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La conducción de las FF.AA. en democracia - Por Hugo César Renés


Conceptúo para que usted conceptúe.
Después de leer esta nota, lea el artículo publicado el 2 de junio en página 12 y saque conclusiones...
No deje que nadie piense por usted. La Argentina agradecida.
En azul y blanco, Hugo Cesar Renés

La responsabilidad política en la conducción de las FF.AA. en democracia

(Breve descripción desde mi experiencia como ex Delegado del Ejército ante el Ministerio de Defensa-1990- y ex Representante del Jefe del Estado Mayor General del Ejercito ante el Honorable Congreso de la Nación 1992/1995).

A modo de introducción resulta legítimo afirmar que son innumerables los problemas de orden político, estratégico-militar y de adiestramiento que la conducción de las F.F.A.A. deben enfrentar en tiempo de paz. Esa es la paradoja del soldado moderno.

Por ello resulta importante analizar con qué espíritu el Poder Ejecutivo Nacional ha fijado desde la historia a la fecha (si las fijó) las bases y los alcances de la organización del brazo armado nacional como así también si las mismas fueron hechas pensando firmemente en el mediano y largo plazo, para que puedan mantener su validez por encima de las necesarias innovaciones que deban introducirse en su orgánica (para evitar disoluciones y/o traslados de unidades de una provincia a otra para volverlas, después de un tiempo, a la primera, actividad esta que genera y generará, tanto un gasto innecesario al erario público, como inestabilidad en la familia militar y civil).

Las re-estructuraciones y “reducciones” sistemáticas que tuvieron lugar en las FFAA tras el advenimiento de la democracia en 1983 hasta la fecha, estuvieron signadas por un trasfondo innegable de tensiones y de desconfianza mutua que subsiguieron a las grandes convulsiones históricas -que aún hoy subsisten- entre las organizaciones militares y los representantes del orden político, originadas estas, entre otras razones, en el desconocimiento de las diferencias más que evidentes que existen entre las bases en que se asienta un poder armado, de uno político, a saber:

1. La democracia se construye de abajo hacia arriba; él poder militar se erige exactamente al revés, de arriba hacia abajo, apoyándose en el mando y la obediencia.

2. La democracia es esencialmente autodeterminación y responsabilidad propia; la ley militar es obediencia dentro de una unidad que se rige por ordenes.

3. La conducción política es división del poder y equilibrio a través del control mutuo; la conducción militar es concentración del poder y subordinación.

Con el advenimiento de la democracia, las FFAA fueron configuradas e introducidas dentro de ese orden democrático preexistente, garantizando la primacía de la política sobre el sector militar, situación esta que conlleva –se ejerza o no- la dirección política y el control parlamentario. En ese marco se debió adaptar el alto mando militar para testimoniar su lealtad al gobierno legitimado por el voto popular.

El ministro de Defensa o ministro de guerra o como quiera que se lo llame, desde siempre, ha tenido la responsabilidad primaria ante el Presidente de la Nación (Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas) de coordinar las políticas de defensa del Gobierno Nacional; representó y representa, tanto en el marco nacional como en el internacional, las exigencias de seguridad y de estrategia militar siendo, obviamente, el responsable de las cuestiones de intervención, organización y formación para el reclutamiento y el mantenimiento del personal y material, como también del orden interno de las FFAA. Dicho de otra forma, el mando militar no puede desempeñar su poder a través de sus propios comandantes, sino por una orden del Ministro de Defensa o como resultado de los derechos que fueron delegados por él (la responsabilidad jamás se delega). De allí el gran peso político que debe poseer –desde mi interpretación- el Ministro de Defensa.

Aquí considero necesario hacer una acotación: resulta más que evidente que el Ministro de Defensa para poder satisfacer las exigencias de su cargo debe poseer una amplia experiencia política y al mismo tiempo gozar de la confianza “incondicional” del Presidente de la Nación (Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas). Precisa poseer capacidad para convencer e imponer criterios en los enfrentamientos políticos inevitables para obtener los recursos financieros necesarios, como así también la personalidad y autoridad para imponer su peso y pericia frente al alto mando militar. Debe estar identificado totalmente con las exigencias de la defensa para comprender las peculiaridades del terreno militar y la mentalidad que esa actividad específica les confiere a los militares, porque el soldado es por su status, por sus deberes y derechos, algo completamente distinto a un funcionario. Su deber de obediencia va mucho más allá que la de un funcionario. La desobediencia en el caso militar, puede significar una falta gravísima. También la jurisdicción del mando va más allá de las atribuciones de poder de los funcionarios. Una orden militar, siempre que sirva a fines del servicio, no atente contra la dignidad de las personas y/o no conduzca en su ejecución a cometer delitos o faltas, constituye una prescripción de comportamiento vinculante que exige obediencia como para que, llegado el caso, se deba arriesgar hasta la vida para su cumplimiento.

Por lo expuesto, debe inferirse que las críticas sobre los acontecimientos que hayan tenido lugar dentro de las Fuerzas Armadas, debieran dirigirse, desde siempre, contra el propio Ministerio de Defensa y/o los distintos integrantes de las Comisiones de Defensa de las respectivas cámaras legislativas del Congreso de la Nación y nunca, en forma directa contra los militares, porque lo que pasó o dejó de pasar, es responsabilidad primaria de la conducción política, de la cual el militar es un mero y leal ejecutor.
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¿Algún referente de la clase política se ha hecho cargo de alguna responsabilidad en los sucesos del pasado (desde 1810 a la fecha)? ; ¿es que no han tenido y tienen todos y cada uno de ellos, junto al derecho de inspección, la obligación de debatir la política de defensa en sus respectivos niveles de conducción política?.

Mi experiencia al respecto me permite afirmar que el área de defensa fue considerada a partir del regreso a la democracia en 1983, como una cartera más que interesante para ejecutar proyectos con evidentes réditos políticos y/o económicos (abiertos o encubiertos) y en esto, a pesar de ocasionales opiniones en contrario, siempre hubo consentimiento en los legisladores integrantes de las comisiones de defensa, pese a provenir de distintos partidos políticos. Basta investigar los distintos proyectos parlamentarios presentados durante esos años (1983/1995).

En el orden interno, las Fuerzas Armadas debieron configurarse de manera que la irrenunciable estructura jerárquica y el sistema de mando y obediencia, se mantuvieran en relación equilibrada con los principios de libertad y dignidad del individuo.

Las nuevas FFAA fueron políticamente concebidas para adoptar una actitud estratégica defensiva, su ubicación política fue determinada por el orden constitucional y jurídico de la democracia, siendo ahora el servicio militar, un servicio voluntario.

La complejidad de las nuevas misiones y la necesidad de poder llevar a cabo tareas más numerosas y diferentes entre si, con recursos humanos y materiales limitados, ha hecho y hace necesarios profundos cambios organizativos.

La actividad que debe desarrollarse para evitar la guerra es dura y casi siempre pasa inadvertida. Prácticamente no hay en ella éxitos visibles, mensurables y/o espectaculares como no sea el éxito de mantener la paz. Es ESE servicio el que dignifica al soldado (ciudadano con uniforme) de nuestro tiempo y, solo puede soportar la tensión que produce ese servicio, si sabe que goza del amplio apoyo de sus conciudadanos. Si no encuentra ese apoyo, cae en el aislamiento y adquiere una interpretación incontrolable de su función, llevando una vida “independiente”, aislado de la sociedad de la cual se nutre.

En la Argentina moderna, la mayoría de las unidades poseen un grado de apresto mayor a cero en la escala de valores, pero no llega a ser perfecto, desde mi punto de vista, ni mucho menos, porque carentes de medios, las unidades no pueden desarrollar programas de entrenamiento efectivos y los mandos superiores tampoco pueden asignarles fondos, personal y otros recursos como para ayudar a lograr las deseadas capacidades, que no son otra cosa que la combinación de las condiciones del personal, el equipo y el entrenamiento, para poder emplear las armas en forma disuasiva o coercitiva si fuera menester para el cumplimiento de su misión.

A nivel Nacional es el poder político quién debe coordinar las tres expresiones del poder –militar, económico y psicológico- para aplicarlos para defender los más altos intereses del Estado. Solo decisiones responsables, puntuales y valientes del Poder Político, pueden mejorar esta realidad porque el “instrumento” militar solo puede ser eficaz si está organizado, equipado y adiestrado en todo momento para poder luchar y estar dispuesto a ello cuando lo ordene el Poder Ejecutivo Nacional.

Es cierto que la comprensión mutua va en aumento y que la casi tradicional desconfianza entre soldados y políticos está en franca disminución y/o comprensión. De hecho, durante mi gestión en el Parlamento (la misión impuesta por el J.E.M.G.E fue la de prestar una amplia colaboración desde el punto de vista militar a los legisladores del Congreso de la Nación, actividad esta a la que personalmente no solo creí útil sino, por lo que más adelante expresaré, fundamentalmente necesaria), numerosos diputados y senadores, de distintas extracciones políticas sin tener relación con la comisión de defensa, visitaron distintas unidades militares obteniendo una importante experiencia que les permitió opinar, ahora con más fundamento, en los grandes debates sobre la política militar.

En lo personal, debo sincerarme y expresar la desilusión que me provocó en aquellos años, tanto el casi nulo conocimiento científico–doctrinario sobre el tema específico de Defensa Nacional existente en la casi mayoría de los legisladores, que ponían en su actividad legislativa más “olfato político” que idoneidad, como el desinterés legislativo en el tema de defensa, olvidando muchos de ellos que por la boca negra y redonda del fusil que se vuelca bajo el certero ojo del tirador, hablan a un mismo tiempo el espíritu de los hacedores de nuestra patria, la esperanza de un pueblo y la gratitud segura de la mayoría de las progenies que vendrán.

Lo expresado en el párrafo anterior, debiera ser un elemento más que suficiente para incentivar al Estado a formar nuevas elites o “clase dirigente” con una mejor comprensión de los fenómenos históricos, políticos y sociales que les permita consensuar, partiendo de la teoría de la pronosticación, un Plan Estratégico Nacional de Defensa del cual emerja la MISIÓN de las FFAA, como así también su nueva estructura (si fuese necesario), porque muchas de las que están, como he dicho, no recibieron la información y mucho menos la especialización necesaria para ello.

Cuando un país carece de una clase dirigente calificada (vacío de poder), está condenado a ser históricamente inferior (y hasta ocupado) por los que si la tienen; por desgracia, en nuestro caso, la brecha cívico - militar más conflictiva es la que separa hoy a las Fuerzas Armadas de la Universidad.

Los permanentes y traumáticos cambios practicados casi sistemáticamente en la conducción de las Fuerzas Armadas por parte del poder político, teniendo en cuenta la experiencia histórica en las que como brazo armado supimos destruir una monarquía, fuimos republicanos, ora unitarios, ora federales, dictadores, represores y chivo expiatorio de cuanto mal padeció el país y, convencido de que cuando un astro sale de su órbita lo traspasa todo, me permití sugerir al entonces Jefe del Estado Mayor General del Ejército para que mantuviera una cierta equidistancia política que garantizara la continuidad de la cúpula militar de las Fuerzas Armadas ante un supuesto cambio de gobierno, no obstante reconocer que podía resultar muy útil hacer visible al público la concordancia de opinión entre la conducción política y la militar en las cuestiones fundamentales de la defensa. La historia política institucional argentina me hacía intuir que esa exposición, podría significar una nueva sangría en la cúpula militar. ¿ ME EQUIVOQUÉ?.

