus artífices. La historia Argentina y del mundo entero nos enseñan que no es conciliable la política “del derrame”, con los derechos y las necesidades del pueblo.

La nueva administración – y sus gerentes de corporaciones o CEOs- debe respetar las instituciones democráticas del Estado, y asumir que su primera obligación es defeder y promover los Derechos Humanos y del Pueblo. No debe caer en la soberbia de la “curda del poder” que aleja a muchos funcionarios del camino que deben seguir. Los gobiernos pasan y los pueblos quedan. Los gobernantes deben cumplir sus funciones cómo Servidores del Pueblo, y no servirse del pueblo para sus intereses partidarios y personales.

Debemos hacer memoria para que nos ilumine el presente. El pueblo argentino pasó por etapas dolorosas entre luces y sombras, y asumió la resistencia y la lucha popular para recuperar la democracia, la Verdad y la Justicia. Muchos arriesgamos la vida en defensa de las libertades civiles y los derechos del pueblo. No podemos renunciar a las banderas que nacieron del pueblo y le pertenecen. Quienes luchamos desde siempre, no estamos dispuestos a dar un paso atrás.

Adolfo Pérez Esquivel- Premio Nobel de la Paz

POR FIN VOTÉ A GANADOR - Por Eduardo Juan Salleras



La democracia destronó al despotismo
POR FIN VOTÉ A GANADOR
Por Eduardo Juan Salleras, 26 de octubre de 2015.-

Se autoriza su publicación solamente en forma completa y nombrando la fuente

Estoy exultante de alegría porque siempre creí que era mala leche, y no.
Voté por fin a ganador.

En otras elecciones, no sé si por llevarle la contra a todo el mundo o porque creía en otra cosa, pero mi voto siempre fue para el perdedor…
Y ahora no…
Porque vote a ganador, voté a Scioli.

Algunos decía que yo era mufa, y ven que no, ganamos.
Yo no sé porque los oficialistas están tan tristes, más bien enojados. Lo importante es ganar y Daniel, ganó.
Y no pueden decir que yo soy mufa, ganamos, punto.
Nos queda el balotaje… ¿?
Eso ya es distinto.

Hoy de madrugada, mientras me aprestaba para hacer el tambo, estuve recapacitando. Le voy a proponer a Scioli dejar aquí no más.
No es lo mismo retirarse ganador que perdedor y el triunfo ya lo tenemos en la mano. Tal vez, el futuro no sea tan promisorio.
En realidad, si Daniel insiste… ya me acostumbré a ganar y la verdad… no sé si lo volvería votar.
Yo que él me bajo.

Si es más inteligente que ambicioso, da un enorme paso al costado y propone a Mauricio y Sergio, ayudar en la gobernabilidad.
Y digo Macri y Massa, porque ya deberían estar pactando acuerdos de programa – tiene muchas cosas en común – y gabinetes, tanto en nación como en provincia.

La coyuntura es por demás complicada.
Primero hay que disciplinar la economía, la política (provincias raras), la ayuda social y los parásitos que se comen la comida de la pobreza.
Que cada uno ponga las promesas que les hicieron de volver los dólares a casa, para poder garantizar normalidad monetaria y parar así la inflación. Estoy hablando de que Scioli se baje como lo hizo Menem en el 2003 y colabore con el acuerdo programático de Macri y Massa.

La Argentina de los próximos días y años necesitan también de convivencia civilizada de derecha a izquierda.
A mí me gustó el discurso de Massa, la virginidad de Stolbizer, el romanticismo de Del Caño, la insistencia de El Adolfo… Y Macri pobre, yo sabía que iba a perder, y perdió. Por eso voté a Daniel, cansado de votar a la derrota.

La Argentina es rara, Ayer Mauricio festejaba, bailaba, cantaba con sus adeptos y en lo de Scioli, lloraban y se rajaron todos, dejando a su candidato solo… lo único que faltaba que lo empiecen a putear… había ganado.
Yo estoy lejos y no pude ir. Me hubiera gustado darle un abrazo, no porque le pertenezca ni a él ni a su grupo, pero tengo el reconocimiento que por primera vez en la historia, desde el punto de vista político, me hizo ganador. Eso significa mucho para mí.

Pero vieron como somos los argentinos, perdimos el mundial de fútbol faltando 5 minutos para finalizar el tiempo suplementario, luego de haber jugado mejor que Alemania y después que el réferi obvió un grosero penal a Higuaín. Y ya le caímos todos al equipo, si Messi si o si Messi no… Y ahora lo mismo, victoriosos nos sentimos derrotados.
Así somos de irracionales.

Bueno, debo seguir trabajando.
No sé cómo comunicarme con Scioli, él debería hacer la Gran Carlitos y bajarse del balotaje.
Y como nobleza obliga, Mauricio tiene que agradecer públicamente a Aníbal Fernández los votos que le transfirió. No cualquiera hace un acto de grandeza como ese, no es frecuente.
Tal vez, Daniel, con el tiempo, deba agradecerle a Vidal haber ganado la provincia.

Y muchachos, no sean traidores a la patria…
No pongan por encima de ella intereses mezquinos y sectoriales…
Hagan la del oso, pipones del ciclo estival, se meten en la cueva a hibernar…
No nos compliquen la vida a los argentinos… No son los dueños del país… Nunca lo fueron.
Es tiempo que el peronismo mude su piel. Si se dejó por el kirchnerismo, déjense por el país…
El radicalismo, son como esas almas en pena, que se siente estar, pero ya nadie las ve…

Es un nuevo tiempo: el de Macri, Massa, Stolbizer, Del Caño… y por qué no, de Scioli. Solamente debe ser más inteligente que ambicioso.

Lo que sí estoy seguro es que, la democracia, por fin destronó al despotismo, disfrazado como en otro tiempo, de nacional y popular.

Daniel, cambiemos las fichas y vámonos a casa.
Cómo voy a gastar a mis amigos que los votaron a Macri y a Massa…

EJS

Brecht analiza los analfabetos políticos

"El peor analfabeto, es el analfabeto político.
Él no ve, no habla, no participa de los acontecimientos políticos.
Él no sabe que el costo de la vida, el precio del pescado, de la harina, del alquiler, del calzado o del remedio dependen de las decisiones políticas.
El analfabeto político es tan burro que se enorgullece e hincha el pecho diciendo que odia la política. No sabe el muy imbécil, que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado, el asaltante y el peor de los bandidos que es el político corrupto y el lacayo de las empresas nacionales y multinacionales”
BERTOLT BRECHT

Enviado por KARINA RIAL

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