HUGO CÉSAR RENÉS
Coronel ®

El costo de oportunidad de la dilación - Por Alberto Medina Méndez


El costo de oportunidad de la dilación.

El interminable debate en torno al dilema sobre si la gestión de las reformas debe abordarse con políticas de shock o con una dinámica más gradual, omite el análisis de aspectos profundos, demasiado relevantes.

Los defensores de las estrategias más frontales sostienen que generar transformaciones implica encararlas con contundencia. Saben que no se lograrán triunfos de la noche a la mañana y que la implementación puede hacerse secuencialmente, pero siempre transitando un sendero definido.

En algunas ocasiones se confunden los términos y se intenta hacer creer que un esquema como el descripto es invariablemente abrupto y desordenado. La tarea consiste en gestar puntos de inflexión, modificando los sistemas de incentivos, de premios y castigos, orientándolos con mayor inteligencia y una eficiencia superior.

Los resultados jamás aparecerán mágicamente, pero una categórica mutación de las reglas de juego puede ser vital para alterar el rumbo de los acontecimientos y esperar palpables mejoras en un plazo razonable.

Del otro lado, los promotores del gradualismo afirman que las políticas de impacto son bruscas, políticamente inviables y sus consecuencias son inhumanas, nefastas y exageradamente negativas para la mayoría.

Es cierto que tomar medidas drásticas produce efectos inmediatos y trae consigo importantes secuelas. Eso es indudable y no debe ser negado. En todo caso, se deben contrastar las evidentes ventajas y los ineludibles inconvenientes que vienen de la mano de esas duras determinaciones.

Son muy pocos los que están dispuestos a desnudar con idéntica potencia, el precio de la inacción, el verdadero costo de las demoras. No hacer nada, o hacer poco, también tiene derivaciones. Es probable que no sean tan notorias en el corto plazo, pero no por ello consiguen ser menos destructivas y nocivas para demasiada gente.

La invitación a elegir opciones aparentemente más suaves, placenteras, cómodas y políticamente correctas encierra una trampa brutal impregnada de una gran deshonestidad intelectual. Lo gradual ofrece un camino escalonado, pero esa tardanza tiene gigantes costos ocultos que pretenden ser minimizados. No parece saludable esconderlos bajo la alfombra.

Cuando se sostiene eternamente un régimen de subsidios inmoral solo para evitar las consecuencias de quitarlo, se debe asumir con sinceridad que se seguirá esquilmando a muchos ciudadanos detrayendo una parte importante del fruto de sus esfuerzos personales cotidianos para sustentar a otros que no lo están haciendo, ni tienen intenciones de hacerlo.

Prolongar el saqueo institucional puede parecer más sutil, pero solo lo es para los que reciben la ayuda. Para los que siguen pagando la fiesta, eso es impiadosamente perverso. Suponer que dejar todo como está o modificarlo tenuemente no tiene costo alguno es de necios, pero también de cínicos.

Los economistas saben que las alternativas que ofrece una inversión deben ser evaluadas y consideradas a la hora de tomar la decisión. A eso llaman "costo de oportunidad". En materia de decisiones personales, familiares y también sociales, ese mismo concepto conserva su sentido equivalente.

No hacer nada, detenerse frente a lo necesario e inevitable implica también aceptar que esa decisión tiene inexorables ramificaciones para todos. Los eventuales damnificados a los que se intenta proteger deberán postergar la oportunidad de hacer lo correcto y arrancar la nueva era cuanto antes.

No se extirpa un tumor por etapas aduciendo que es menos doloroso. Se toma la decisión de enfrentar el problema con coraje y se asumen los riesgos, el circunstancial daño emergente, siempre sabiendo también que hacerlo ahora es mucho mejor que posponerlo indefinidamente.

El único caso en el que se decide no hacer nada, es cuando se considera que el paciente está en una fase terminal y no tiene chance alguna de sobrevivir. Allí se opta por garantizar calidad de vida acortando los tiempos de supervivencia. Si el diagnostico de la política es que administran un enfermo sin futuro, sería bueno que lo digan. Si por el contrario, como suelen recitar, el porvenir es sinónimo de éxito, es hora de apurar el tranco porque a este ritmo dilapidarán las oportunidades de corregir errores.

La sociedad tiene enormes responsabilidades en esta parodia. No se puede pretender a vivir en el primer mundo sin hacer significativos sacrificios, con cobardía y gradualismo. Es hipócrita creer que se pueden conseguir grandes logros sin atravesar contingencia alguna. Si se desea prosperar, hay que estar dispuestos a hacer todos los deberes.

Esta situación actual no es mérito exclusivo de la dirigencia política, sino también de esta sociedad que declama ampulosamente algo que luego no puede sostener con actitudes individuales concretas. Pareciera que quienes dicen aspirar a los cambios, no lo desean con tanto fervor.

Cierta actitud timorata, ambigua, repleta de dudas y contradicciones, invade las mentes de quienes desean progresar, mientras prefieren permanecer en la zona de confort que les ofrece la continuidad infinita.

Es posible que la victoria final esté a la vuelta de la esquina, pero no se llega hasta allí con ridículos zigzagueos, posturas temerosas y midiendo cada paso. La meta soñada requiere de valentía y claridad suficiente, ya no solo para alcanzarla, sino para intentar recorrer ese trayecto con convicción.

La discusión política prosigue casi sin sentido. Por ahora el gradualismo gana la batalla. Sería bueno que los que apoyan esa visión comprendan que los supuestos perjuicios que pretenden evitar son reales y siguen allí. Aunque no puedan visualizarlo existe el costo de oportunidad de la dilación.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La inseguridad. Esa prioridad postergada. - Por Alberto Medina Méndez


La inseguridad. Esa prioridad postergada.

No existe encuesta de opinión en la que este tema no ocupe el podio. En la inmensa mayoría de ellas, la inseguridad lidera el ranking de las preocupaciones cívicas. Sin embargo su abordaje siempre queda pospuesto.

Probablemente esto tenga que ver con la percepción que tiene la política acerca de la escasa chance de lograr triunfos en el corto plazo y su natural inclinación hacia aquellos tópicos en los que puede torcer el rumbo con celeridad siempre dentro del mandato del poderoso de turno.

Temáticas como la educación, la seguridad y otras tantas similares, que ameritan enormes esfuerzos y cuyos resultados positivos no se consiguen con rapidez, por exitosas que sean las decisiones tomadas, no entusiasman a la clase dirigente. Prefieren ocuparse de aquello que genera impactos más inmediatos como la economía o el reconocimiento de nuevos derechos.

Nadie desconoce el complejo entramado del problema de la inseguridad. Tiene múltiples aristas, sus causas no son fáciles de enfrentar y las soluciones de fondo demandan de tiempo y paciencia. Pero justamente por eso hay que arrancar ahora, porque modificar esta inercia llevará décadas. El solo hecho de detener la escalada justifica invertirle ingenio y dedicación.

No es que no se haga algo al respecto. Brotan, con alguna frecuencia, propuestas interesantes, debates apasionados y hasta medidas concretas, pero siempre son aisladas, divorciadas del conjunto, por lo que se torna difícil ser optimistas con la eficacia de ese tipo de determinaciones.
Cierta tendencia a la simplificación termina enfocándose en un solo factor, por eso muchos afirman que detrás de esta calamidad está la droga, sin comprender que es uno de los tantos emergentes, pero no el único. Indudablemente es un dato de la realidad, un síntoma entre otros, pero lejos está de explicar el contexto contemporáneo de una sociedad en la que el robo, la violencia, el odio, la intolerancia, el resentimiento, el desprecio por el otro y hasta el homicidio, ya son moneda corriente.

No menos alarmante es dimensionar la dificultad para encontrar especialistas en la materia. Claro que existen profesionales que saben y mucho, pero siempre sobre un aspecto puntual de la problemática, sin esa mirada universal que se precisa para una aproximación seria y responsable.

La situación de las cárceles como institución para recuperar ciudadanos y no como herramienta para disciplinar individuos, la diversidad de leyes vigentes muchas de ellas contradictorias, la infinita variedad de estimulantes disponibles, la debilidad de la educación como instrumento para proveer conocimientos, el deterioro de la institución familiar como formadora del carácter, la siempre insuficiente capacitación y jerarquización del personal de seguridad, la imprescindible incorporación de tecnología al servicio de la comunidad, la puja entre los derechos individuales y la presunción de culpabilidad, el funcionamiento del desprestigiado sistema judicial, la pobreza enquistada que tampoco ayuda son solo una parte de una larga lista de asuntos que deben asumirse de una vez por todas.

El problema es que esa descripción no es nueva y lleva décadas exactamente en ese mismo lugar. Pese a ello, muchas de esas transformaciones ni siquiera se han planteado. En esto siempre es tarde porque en este juego de postergaciones eternas no solo se pierden bienes sino también vidas. El aplazamiento infinito, este perverso esquema en el que la inseguridad nunca se encara, es despiadadamente cruel.

Es tan grave lo que ocurre que se ha empezado a naturalizar lo inadmisible. Se vive encerrado tras las rejas del hogar, con puertas que se aseguran, no solo bajo llave, sino con nuevas técnicas que garanticen su inviolabilidad. Salir a la calle implica asumir grandes riesgos personales, prepararse para saber por dónde caminar, en que horarios y bajo qué circunstancias. Ocultar relojes, pulseras o cadenas y evitar la manipulación de dispositivos tecnológicos para no tentar a los delincuentes ya es parte de la rutina.

Definitivamente esa no es la vida a la que aspira un ciudadano medio que espera que su gobierno, al menos proteja su derecho a la vida, a su libertad y a su propiedad. Si bien esas deben ser las funciones fundamentales, la política sigue jugando a discutir si el Estado debe ser empresario, constructor, inversor o prestador de servicios no esenciales.

A no engañarse. Nada de esto sucede por casualidad. Tal vez la sociedad se ha acostumbrado a vivir atemorizada, limitando su accionar cotidiano porque le importa más resguardar su poder adquisitivo que la vida misma.

Es hora de que este asunto se ponga en el centro de la escena. No se puede delegar semejante responsabilidad en manos de un funcionario o un área que solo se dedique a los casos de mayor espectacularidad. La situación merece otra actitud. Para eso la clase política, las distintas jurisdicciones y sobre todo, la sociedad civil deben involucrarse y comprometerse.

El tema preocupa y mucho, sobre todo porque ni siquiera se dispone de un diagnóstico contundente. Los ciudadanos deben reclamar con mucha fuerza, porque la política es hipersensible a las demandas de la sociedad, siempre que esta sea capaz de sostener su intensidad y no caiga en la dinámica espasmódica tan habitual en estos tiempos. Lo hecho hasta acá es poco y a las luces de lo que acontece a diario, evidentemente insuficiente. Lamentablemente la inseguridad sigue siendo esa prioridad postergada.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Dedicarse a gobernar - Por Alberto Medina Méndez


Algunos se sienten más cómodos haciendo proselitismo. Ciertos cuestionables códigos comunicacionales contemporáneos no hacen más que confirmarlo. Habrá que avisarles que desde ahora mandan los resultados y el marketing no puede ser la única herramienta disponible.

Las técnicas más habituales, utilizadas para seducir al electorado apuntan a dar siempre buenas noticias, hablar en positivo y evitar la confrontación como instrumento de rutina. Sin embargo, algunos no han registrado que una campaña, por definición, tiene principio y también final. Existe un momento para las propuestas, para las promesas, pero eso no puede ser eternizado como método, al menos no con probabilidades de éxito.

Cuando se acercan los comicios la sociedad espera saber que se hará, precisa escuchar cómo se lograrán erradicar problemas o mitigarlos y solucionar cuestiones de la vida mundana. Pero luego se tiene que pasar a la acción. Superado el recuento de votos que expresa las preferencias sociales, se acaban los alegatos y empieza la era de la gestión concreta.

Vivir en la fantasía eterna de una campaña ilimitada es desconocer lo elemental. Es que algunos gurúes creen que son "todo terreno" y que pueden prolongar sus recomendaciones hasta el infinito, sin asumir con honestidad intelectual las limitaciones que tiene cada disciplina.

A los políticos se los selecciona por determinados atributos. En ese contexto, la gente opta por unos y descarta otros. A veces, inclusive, solo intenta impedir que alguien continúe en el poder. No lo hace como en un juego de azar, en el que unos ganan y otros pierden. La meta es poner en funciones a aquellas personas que deberán luego demostrar sus talentos.

Existe una etapa para vender sueños y otra para implementar realidades. Pero esta simple percepción contrasta hoy con lo que se visualiza a diario. Algunos se conducen como si aun no se hubiera sufragado y entonces pretenden seguir sumando voluntades a mansalva.

Un estilo elegante, discursos prolijamente diseñados y pormenorizadamente estudiados, cierta moderación y buena onda son siempre bienvenidos, pero nada de eso es suficiente. Todo lo periférico es efímero. Lo que realmente importa es lo que ocurre en el núcleo, en el centro de la escena.

Los grandes estadistas no eran necesariamente buenos oradores, ni gente refinada, ni siquiera tenían sobrados conocimientos acerca de cómo conquistar mayorías de un modo eficiente. Eran muy intuitivos, pero no pasaron a la historia por esas cualidades secundarias, sino por su capacidad de generar hechos, de producir gestas extraordinarias y por dejar una huella con un legado con mayúsculas para las próximas generaciones.

No es que ambas cosas sean incompatibles. Se puede ser políticamente correcto y a la vez exitoso en el ejercicio del poder. Es posible lograr una sana combinación de esos elementos. Pero no hay que caer en la trampa de creer que lo primero es un requisito para conseguir lo más trascendente.

Todo pasa por decidir dónde depositar las energías. El tiempo es un recurso agotable, que por lo tanto no tiene reposición y es vital comprenderlo para no cometer errores groseros. Cuando se decide darle prioridad a ciertas formas y eso se convierte en el corazón de la estrategia, implícitamente se le quita fuerzas a la necesidad de enfocarse en la labor cotidiana.

Esa dinámica tan efectista, que se concentra en conseguir aprobación ciudadana para dar cada paso, es un gran condicionante e invita a cometer múltiples equivocaciones. Es saludable mantener un apoyo cívico considerable. Lograr consensos para avanzar con algunas medidas es deseable, pero en ciertas circunstancias es imperioso tomar determinaciones más osadas, que probablemente no sean muy populares, pero que sin ellas el objetivo último no se conseguirá como se espera.

Las posibilidades perdidas son ocasiones desperdiciadas. Lamentablemente no se puede volver el reloj atrás. Pero no menos cierto es que a veces, se presentan segundas oportunidades y es entonces cuando se debe reflexionar para no repetir desaciertos en forma secuencial e indefinida.

El plazo de la campaña se ha agotado. Ya fue. Es solo parte de la historia. Tuvo un inicio y una culminación. Ahora viene algo bien diferente, con características especiales. La gente espera ver mucha actividad y en el sentido apropiado. Observa en silencio, casi pasivamente, cada uno de los movimientos de quienes tienen responsabilidades en la toma de decisiones.

Los que fueron elegidos tienen ahora que responder a la confianza de los votantes. La sociedad espera efectividad. No los juzgará solo por sus modos personales, ni por sus gestos. Eso solo será parte del anecdotario que jugará a favor, si todo resulta bien, y en contra si todo termina mal.

Es primordial, que se abandone la idea de la propaganda como único recurso. Si hacen las cosas adecuadamente y consiguen lo prometido, al menos parcialmente, el acompañamiento electoral estará presente inexorablemente. Si sus planes no se cumplen, si las expectativas no se ven reflejadas, no habrá ardid táctico que les evite futuras derrotas.

Es tiempo de poner las cosas en su lugar. Hay que transmitir certezas, pasos cortos pero posibles, ser creíbles explicando las dificultades en detalle y archivar esta dinámica, absolutamente extemporánea, de seguir en la tarea de recolectar votos. Ahora se debe asumir la realidad, enfrentar los desafíos y "ponerse los pantalones largos" para dedicarse a gobernar.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Datos de la realidad - Por Hugo Cesar Renés


Datos de la realidad: Presente juvenil urbano Argentino.
Necesidades infinitas, futuro incierto, ¿Pobreza 0?

1. La cuestión social es en sí misma un problema difícil a la razón, una pregunta desafiante que interroga permanentemente a la sociedad acerca del enigma de su cohesión, pero que trata a su vez de evitar el riesgo de su fractura.

2. El trabajo formal, que está demandando día a día una mayor calificación, está dejando fuera de competencia a una masa social marginal importante porque el sistema expulsa a todos aquellos, preponderantemente jóvenes que, por carencias de educación y/o capacitación, el futuro no les permitirá aspirar a ningún puesto de trabajo estable.

3. El desafío que enfrentamos como sociedad consiste en volver a hacer del conocimiento un medio para el desarrollo humano. Debemos ir más allá del conocimiento como herramienta y recuperar el camino de la educación como camino a la sabiduría que es a su vez facilitadora del progreso social.

4. Los jóvenes de este tiempo enfrentan una realidad que supera el nivel de dificultades de anteriores generaciones. El conocimiento, el aprendizaje y las experiencias vitales van forjando su propio destino, en muchos casos inciertos, donde la presencia de los medios de comunicaciones y las nuevas tecnologías inciden en sus vidas y en sus expectativas.

5. Vemos así nuevas realidades sociales y nuevos y sofisticados tipos de violencia social.

6. En los sectores juveniles vulnerables y desocupados se está manifestando hoy un déficit de deseo, NO TIENE PROYECTOS, no hay esperanza, no hay futuro en un presente adverso, con necesidades básicas insatisfechas, que no dejan lugar a ilusión alguna.
Viven al instante, limitando el plano material el plano del deseo. No tienen vocación alguna, no saben qué quieren ser, viven en un mundo en el que para ellos predomina lo efímero, destinando lo que pueden percibir a sus necesidades diarias (consumo inmediato) en donde la droga (consumo, no venta) actúa como “evasor” de la frustración que se va acrecentando a medidas que los niveles de precariedad y exclusión aumentan.

7. Por lo general, este sector poblacional provienen de familias numerosas, identificándose esta tendencia entre los adolescentes de 15 a 17 años en donde registra un promedio de 7 miembros. En estas familias se identifica un descenso muy significativo en el nivel educativo de los jefes de hogar.

8. A partir de lo expresado en 7., se podría llegar a pensar que, de alguna manera, los hijos reproducen hoy el fracaso escolar de sus padres, existiendo a su vez un debilitamiento en la transmisión del concepto de la educación como valor en la socialización de esos padres a sus hijos.

9. A medida que desciende el nivel educativo en estos jóvenes, desciende paralelamente la calidad de los trabajos que pueden obtener, siendo en su mayoría temporales y changas en situación de informalidad (mujeres: costurera, cocinera, peluquera, servicio doméstico, cuidado de ancianos, volanteras, etc. Varones: albañil, pintor, plomero, zapatero, herrero, limpieza, maestranza, fletero, vendedor ambulante, paseador de perros, delivery, lava autos, changarin, vendedor ambulante, etc.)

10. En términos comparativos, la tasa de desempleo juvenil de 15 a 24 años es dos veces y media mayor que la del total de la población y tres veces y media más que la de los adultos de 25 a 59 años.

11. La participación de los jóvenes de 15/24 años en el desempleo global es particularmente importante alcanzando al 43,8%, cifra significativa si tenemos en cuenta el porcentaje de jóvenes de 15/24 años componen el 17,5% de la población.

12. En el conurbano bonaerense hay 84.105 jóvenes que no completaron el secundario que actualmente no estudian y se encuentran desempleados, mientras el 80,7% de ocupados y el 72,8% de desocupados que no asisten a establecimientos educativos alguno.

13. En la Argentina hay 7 millones de mujeres en edad fértil (14 a 49 años) distribuidas en los principales centros urbanos del país; de ellas, el 44,8% ya son madres; el 48,6% vive en el 30% de los hogares con menos ingresos per cápita familiar; el 41,3% tiene bajo nivel educativo; el 52% vive en el gran Buenos Aires y el 60,6% participa de distintas formas en el mercado de trabajo; el 16,2% afrontan solas su maternidad (9,2% están divorciadas o separadas, 5,2% están solteras y 1,2% enviudaron).

14. Los desequilibrios territoriales en la Provincia de Buenos Aires son conocidos, pero no tanto. La proyección de habitantes en nuestra provincia para la próxima década plantea la continuidad de esas asimetrías territoriales y demográficas. Si las políticas públicas no logran revertir la actual tendencia con programas de estímulo para el interior provincial, el conurbano y el periurbano acumularán el 77% de la población provincial. Imagine las consecuencias en infraestructura básica, que ya tienen problemas de congestión y contaminación.

15. La Organización Mundial de la Salud (OMS) evaluó los sistemas de salud del mundo y ubicó a la Argentina en el lugar 75 entre 191, muy por debajo de Colombia (22), Chile (33), Costa Rica (36) y Cuba (39), las cuatro naciones mejor calificadas de Latinoamérica. Si tenemos en cuenta que los gastos efectuados en salud por la Argentina (823 dólares anuales per cápita), la colocan en el puesto 34, se advierte que son principalmente las deficiencias del sistema las causas de la mala calidad sanitaria.

16. Un informe del Banco Mundial, señala que 4,5 millones de niños argentinos (43%), son pobres. Esto significa que quienes los tienen a cargo, no alcanzan a obtener el nivel de ingresos suficientes como para garantizar su alimentación y cubrir las necesidades básicas como calzado, ropa y salud.

17. La comisión de Investigación de Mercado de la Asociación Argentina de Marketing, dio a conocer un índice de nivel socioeconómico, a fin de definir los límites de cada estrato social y, a través de variables específicas, una medición detallada de cada estrato. La aplicación de este índice, según el estudio básico metodológico, permite extraer las siguientes conclusiones:

1) Se observa una creciente concentración de la riqueza.
2) Se registra una brecha significativa entre los sectores altos y medios.
3) La diferencia entre los sectores medios y bajos es más cultural que económica.
4) Los sectores bajos, están muy extendidos y se corresponden con un bajo nivel educativo.

CONCLUSIÓN:

El futuro de la franja etaria juvenil argentina presenta más dilemas que certezas…
Tenemos una sociedad zambullida en una profunda y espesa anomia.
Nuestra sociedad comienza a exteriorizar una extendida disconformidad social, agravada por el impacto del actual paquete impositivo que el GN dispuso recientemente.

Seguramente esta sociedad no tolerará aplazamiento alguno entre su deseo expreso, la promesa pre electoral presidencial, y la ejecución de la misma, pudiendo ser paradójicamente esa ansiedad, esa intolerancia, la que podrá postergar aun más las realizaciones prometidas para asegurar la cohesión social.

En el año del bicentenario de nuestra independencia,
Hugo Cesar Renés

Seguramente con el incremento del mínimo no imponible, la tijera salarial comenzará a hacer destrozos…

La paciencia y el rumbo - Por Alberto Medina Méndez


En estos tiempos la discusión parece centrarse en la velocidad con la que se deben generar los cambios, en la calidad y en la profundidad de las eventuales transformaciones necesarias. Tal vez valga la pena dedicarle unos instantes a reflexionar sobre el vínculo de la paciencia y el rumbo, aspectos que intentan mostrarse de forma aislada pero que tienen indivisibles conexiones conceptuales.

Luego de tantos años de políticas equivocadas y ademanes autoritarios, de desmesurada dilapidación de recursos y de obscena corrupción, parece justo pretender que se de vuelta la página asumiendo que la etapa que viene debe ser sustancialmente mejor que la que se está dejando atrás.

Es inevitable, en ese proceso, que asomen las ansiedades y que todo lo anhelado se reclame con mayor vehemencia. La infantil idea de que todo se resuelve con un simple "chasquido de dedos" es, a todas luces, una gigantesca fantasía y es parte del tradicional pensamiento mágico tan enquistado en estas sociedades.

Cierta expectativa desproporcionada nubla la vista y se aparta de la realidad. Es pertinente señalar que esas esperanzas han sido intencionalmente alimentadas desde la política en temporada proselitista y no provienen de la típica ingenuidad de la gente. En esto tendrán que hacerse cargo de las promesas de campaña y de los desafortunados recursos discursivos utilizados para seducir oportunamente al electorado.

La existencia de condiciones generales preexistentes, bastante negativas por cierto, no contribuye demasiado complicando la marcha, obligando a usar la creatividad y agudizar el ingenio para sortear esos escollos que tampoco fueron suficientemente previstos, ni debidamente dimensionados.

En ese contexto, el debate sobre "gradualismo o shock" se ha instalado y parece que vino para quedarse. Algunos creen que los problemas deben extirparse de una sola vez, porque así se podrá evolucionar más rápidamente. Por el contrario, otros sostienen que hay que evitar significativos impactos de esas decisiones sobre la comunidad y afirman que los logros deben conseguirse de un modo progresivo y por etapas.

Es probable que en esto no se pueda ser tan absoluto. Los remedios para resolver ciertos dilemas deben estar dotados de contundencia y frontalidad, pero en otras ocasiones se requiere de una secuencia extendida. La mayoría de los ciudadanos parece preferir, en términos generales, una estrategia más pausada. Bajo ese paradigma piden eufóricamente paciencia e invitan a generarle espacio a los gobernantes para que puedan maniobrar en la coyuntura y abordar cada asunto sin la clásica presión de la premura cívica.

Sin embargo, un ingrediente central parece escapar a este simplificado análisis tan habitual, que pretende exhibir aristas de aparente racionalidad. Es cierto que se debe tener paciencia cuando el camino elegido ha sido el adecuado, porque es muy razonable que si se está avanzando en el itinerario acertado se reclame serenidad, inclusive cuando las expectativas no se estén cumpliendo en su totalidad.

Ese planteo es lógico pero solo cuando se peregrina por el derrotero apropiado. No puede resultar deseable jamás tener paciencia frente a las rutas mal elegidas. Si el gobierno no hace nada sobre una cuestión, solo gira en círculos o va en la dirección exactamente contraria a la deseada por casi todos, la paciencia es, seguramente, la peor de las actitudes.

Si alguien tuviera que viajar hacia el norte seleccionará la carretera que lo lleve hacia ese lugar. Si para lograr el objetivo final y llegar a destino se tarda un poco más o un poco menos, allí entonces cabe tener presente las circunstanciales dificultades y dotarse de una dosis de estoicismo.

Pero, siguiendo el mismo ejemplo cotidiano, si el norte fuera el fin último y se optara por viajar hacia el sur, se estaría transitando el tramo inapropiado. En esa situación la paciencia no suma y sólo hará que el objetivo se encuentre cada vez más distante. Cuando se tome nota del yerro, las chances de alcanzar el éxito habrán quedado a contramano.

Por eso es importante diferenciar situaciones y comprender que la paciencia debe permitir soportar con heroísmo los inconvenientes en el tránsito hacia el destino preciso, pero jamás puede ser una aliada cuando se ha fallado en la construcción del diagnóstico y todo se encauza en la dirección inversa.

Los gobiernos administran una infinita lista de disyuntivas. En algunos temas están bien orientados y saben adónde ir. Pueden dudar, pueden ser más lentos que lo esperable, hasta es posible que no encuentren las mejores herramientas o las personas ejemplares para lograr ese cometido. En esos casos, la paciencia es una virtud y es saludable ser tolerantes y otorgar mayores márgenes para que lleguen a destino en algún momento.

Pero en todo aquello en lo que, los gobernantes no encuentran la senda, cuando la quietud o el interminable zigzagueo demuestran desorientación, o peor aún, cuando se alejan del propósito, no corresponde tener paciencia alguna. Allí, la supuesta clemencia y comprensión se convierte en un disparate imperdonable. No se ayuda siendo cómplice de los desatinos, ni tampoco postergando los señalamientos frente a los desaciertos evidentes.

Aportar paciencia en esos asuntos que están prudentemente encaminados y en los que el tiempo es la variable para llegar a la meta parece muy atinado. Ser condescendientes frente al error grosero de los gobiernos, cuando es evidente que no dan en la tecla y deambulan sin brújula, o peor aún, cuando se recorre el rumbo opuesto, constituye una postura negligente y pone en evidencia una escasa inteligencia ciudadana.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La tecnocracia se puso de moda - Por Alberto Medina Méndez


Desde hace algún tiempo se ha instalado una perversa idea que parece muy simpática y cuenta con muchos adeptos, pero que oculta profundos riesgos. La llegada de algunos personajes a la política, que no provienen de ella y que han intentado diferenciarse, es la marca registrada de este tiempo.

Ellos pretenden mostrar que existe una nueva forma de hacer las cosas y sostienen que los gobiernos deben simplemente emular a las empresas. Este recurrente planteo convoca a un desafiante debate de fondo.

Es probable, que el desparpajo de muchos dirigentes políticos en el pasado, quienes a la hora de tomar decisiones apelaron solo a su intuición, haya generado esta huella, creando el campo propicio para el aterrizaje masivo de una casta de profesionales enrolados en esta moderna tecnocracia.

Esta suerte de "gobierno de los técnicos" intenta anteponer sus métodos científicos por delante de la política. Creen, firmemente, en la neutralidad de los criterios técnicos y afirman que todo se puede hacer sin orientación ideológica alguna, apostando a la contundencia de una supuesta evidencia.

Colocar en un plano de igualdad al gobierno con las empresas constituye un grosero error conceptual. Una empresa tiene accionistas, que invierten voluntariamente su propio dinero con el objeto de maximizar ganancias, crear valor e incrementar sus beneficios, utilizando el estímulo del lucro.

Un gobierno tiene un rol bien diferente. Fue creado para garantizar el pleno ejercicio de derechos fundamentales para los miembros de una comunidad. Se nutre exclusivamente de recursos que extrae de la gente coercitivamente y no existe en su esencia ni la rentabilidad, ni la búsqueda de dividendos. Jamás podría funcionar como una empresa, porque no lo es.

A no equivocarse. La tecnología es siempre bienvenida, pero se debe entender que solo es una herramienta y no una meta en sí misma. Es saludable ofrecer excelentes resultados. Lo peligroso es creer que gobernar solo conlleva hacer una buena gestión, administrar con eficiencia los recursos o disponer de conocimientos especiales en abundancia.

La política es algo mucho más trascendente, que está distante de esas incompletas concepciones que los tecnócratas traen consigo. La tarea de gobernar implica proyectar una visión integradora que abarca la filosofía, la economía y la política. Los técnicos solo deben adaptarse a ella e intentar implementar esas decisiones estratégicas de un modo inteligente.

Es innegable que son tiempos de profesionalización de la política. Pero no se debe confundir una cosa con la otra. Los que conocen el ruedo, los que dominan una materia, los que se han formado en los diferentes campos, deben ser parte, protagonizando esos procesos. Pero la conducción general del gobierno no puede quedar en manos de esos "gerentes". Ellos pueden aportar una mirada específica, única, muy útil, pero siempre parcial. Están para integrarse a los equipos de trabajo y administrar lo que les toca.

Cierta tentación contemporánea ha llevado a exacerbar esta tendencia. Convocar a los mejores técnicos no hará que todo funcione de maravillas, porque las cuestiones humanas son mucho más complejas y asegurar derechos esenciales no es territorio exclusivo de los especialistas en ciencias duras.

Existen, en la historia reciente, muchas experiencias parecidas con gobiernos regidos por la dinámica de los números, pero que no han logrado avances concretos en la calidad de vida, que sean tangibles para los ciudadanos. Las cifras ayudan a evaluar la marcha de los acontecimientos, contribuyen de un modo decidido como parámetros, aportan referencias vitales, pero jamás logran ser el alma de una gestión de gobierno.

El rumbo lo determina siempre la impronta ideológica de quienes han sido elegidos para encaminar la coyuntura. De eso depende, en buena medida, el éxito o el fracaso de esa etapa. Los aspectos técnicos siempre inciden y contribuyen mucho, pero lo hacen respecto de las definiciones políticas previas. Es imperioso, entonces, eludir la creencia de que los técnicos pueden gobernar y desterrar esta simplificación que sostiene que poblar el Estado con este tipo de perfiles es sinónimo de magníficos resultados.

Se trata de lograr un sano equilibrio. La política sin técnicos no marchará adecuadamente, porque las mejores ideas necesitan ser instrumentadas de un modo eficaz. Un gobierno repleto de técnicos, pero sin norte, sin las sutilezas de la política, sin el talento de esos liderazgos que permiten convertir lo imposible en factible, tampoco puede lograr nada bueno.

Las reacciones espasmódicas nunca ayudan. La sensatez y la racionalidad no deben perderse nunca, y mucho menos a la hora de ocuparse de los asuntos públicos. Ya se sabe que cuando llegan al poder los demagogos, intuitivos e improvisados nada termina bien, pero se debe evitar caer en la trampa de pensar que los expertos son una alternativa válida para obtener todas las soluciones anheladas.

Si la dirección elegida, si la ruta seleccionada, no es la correcta ningún avezado profesional, ni la suma de muchos de ellos logrará llegar a buen puerto y nada resultará cómo algunos ingenuos esperan. Lamentablemente, todo hace pensar que los errores están asomando a la puerta, porque otra vez, la tecnocracia se puso de moda.

Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

Educación: las consecuencias de la realidad - Por Hugo Cesar Renés


Educación

PODRÁS IGNORAR LA REALIDAD, PERO NUNCA DESCONOCER SUS CONSECUENCIAS

Nos ufanamos de nuestra ley de enseñanza OBLIGATORIA y GRATUITA…
Me pregunto y le pregunto: ¿habremos dado todos los pasos necesarios, no los simples controles numéricos de la cantidad de docentes y de alumnos o los años que deben concurrir los niños y adolescentes a la escuela, para que realmente sepan leer y razonar y voluntariamente accedan al bien común? (la calidad, capacidad y actualización docente no la contemplo, la doy por descontado…).

Cuando los educandos esbozan un pensamiento o quieren explicar lo que han leído aparecen problemas por todos lados…

Nos preocupamos nosotros en pensar y ayudar a pensar… y de hacer valer nuestros derechos, teniendo en cuenta un sano y verdadero pluralismo, no el que impide ser lo que debiéramos ser?

¿No cree que es urgente mejorar la calidad y la INCLUSIÓN de la educación secundaria para incorporar sin demora a los sectores sociales más postergados que hoy desertan masivamente?. Según la Unesco, apenas el 43% de los adolescentes argentinos concluye el ciclo secundario (en Chile y Perú lo hace el 70%; en Colombia, el 64%, y en Bolivia, el 57%)

En los países industrializados los días de clase llegan a 210 por año; Brasil, Chile y Uruguay superan los 190 días, mientras que a los escolares argentinos, el calendario escolar les exige 180 días.

Tenemos una Universidad empobrecida, rezagada y divorciada de la realidad productiva nacional, no está solamente perjudicando a sus educandos, cosa de por sí inadmisible, sino que está atentando contra la sociedad toda, lanzando profesionales ineficientes para un futuro en el que se modifiquen las actuales señales de estancamiento productivo

La Argentina es una nación con pocos graduados universitarios:

Si el progreso de las naciones en las próximas décadas en este mundo del trabajo globalizado estará directamente vinculado a su capital humano el cual deberá estar consustanciado con la compleja naturaleza de las transformaciones tecnológicas que avanzan aceleradamente de manera exponencial, nuestro futuro se advierte negro. En 1998 por cada graduado universitario en Chile, se graduaban 2,4 en la Argentina, mientras en Brasil se graduaban seis por cada uno de aquí, pero el panorama cambió en la última década ya que hacia 2009 en Brasil se graduaron 827.000 profesionales; en la Argentina, 98.000, y en Chile, 67.000. O sea que ahora, por cada argentino graduado hay 8,4 en Brasil, y por cada graduado chileno hay apenas 1,5 en la Argentina.

Interesante es destacar que en Chile por cada 100 abogados que se graduaron en el año 2009 se graduaron 207 ingenieros, mientras en nuestras universidades estatales se graduaron en ese año, 49 ingenieros por cada 100 abogados.

PARA PENSAR: DURANTE 2009 LAS UNIVERSIDADES PRIVADAS ARGENTINAS GRADUARON 16.008 PROFESIONALES EN LAS DENOMINADAS CIENCIAS SOCIALES; 3 (TRES) PROFESIONALES EN FÍSICA, 23 EN MATEMÁTICA Y 47 EN QUÍMICA.

Téngase en cuenta también el deterioro edilicio y el estado de abandono existentes en muchas escuelas que en no pocos casos han puesto en situación de riesgo a la población estudiantil.

“VOSOTROS DEBÉIS PREPARAR LA PAZ DEL MUNDO Y LA UNIÓN DE LOS PUEBLOS. FORMANDO AL NIÑO Y AL ADOLESCENTE ESTARÉIS DETERMINANDO LOS TIEMPOS FUTUROS” Anatole France

En azul y blanco, 
Hugo Cesar Renés

¿FIN DE CICLO O CICLO DEL FIN? - Por Rafael Bautista S



Una grandilocuente narrativa invade los cielos que habían proyectado los procesos populares en Latinoamérica. Se anuncia su ocaso a los cuatro vientos. Los analistas dicen amen y los medios dirigen las endechas anticipadas de un velorio que creen inminente. Pero se olvidan de algo: lo que vivimos No fue un ciclo. El estribillo de los ciclos son recurrentes en una visión anquilosada de la historia (de leyes metafísicas que sostienen una regularidad más allá de la praxis humana) propia de la izquierda del siglo XX y ahora, al parecer, de lo que queda de la derecha reciclada; lo cíclico es, más bien, esa visión que sirve de muletilla a pronósticos oraculares travestidos de análisis político. De lo que se trata es siempre de darle una direccionalidad a los acontecimientos, lo cual ya significa determinar el sentido de estos. Por eso la historia no es lineal y no se compone de ciclos, estos son apenas una percepción esquemática de las coyunturas. La historia, en cuanto patrimonio humano, es siempre creación histórica y no simple medición cronológica, es decir, es el escenario en que la libertad humana desafía toda regularidad.

Lo que pretende la narrativa del fin de ciclo es, de modo premeditado, disolver el horizonte de referencia emancipatoria propuesto, sobre todo, por los pueblos indígenas; porque aquella señalación maniquea que se hace de los gobiernos, busca disolver en su ambiguo desempeño los nuevos contenidos que, como proyecto político, constituían la novedad que hizo tambalear las certidumbres propias de la política y del Estado moderno-liberal.

Reducir todo a los erráticos desempeños gubernamentales es disolver la misma potencia revolucionaria popular en los avatares de su élite circunstancial. Por eso la narrativa del fin de ciclo es más que una descripción, porque actualiza aquella retórica aristocrática que condena toda rebelión popular como deicidio, para así justificar su persecución y aniquilación. Eso desde Cicerón (contra Catilina) hasta Margaret Thatcher y la doctrina Bush (el mismo Popper se dedicó a demonizar a los que querían el cielo en la tierra; esos utópicos son ahora los populistas, los que encienden las demandas populares; contra estos va dirigida la nueva cruzada en forma de narrativa). La consigna neoliberal de “no hay alternativas” fue sólo posible destruyendo toda otra alternativa. Sólo de ese modo pudo haberse impuesto la cultura neoliberal en el imaginario social del individuo moderno (que no admite perdedores, sólo ganadores).

Aunque se crea libre y forjador soberano de su destino, sigue haciendo de la tragedia griega la escenografía de su propia fatalidad: la libertad es sólo posible mientras los dioses duermen. El caso de Grecia es más que casual. Ya no son los dioses del Olimpo o el dios de la cristiandad sino el dios capital y el mercado (ante los cuales se inclina toda la institucionalidad financiera –como la Troika, que poco le importa el pueblo, la democracia o la justicia– que religiosamente ofrece cuotas de sangre al apetito insaciable de los nuevos ídolos modernos). Ante estos continua el sacrificio inevitable de una humanidad rehén de poderes omnipotentes que actúan al margen de la propia vida.

La narrativa impuesta es parte de la normalización que impone un mundo que se resiste a otro orden que no sea el que impone la supremacía única de USA. Esta es la doctrina que prevalece entre los neocons o halcones straussianos, como única política exterior gringa. Por eso el fin de ciclo no se dirige sólo a Latinoamérica sino también a los BRICS, en especial a Rusia y China y a toda otra disidencia que pretenda objetar la supremacía gringa: se acabó el recreo, o capitulan o los aplastamos. Se trata de sobrevivencia cruel. El mundo ya no es unipolar y, aunque ahora tripolar (después del revés ruso en Ucrania y Siria, y la admisión del FMI del yuan como cuarta divisa de reserva mundial), la actual guerra fría (sobre todo financiera, como guerra de divisas) está reconfigurando la nueva cartografía geopolítica global, hacia una multipolaridad que podría desembocar en una ceropolaridad. El desafío de esto consiste en que, sin centro único, el equilibrio dependería de la complementariedad de apuestas civilizatorias sin pretensión hegemónica.

El fin de ciclo forma parte del smart power que diseñaron los think tanks gringos para desestabilizar la legitimidad de los procesos que se habían venido desencadenando a principios del nuevo siglo. Hacerlos aparecer como una aventura episódica formaba parte de la desarticulación de la conciencia popular que estaba promoviendo un nuevo sentido común en torno a la recuperación de soberanía y mayor democratización económica en los países del ALBA. Esto repercutió hasta en el primer mundo y, como en el pasado, ha sido muestra de que fue siempre esta parte del mundo la que transmitió ideales emancipatorios incluso a la misma Europa. La orquestación de esta última narrativa forma parte de la estrategia geopolítica de la especulación financiera contra las economías emergentes (por eso los nuevos tratados comerciales son más despiadados y, por ello mismo, precisan demoler toda aspiración popular para, de ese modo, arrasar con todo lo que queda, pues lo que queda no es mucho y los pobres salen sobrando en las apuestas del capital global).

La estrategia es clara; ante una reconfiguración del tablero geopolítico, todo se trata de sobrevivir y, si es posible, en las mejores condiciones. La apuesta de las burguesías de Brasil y Argentina van en ese sentido, pues los nuevos tratados comerciales que diseña USA para frenar la hegemonía china, supone aperturar el mercado continental al pacífico, lo cual implica una lucha de mercados que disminuye el margen de acción de los actores latinos, quienes, gestionando mayor participación y viendo sólo lo inmediato, no hallan más opción que aliarse al gran capital que, a través de las transnacionales, es quien dictamina los contenidos de los tratados que, en su mayoría, son firmados a espaldas de los pueblos.

El gran capital sólo puede garantizar un nuevo ciclo de acumulación global sobre la derrota absoluta de los pobres, lo cual significa hoy la derrota de la humanidad y del planeta. Por eso la nueva plusvalía que produce el capital consiste en la acumulación del fracaso histórico que promueve una transferencia resignada de voluntad de vida; el capital no es sólo un proceso de valorización del valor sino de transferencia sistemática de voluntad. Un individuo fracasado no tiene voluntad y su único afán se reduce a sobrevivir, no importa cómo; lo que promueve ahora el capital es la atomización de las expectativas, de modo que éstas se circunscriban exclusivamente a mezquinas opciones de pueril sobrevivencia (la lucha de todos contra todos es necesaria para el desarrollo del capital, por eso las guerras se convierten en magnificas oportunidades de nuevos procesos de acumulación). En estas condiciones no puede haber historia, tampoco política, porque si el ser humano no es creador de acontecimientos tampoco puede siquiera imaginar proyectos de expectativas comunes.

Entonces, la estrategia actual de acumulación global de capital y su actual narrativa, confirma la clarividencia de los poderes fácticos ante la interpelación que los pueblos indígenas han originado en este nuevo siglo: otro mundo es no sólo posible sino más necesario que nunca. Hace poco, Charles Krauthammer, en el Washington Post, de modo enfático señalaba que, desde la caída de la URSS, “algo nuevo había nacido, un mundo unipolar dominado por un único súper-poder sin rival alguno y con un decisivo alcance en cada rincón del planeta. Un nuevo escenario que aparece en la historia, jamás antes visto desde la caída del imperio romano. Es más, ni siquiera Roma es modelo de lo que es hoy USA”. Esto expresa la doctrina Wolfowitz como primer objetivo de la política exterior gringa: prevenir cualquier ascenso de un nuevo rival, ya sea en la ex URSS o en cualquier otro lado; de ese modo asegurar el dominio de regiones cuyos recursos puedan, bajo control, consolidar el poder global.

Esto quiere decir que el poder es también una cuestión de percepción. USA hace de su percepción la plataforma de propaganda global que moldea la despolitización global como el terreno para imponer un mundo sin alternativas. Ya no se trata sólo de desmovilizar a la gente sino de abandonarla en la inacción total (lo cual también se logra manteniéndole ocupado, por eso el trabajo se realiza ahora bajo presión; los individuos creen superar sus problemas sumergiéndose en sus trabajos, pero lo único que logran es alienarse de sí mismos y que la fuerza requerida para recomponer sus vidas sea transferida a la reproducción del capital). Esto quiere decir que, cuanto más se valoriza el valor, más voluntad de vida se nos expropia. El capital es ahora el creador y el ser humano su creatura. Hacerlo a su imagen y semejanza significa constituirlo en capital humano. Por eso hasta en sus sueños no puede haber otra cosa que acumulación. La invasión de los sueños es una política del mercado total; si se puede moldear los sueños y las expectativas entonces no hay lugar para el espíritu utópico y sin éste no puede haber política.

Ese es precisamente el fin de toda narrativa del fin: acabar con el espíritu utópico. Pero la utopía es condición humana; sin esperanzas, sueños o utopías, no puede haber existencia humana y, en consecuencia, tampoco historia. Por eso la narrativa del fin de ciclo no es otra cosa que la reposición de aquella otra, que nos imponía el fin de la historia. Ambas se diseñan para desacreditar toda posible alternativa y, de ese modo, imponernos un mundo sin alternativas.

Un mundo sin alternativas es el paraíso neoliberal. Por eso, ante la narrativa del fin de ciclo, debemos oponer otra: el fin de siglo. Porque el ciclo no era ciclo y lo que parecía una continuidad en la regularidad cíclica del capital era, en realidad, una ruptura epocal. Para ingresar a una nueva época, era necesario dejar atrás el siglo de oro del capitalismo y, paradójicamente, también, el siglo de la izquierda. Por eso los siglos no terminan o acaban en las fechas; si no hay capacidad histórica para ingresar a una nueva época, entonces son los eventos los que condenan aquella incapacidad (Europa ingresa dramáticamente al siglo XX con la primera guerra; su no adecuación a las nuevas circunstancias da lugar al surgimiento de un nuevo poder que se impone definitivamente en la segunda guerra).

En Bolivia habíamos ingresado al siglo XXI el 2003, por eso incluso la “guerra del gas”, que sucede en octubre de ese año, anunciaba ya la tónica geopolítica que iba a desatar la lucha global por el control de los recursos energéticos. El horizonte del “vivir bien” anunciaba la transición civilizatoria necesaria ante la orfandad utópica que carga la decadencia del mundo moderno, el Estado plurinacional ponía en cuestión el concepto decimonónico del Estado moderno-liberal, y la descolonización remataba con el urgente desmantelamiento de la provinciana visión que el primer mundo se había hecho del resto. Por eso la insistencia: el poder es también una cuestión de percepción; si la percepción no cambia, tampoco cambia el mundo. La descolonización va por ese lado. Si no somos capaces de proponer una nueva narrativa histórica –más allá del eurocentrismo reinante hasta en la izquierda–, entonces, nuestras respuestas políticas, a preguntas actuales de profunda novedad, seguirán siendo las mismas viejas respuestas del siglo pasado.

El mundo está cambiado radicalmente, pero las percepciones continúan moldeando estos cambios bajo esquemas ortodoxos. Los economistas perciben, por ello, sólo lo que el capital permite percibir: que esta crisis no es sino uno más de los ciclos acostumbrados del capital. Por eso también, a nivel global, se posponen decisiones apremiantes ante la crisis climática y se insiste en una confianza hasta cándida en el mercado y el capital. El mundo moderno ha producido una suerte de servidumbre voluntaria a fetiches que deciden sobre la vida y la muerte como auténticos dioses.

Los gobiernos de izquierda, incapaces de generar un nuevo espíritu utópico, porque no pueden superar su siglo de referencia, tampoco pueden asumir los desafíos que conlleva un tránsito hacia un nuevo horizonte, que es lo que viene proponiendo el nuevo sujeto de una política trans-moderna. Todos los análisis geopolíticos insisten que el mundo está experimentando una transición civilizatoria, lo cual significa implícitamente que el mundo moderno y su disposición antropológica y geopolítica centro-periferia está por concluirse. Esta situación es la que avizoran los think tanks del primer mundo y, por ello mismo, son los más interesados en preservar la provinciana percepción imperial como “realismo político”. La cuestión es que si no hay alternativas, entonces lo único que nos queda es defender lo que hay como lo único posible. Pero lo que hay es lo que nos está conduciendo, a la humanidad y al planeta, a la imposibilidad de la vida. Entonces, cambiar de percepción ya no es cuestión de pareceres sino de apuesta vital.

Desde Marx sabemos que la realidad que ha producido el capitalismo está invertida. Lo que toman por “realismo” los analistas es esta realidad invertida. Ponerla de pie significa restaurar en nosotros mismos la condición de sujetos. La realidad es producción humana, la objetividad del mundo es producción de subjetividad. La capacidad de ser sujeto consiste en ser causa y no efecto de lo que se vive. Las leyes que actúan a espaldas de los actores son producto de la fetichización de las relaciones mercantiles. La expansión de éstas al infinito es el neoliberalismo. Por eso no se trata sólo de una economía sino de toda una cultura: necesita producir un individuo acorde a este tipo de expansión y, mediante el tipo de producción y consumo actual, lo que produce es el vacío de voluntad de un alguien que vive una sucesión de instantes sin proyección alguna, por eso hasta en su voto manifiesta un puro acto emocional sin criterio político alguno.

Frente a esta situación, lo que debían proponerse los gobiernos de la región, era disputar el universo simbólico de las expectativas históricas. Frente a la crisis civilizatoria del mundo moderno y fieles al horizonte de una nueva forma de vida –lo que llamamos “vivir bien” –, debían proponerse la constitución de una nueva subjetividad como trasfondo de una nueva forma de producción y consumo. Porque no se trata sólo de sacar gente de la pobreza, sino de que ellos sean los protagonistas de una nueva forma de vida. De lo contrario, en ese ascenso social se vuelven conservadores y una vez mejoradas sus condiciones de vida y contemplando siempre su éxito como éxito individual (asumiendo el modelo empresarial), abandonan el proyecto que los sacó de la pobreza. Defender lo logrado, de modo individual o corporativo, se convierte entonces en tierra fértil de un neoconservadurismo.

Si recordamos, las primeras medidas más revolucionarias de la revolución cubana no son económicas sino culturales: la creación del ICAIC (donde aparece la Trova cubana) y la Casa de las Américas. Porque una revolución que no produce al sujeto de esa revolución, inevitablemente fracasa (por eso el proceso de cambio en Bolivia se identificaba originalmente como una revolución democrático-cultural). En eso se distinguen reforma de revolución. Lo que distingue a una revolución es la proyección de un nuevo horizonte de vida como fundamento de una transformación de las estructuras mismas que sostienen al mundo que se quiere dejar atrás.

Por eso debíamos producir la capacidad de ingreso auto-consciente a una nueva época; pero la colonialidad de una izquierda que, muy a su pesar, reedita la paradoja señorial, evidencia la contradicción reinante de un desempeño gubernamental que no se corresponde con los sentidos que se deducen del nuevo horizonte del “vivir bien”; por eso sus apuestas siguen siendo modernas, persiguiendo el mismo desarrollo y progreso que han originado la crisis climática actual.

Ni la izquierda ni la derecha están a la altura de los desafíos del nuevo siglo; por eso la derecha no puede proponer ninguna alternativa que no sea la reposición de la hegemonía del dólar en nuestras economías (lo cual no constituye alternativa alguna ante la decadencia del dólar), tampoco podrían cancelar las conquistas sociales para favorecer a una elite cada vez más inclinada al desmantelamiento estatal como condición sine qua non de su sobrevivencia en la economía global patrocinada por la especulación financiera. En medio de la actual incertidumbre, a propósito del colapso del dólar y la economía mundial, las elites latinoamericanas carecen de más opciones que no sea morir con el dólar (porque no se trata sólo de una moneda sino de una forma de vida). Persistir en ello es cuestión vital para ellas y eso manifiesta su más acabada colonización.

Lo que viene sucediendo en Argentina es muestra de la urgente necesidad que tiene el dólar de deshacer definitivamente la soberanía de nuestros Estados y sostener sobre nuestros recursos estratégicos las pretensiones de su supremacía global. Por eso cuando nos referimos al fin de siglo, no lo hacemos en los términos de fin de ciclo, porque no se trata de un cambio automático ni de una sucesión natural. Se trata de una sintomatología epocal que precisa de la intervención decisiva de los pueblos, aun a pesar de una dirigencia que no reúne las condiciones de una nueva apuesta. No se trata de que lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer, sino de que los poderes fácticos han colonizado la percepción de los acontecimientos, de modo que produce, hasta en las apuestas de izquierda, una resignada admisión de que lo único posible y deseable son las ilusiones del mundo moderno: un crecimiento sin límites y un desarrollo y progreso infinitos. Vale, para estos, la sentencia que hace Kenneth Boulding: “cualquiera que crea que el crecimiento material infinito es posible en un planeta físicamente limitado, o es un loco o es un economista”. El capitalismo es imposible sin crecimiento, pero un crecimiento ilimitado o un progreso infinito no sólo es iluso sino suicida, porque lo único que crece, en cuanto acumulación de capital, lo hace a costa de la vida misma. El siglo XX fue el siglo del progreso. Capitalismo y socialismo son hijos de ese paradigma, por eso nunca cuestionan a la sociedad moderna, porque es también la sociedad del progreso. Pero esta sociedad es imposible sin fuentes infinitas de energía, es decir, abundante, continua y barata. En un siglo de vigencia de este paradigma, se han producido los mayores daños ecológicos jamás antes experimentados. Persistir en ello constituye la ceguera moderna que abraza también la izquierda, y es lo que no le permite ingresar, de modo consciente, al nuevo siglo.

Un siglo no acaba cambiando de números. El siglo XX ha sido el triunfo del capitalismo, porque hasta la izquierda, a pesar suyo, no fue capaz de superar el horizonte civilizatorio que lo sostenía. Por eso se presenta incluso más moderna que cualquiera, no teniendo en cuenta que modernidad y capitalismo son el entrelazamiento perfecto de una forma de vida que, desde 1492, ha venido destruyendo toda otra forma de vida para aparecer ella como la única posible (así como el protestantismo se presta, de modo más eficaz, a terminar lo que la iglesia católica no pudo, o sea, extirpar la idolatría del corazón del indio; así también la izquierda siempre se afanó en concluir el proyecto de la derecha: acabar con el indio es más eficaz cuando éste renuncia a su propia forma de vida). Para que un nuevo siglo nazca plenamente, se debe reunir las condiciones existenciales que permitan el abandono del siglo pasado. El fin de ciclo no anuncia nada nuevo sino la imposibilidad de dejar atrás lo viejo conocido y, de ese modo, conservar a toda costa un mundo sin alternativas.

El fin de ciclo describe una situación típica que coincide con la retórica apocalíptica del fin de los tiempos; con ello se insiste siempre en la cancelación de toda alternativa posible. El milenarismo actual da lugar a una marcada inacción pertinente a la conservación de lo establecido. Pero la perorata del fin esconde que, con el fin de algo no acaba todo sino más bien empieza algo, y ese algo, sólo puede ser algo nuevo.

Por eso el fin de ciclo es más bien otro repetido ciclo del fin. El miedo a enfrentar lo nuevo produce la dramática paralización de la contemplación del posible fin de todo. Es curioso cómo el individuo moderno, gracias a su tele-adicción, es capaz de imaginar el más terrible de los escenarios de una catástrofe nuclear, pero es incapaz de imaginar lo contrario; formateado por la estética del desastre, se halla inhabilitado para algo más que no sea la pura contemplación –hasta morbosa– de un fin apocalíptico. Esta inacción produce su despolitización, es decir, su incapacidad de cambiar la fatalidad que tiene enfrente.

Cuando el comandante Chávez dijo que “llegó la hora de los pueblos”, no se equivocaba, pero, como dijo también Fidel, “la revolución sólo será posible cuando el pueblo crea en sí mismo”. Es menester que nuestros pueblos vuelvan a creer en sí mismos, para superar esta coyuntura. El mundo está cambiando y, en ese contexto, no encontraremos mejor lugar para lograr nuestra definitiva independencia. Ante la amenaza de una conflagración nuclear (pues ya sabe la OTAN que no puede vencer a Rusia, y menos a la alianza China-Rusia, en una guerra convencional), como única opción de reposición de la supremacía del dólar, sólo la movilización del sur puede desencadenar una reconfiguración geopolítica restauradora.

Para dejar de ser periferia hay que dejar de ser consciencia periférica. El centro es centro gracias a nuestra transferencia sistemática de voluntad, ya que seguimos creyendo en su forma de vida y deseando su riqueza, cuando es ésta la causa de nuestra miseria. Si hasta en la alimentación ya se sabe que lo más racional es volver a lo nuestro, en economía lo más racional sería para producir para reproducir la vida y ya no exclusivamente la ganancia. Eso no produce ricos pero tampoco produce miseria. La crisis climática sólo será resuelta si se restaura el equilibrio sistémico de la naturaleza, como condición además de restaurar el equilibrio que, como humanidad, hemos perdido en el mundo moderno.

Parte de la restauración de ese equilibrio consiste en no someterse a otro ciclo sino en potenciar lo que habíamos logrado como pueblo: un nuevo horizonte de vida. La humanidad está hambrienta de alternativas, pero eso no nace de arriba sino se construye desde abajo. El mundo seguirá siendo el mismo si nuestra percepción es la misma, esto confirmará nuestra condición periférica; pero si cambiamos de perspectiva, el mundo ya no será patrimonio de la visión de unos cuantos y lo que parecía imposible se hará posible. Lo más verdadero de los pueblos son sus mitos, la verdadera fuerza proviene de ellos. Porque en ellos se encuentra el espíritu que ha hecho posible su resistencia y es lo que hará posible nuestra liberación definitiva. Por eso ante el anuncio del fin de ciclo responderemos con el renacer de un nuevo tiempo.

La Paz, Bolivia, 15 de enero del 2016
Rafael Bautista S.
autor de “la Descolonización de la Política.
Introducción a una Política Comunitaria”.

Dirige el “taller de la descolonización”
en La Paz, Bolivia
rafaelcorso@yahoo.com

A un mes de “Cambiemos” - Por Adolfo Pérez Esquivel



Los derechos humanos y la democracia son valores indivisibles, por eso nuestros presidentes suelen asumir los 10 de diciembre, día en que se conmemora el día universal de los Derechos Humanos.

Ha sido una lástima que el Presidente de la nueva administración del Poder Ejecutivo no haya mencionado ni una sola vez en su discurso a los derechos humanos – entre otros olvidos intencionados- y sólo haya mencionado lo humano como “recursos”. 

El frente de partidos que deja el gobierno tuvo en tres gestiones una gran oportunidad para desmontar la herencia neoliberal y, si bien avanzó en algunos aspectos, no supo, no pudo o no quizo según los casos, desmontar esa herencia y avanzar en un proceso de emancipación nacional y social como sí sucedió en otros países de la región. Su discurso muchas veces contrastaba con sus actos y alianzas (corporaciones mineras, del agro, petroleras y financieras), mientras consolidaba un estilo de confrontación y polarización que le fue quitando apoyo en ciertos sectores sociales, culminando en el primer balotaje de la Argentina.

Luego de esto, a pesar de haber perdido, el FPV no ha hecho pública ninguna autocrítica de por qué pasó lo que pasó. Paradójicamente, no haber reconocido ningún error en 12 años puede tener mucho que ver con este desenlace: que por primera vez una coalición de derecha asuma el poder a través de elecciones libres y abiertas.

El pueblo evaluará las decisiones tomadas en base a las promesas de campaña, sus derechos, necesidades y lo que vaya mostrando la realidad. Mientras tanto, lo que vemos en este primer mes, son iniciativas muy preocupantes que atentan contra los trabajadores, las instituciones y derechos básicos para cualquier democracia.
Durante la campaña, la coalición electa “Cambiemos” puso mucho énfasis en respetar las instituciones y la república. Sin embargo, en menos de una semana pisoteó su propio relato republicanista con una aluvión de Decretos de Necesidad y Urgencia, que no tienen nada de necesarios ni de urgentes, con el fin de sortear el debate de nuestros representantes en el Congreso, sabiendo que se puede convocar a sesiones extraordinarias.
No sólo intervino y disolvió organismos creados por ley, sino que quiere forzar la destitución de la Procuradora General de la Nación, cuyo mandato otorgado por el Senado aún está vigente, y ya le ha sacado funciones que representaban un avance institucional.
Hechos que se suman a una medida autoritaria inédita: el nombramiento por decreto de dos jueces en la Corte Suprema de Justicia. Los jueces decretados por un presidente, son jueces del Presidente, sin importar sus currículums. La Venezuela Bolivariana que tanto critica “Cambiemos” nunca hizo algo como eso, sus jueces siempre fueron aprobados por la Asamblea Nacional.
Es indispensable iniciar un proceso amplio y participativo de democratización de la justicia y selección de los magistrados de cara a la sociedad.

En materia de seguridad y derechos humanos, paradójicamente, en el único momento que el Presidente Macri asumió el papel de “defensor de los Derechos Humanos” fue en su primera presentación en el MERCOSUR y no tuvo que ver con la Argentina. Mostrando su alineamiento injerencista, defendió a quienes están presos por salir a quemar edificios en Venezuela para derrocar un gobierno electo democraticamente.
Mientras tanto en la Argentina hay más de 6.843 casos de torturas en cárceles en el año 2014, que el nuevo gobierno tiene que asumir, visibilizar e investigar en base a los informes que hemos elaborado entre la Comisión por la Memoria de la Provincia de Buenos Aires, la Procuración Penitenciaria de la Nación y el GESPYDH del Instituto Gino Germani de la UBA.

Hacia adentro del país, el Pro quiere subordinar la cuestión social a las políticas de seguridad que, desde esta perspectiva, opera como reproductoras de las desigualdades. Las declaraciones de emergencia en materia de seguridad y penitenciaria, no apuntan a promover un cambio del paradigma punitivo del Estado ni a atacar el delito complejo, sino que mantienen el sesgo clasista, efectista y selectivo del último eslabón de la cadena, mientras pretenden legalizar contrataciones directas en vez de hacerlas con licitación.

La coalición electa también habló mucho de dejar de perseguir al otro por pensar de forma diferente, y lo primero que ha hecho es desguazar la Ley de Medios, con la intención de priorizar la libertad de empresa por encima de la libertad de prensa.
La Ley de Medios no es una Ley K, es de todos los argentinos porque fue amplia y largamente debatida por nuestra sociedad, y porque reemplazó la ley de facto de la última dictadura. Cuando fui a apoyarla en las audiencias nacionales del Congreso reivindicamos el objetivo de desmonopolizar los medios y de democratizar la palabra. Se podrá objetar la forma de instrumentación de la ley, pero en modo alguno se puede aceptar la vuelta atrás con el derecho a la libre expresión. Por eso siempre voy a defender la Ley de Medios y su correcta aplicación. En vez de censurar, los argentinos necesitamos más voces, porque la paz se construye en el respeto a la diversidad y aceptando críticas.

Otra de las banderas de campaña del actual frente de gobierno fue la de Pobreza cero, porque aún persisten graves desigualdades por resolver como los problemas de acceso a la tierra y una vivienda digna y al trabajo. Pero las medidas tomadas en este poco tiempo fueron en sentido totalmente contrario. Entre ellas, se devaluaron los salarios un 45%, se consintieron aumentos en bienes primarios, se suspendieron paritarias y la publicación de estadísticas, bajaron los impuestos a los que más tienen y despidieron masivamente a miles y miles de trabajadores públicos – que puede ser imitado por el sector privado- para imponer miedo. Y mientras reprimen a los que protestan, el Ministro de Economía se pronuncia extorsivamente diciéndole a los trabajadores y sindicatos que deben evaluar si prefieren pedir aumentos o mantener fuentes de trabajo.

El neoliberalismo acarreó la pérdida de la soberanía nacional, privilegió la entrega del patrimonio nacional a mano de las grandes corporaciones extranjeras, mientras aumentaba en el pueblo la marginalidad y el hambre, de la mano de la impunidad política y jurídica de sus artífices. La historia Argentina y del mundo entero nos enseñan que no es conciliable la política “del derrame”, con los derechos y las necesidades del pueblo.

La nueva administración – y sus gerentes de corporaciones o CEOs- debe respetar las instituciones democráticas del Estado, y asumir que su primera obligación es defeder y promover los Derechos Humanos y del Pueblo. No debe caer en la soberbia de la “curda del poder” que aleja a muchos funcionarios del camino que deben seguir. Los gobiernos pasan y los pueblos quedan. Los gobernantes deben cumplir sus funciones cómo Servidores del Pueblo, y no servirse del pueblo para sus intereses partidarios y personales.

Debemos hacer memoria para que nos ilumine el presente. El pueblo argentino pasó por etapas dolorosas entre luces y sombras, y asumió la resistencia y la lucha popular para recuperar la democracia, la Verdad y la Justicia. Muchos arriesgamos la vida en defensa de las libertades civiles y los derechos del pueblo. No podemos renunciar a las banderas que nacieron del pueblo y le pertenecen. Quienes luchamos desde siempre, no estamos dispuestos a dar un paso atrás.

Adolfo Pérez Esquivel- Premio Nobel de la Paz

Del discurso único al oficialismo plural - Por Alberto Medina Méndez


Fueron demasiados años de hegemonía discursiva. La permanente apelación al ordinario recurso del panfleto, apoyado siempre en la burda propaganda, utilizada para adoctrinar y que así todos dijeran exactamente lo mismo, repitiendo sistemáticamente sin pensar, se empieza a esfumar lentamente.

Tal vez sea por eso que cuesta tanto acostumbrarse a este original arquetipo que se está configurando paulatinamente, día a día, que asoma muy tímidamente y que viene generando innumerables ruidos en ese engorroso esquema de progresiva adaptación.

Los hábitos no se cambian con facilidad. Llevará tiempo lograrlo, porque primero se debe internalizar ese proceso, comprenderlo con total claridad y asumirlo luego como absolutamente natural, como parte esencial de una evolución que finalmente se integrará a la rutina cívica.

Quedan atrás los tiempos en los que el mandamás decidía, casi en soledad, y luego imponía sin piedad, desde su arrogante liderazgo mesiánico, los argumentos a utilizar para que una porción de la sociedad se apropie de ellos y los defienda con idéntica convicción.

Se viene ahora un tiempo distinto, de individuos libres, con criterio propio, que forman parte de una comunidad más abierta, diversa y plural. En definitiva, al final de esta etapa, florecerá algo más parecido a una sociedad civilizada que a un rebaño que solo reitera lo que otros pensaron por ellos.

Todo eso supone un gran esfuerzo, de convivencia en el disenso, de respeto irrestricto por la visión del otro, de incondicional tolerancia, sobre todo frente a la esperable discrepancia y más allá de las eventuales razones esgrimidas en cada caso. Ese gran desafío precisa del coraje necesario para abandonar todo lo conocido, lo que incluye dejar de lado la eterna lógica del "ellos o nosotros", esa que invita a dividir a la sociedad en dos bloques totalmente homogéneos, en rivales antagónicos sin ningún tipo de matices.

Siempre existirá una masa crítica de personas que acuerdan, en general, con el accionar de quien conduce oportunamente el gobierno, y otro grupo que asumiendo notables diferencias, se siente más cómodo en un rol opositor. Eso jamás desaparecerá. No es tampoco deseable que suceda. El reto consiste en intentar desarmar los clásicos engranajes del tradicional discurso único que sostienen aquellos que siempre apoyan a los que detentan el poder.

Con gran dificultad, pero a paso decidido, se viene estructurando un novedoso modelo de oficialismo, de acompañamiento a los que gobiernan, pero ya no desde la humillante actitud de aplaudidores seriales. Un conjunto de personas, de diversas extracciones ideológicas, con visiones, a veces coincidentes y otras encontradas, conformarán ese nuevo espacio menos vertical. Ya no será el oficialismo abyecto de otro tiempo. Se trata ahora de un grupo de seres humanos con una dinámica distinta, con grandes acuerdos en lo general, pero también con sus propias contradicciones, en ese diálogo abierto, a veces sin norte y otras con más intuición qué razón.

Este nuevo escenario está bastante lejos de la perfección. Después de todo, en este mundo sin certezas, en materia de opiniones, no existe tal cosa como la "verdad revelada", sino en todo caso miradas, siempre parciales, a veces un poco más completas, pero jamás totalizadoras.

El recorrido recién empieza, es pausado, y no se desarrolla en línea recta, sino que, con múltiples tropiezos, va transitando sinuosamente esta nueva experiencia. Es imprescindible comprender este fenómeno. Entender lo que está sucediendo ayudará a dejar de lado la dialéctica binaria del blanco o negro, de la simplicidad como única forma de interpretar la realidad.

Si aún no se ha percibido esta nueva construcción, se corre el riesgo de caer, otra vez, en la trampa de la crispación, esa que invita a visualizar al que piensa de modo opuesto como un enemigo irreconciliable. Hay que girar hacia algo sustancialmente diferente. El aprendizaje del pasado debería ayudar a que esta peculiar etapa sea superadora. No será tarea sencilla. Las secuelas de lo vivido están aún muy frescas, golpean a diario, y de tanto en tanto, intentan regresar abruptamente al ruedo.

En las crisis siempre existe una oportunidad. Pero también es cierto que muchas dificultades pretenden quedarse para siempre. Depende de los ciudadanos asumir el compromiso de edificar algo sólido capaz de reemplazar a aquella triste era dominada por la ira como denominador común, por una alternativa mejor, imperfecta, pero más estimulante.

Lo más interesante es que nada de eso, depende de los gobernantes. En todo caso, ellos podrán sumarse a este mecanismo naciente, aprovecharse de él, comprendiendo su entorno y sumando voluntades diversas bajo esta flamante perspectiva.

El verdadero cambio radica en la sociedad, en cada uno de los individuos que la integran. Son ellos los que pueden definir las nuevas reglas de juego para una convivencia armoniosa. Esa coexistencia no precisa de una mayoría matemática que imponga al resto su voluntad, obligándola a someterse servilmente, sino de un debate abierto como método vital.

El desafío que está por delante es complejo. Recién se inicia este sendero, con gran parsimonia y bastante desorden, con algo de caos y también con cierto desconcierto. Pese a las dificultades, tal vez valga la pena intentarlo. Se requerirá de paciencia y también de perseverancia. Eso será indispensable para pasar del discurso único al oficialismo plural.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com

La débil tesis de la herencia recibida - Por Alberto Medina Méndez


La débil tesis de la herencia recibida.

Luego de un ciclo político repleto de desmadres y absurdos dislates, plagado de deplorables administraciones con consecuencias nefastas, viene ahora otro distinto, que deberá enfrentar el complejo desafío de intentar remediar cada una de esas cuestiones y rearmar, por etapas, el rompecabezas.

No es una sorpresa, que haya aparecido abruptamente en la escena el tierno argumento de la "herencia recibida", que pretende presentarse, esta vez, con un aura de sensatez, generando cierta empatía. Ni siquiera es original, porque ya se lo ha usado en el pasado con variado éxito.

Claro que hay que ser comprensivo y se debe tener paciencia para permitir que todo se acomode poco a poco. Se trata, justamente, de acompañar en el recorrido correcto y no de aplaudir lo que sea, solo porque ha transcurrido un breve lapso o se ha recibido todo en una pésima situación.

Es importante comprender que los que tomaron la posta del poder en estas difíciles circunstancias, no lo hicieron en contra de su propia voluntad. Nadie los ha obligado a ser parte del proceso electoral que culminó con su triunfo.

Sería muy ingenuo creer que ellos esperaban asumir con condiciones muy favorables. En la campaña lo señalaron hasta el cansancio. Quedaba atrás un país arrasado por las impericias de años de decadencia moral.

Cuando un grupo de personas participa de una elección y se postula para ocupar cargos de tanta jerarquía, sabe que ganar es un riesgo que implica responsabilidades. No es un mero juego de azar con vencedores y vencidos. El que obtiene apoyo popular deberá gobernar y ejercer el poder.

Eso también significa que el que consigue la victoria no se convierte en monarca, sino en un engranaje más del complejo funcionamiento de una siempre endeble república, como casi todas las que existen en el planeta.

Nadie pide magia. Obviamente, habrá que esperar para resolver tantos problemas, pero no menos cierto es que el camino a transitar se construye con progresos sucesivos, con victorias parciales, con pequeños pasos que van marcando esa senda, que confirman que se avanza hacia lo soñado.

No ayuda en lo más mínimo la delirante idea de promover y repetir ese argumento, tan frágil como patético, conocido como "la herencia recibida". El inventario con el que se asume es parte indivisible del resultado electoral.
Si la herencia hubiera sido magnífica, estas personas que hoy gobiernan no hubieran triunfado en las urnas, y por lo tanto no estarían en sus funciones.
Precisamente han resultado victoriosos porque la herencia es esta y no otra.

La responsabilidad no puede ser transferida graciosamente hacia el pasado. Una vez que se asume la conducción, todo lo que ocurre de allí en adelante tiene que ver con lo que se hace bien y, también, con lo que se omite.

No se puede dar en el clavo siempre. Los seres humanos son esencialmente imperfectos. No se pretende la presencia de genios superdotados en el gobierno, ni de personas infalibles a prueba de todo. En todo caso, lo que se espera es una actitud diferente frente a la equivocación. No caben ni la negación, ni hacerse los distraídos tampoco, mentir mucho menos. No parece desatinado exigir algo de verdad, un poco de autocrítica y un explicito reconocimiento de los descuidos propios. Sería saludable diferenciarse del pasado, de aquella era de manipulaciones mediáticas y épicas inventadas, tan divorciadas de la realidad.

El nuevo gobierno acertará en algunas cuestiones y se equivocará en otras. Suponer que será perfecto sería una descabellada muestra de ambición desproporcionada y absoluta irracionalidad.

Un excesivo optimismo no contribuye para nada y coloca las expectativas en un lugar inadecuado. Eso culmina, invariablemente, en grandes desilusiones y enormes frustraciones, tan inadmisibles como la ridícula postura de caer en la trampa de una euforia desmedida.

Probablemente, el sorpresivo triunfo electoral, tenga algo que ver con lo que está ocurriendo ahora. Después de todo, ni en los círculos más íntimos del nuevo oficialismo se asignaban grandes posibilidades de lograr esa meta. Es posible que esa actitud, algo inconsciente, haya impedido que se construyan talentosos equipos de gobierno con la debida anticipación y que, en la campaña electoral, se hayan consumido todas las energías solo diseñando consignas enfocadas en decir lo que la gente quería escuchar.

Al actual gobierno le toca en suerte gestionar. Tiene que administrar lo que le dieron así como está. Se pueden buscar artilugios comunicacionales y apelar a cierta clemencia popular pero, más tarde o más temprano, mandarán los despiadados resultados y entonces para lo único que habrá servido este retorcido recurso es para conseguir algo de tiempo extra.

Al cabo de unos meses, solo contarán los éxitos y los fracasos. Aquello que se haya hecho bien traerá recompensas políticas y los asuntos pendientes que no se logren resolver en función de las desmesuradas expectativas planteadas serán su contrapeso obligado. Por eso es imperioso enfocarse en tomar, cuanto antes, las decisiones necesarias e impostergables. El tiempo se consume, la "luna de miel" algún día termina y en ese instante no alcanzará con la débil tesis de la herencia recibida.


Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com


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