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La complicidad de los encubridores - Por Alberto Medina Méndez
La complicidad de los encubridores.
Mucho se ha dicho sobre la corrupción. A estas alturas no quedan demasiadas dudas acerca de la enorme responsabilidad que le cabe a los que cometen esos delitos cuando se apropian indebidamente del dinero que la gente aporta permanentemente al Estado vía impuestos.
Esa vil canallada, que se replica a diario en casi todo el mundo, tiene culpables directos que deben asumir las consecuencias de sus decisiones, pero también existen alrededor de ellos, otros ruines personajes cuya participación resulta imprescindible para que aquellas andanzas sean tan cotidianas.
El bandido siempre está rodeado de personas que juegan un rol preponderante y que normalmente se prefiere pasar por alto, a veces por excesiva ingenuidad, otras tantas por subestimar la relevancia de esas actitudes adicionales y en otras ocasiones simplemente por compasión, evitando involucrar demasiado a quienes se considera sujetos secundarios de estas trasgresiones tan patéticamente habituales.
En primer lugar habría que observar detenidamente el accionar de los colaboradores directos, esos que conocen con precisión los movimientos de ese funcionario que transita el camino indebido. Ellos saben perfectamente que hace, con quienes habla y cuáles son sus rutinas específicas. No son necesariamente personas de gran jerarquía. A veces un ayudante de escalafón inferior se convierte en conocedor pleno de la realidad, cuando no en coparticipe, de cada una de las correrías de ese crápula.
Es trascendente también no desligar a los propios superiores de los corruptos que también tienen contundentes incumbencias respecto de lo sucedido. Es que se puede delegar tareas en subalternos, pero jamás se transfiere la responsabilidad final. Quienes deben supervisar no pueden jamás aducir desconocimiento absoluto. Por acción u omisión, ese error tiene un costo, y desentenderse como sin más, no parece ser aceptable. No existe excusa que justifique dejar pasar semejantes despropósitos.
Pero tampoco es saludable hacerse los despistados frente a tanto descaro y habrá que decir entonces que la sociedad en su conjunto también debe asumir con hidalguía su significativa cuota de responsabilidad frente a lo sucedido en cada circunstancia sombría que se termina descubriendo.
La ciudadanía en general, con su indisimulable apatía, su indiferencia evidente, su inocultable desinterés, construye paso a paso los pilares vitales que se terminan convirtiendo en los aliados estratégicos centrales de los que cometen fechorías adueñándose de las arcas del Estado. Nada de eso podría ocurrir, de ese modo tan burdo, si la sociedad tuviera menos tolerancia frente a estos inaceptables delitos.
El funcionario corrupto no toma la decisión explícita de delinquir graciosamente para enriquecerse, sino que lo hace porque tiene un contexto enormemente favorable y tiene entonces en cuenta que contará con la valiosa colaboración de algunos que expresamente contribuyen con la consumación del ilícito, con otros que se harán sistemáticamente los distraídos y obviamente también supone que la abúlica comunidad en la que reside hará su parte renovando su eterno silencio.
Se sabe que la corrupción no es un fenómeno coyuntural, sino que obedece a causas mucho más profundas que explican su complejo entramado estructural. Es por eso que su ocurrencia no depende solo de la voluntad del delincuente, sino de otras circunstancias que lo posibilitan y facilitan.
La red de corrupción que gira en torno al Estado y los gobiernos no será desmantelada gracias a la optimización en la selección de funcionarios más honestos e íntegros. Pretender que así sea no solo demuestra un infantil voluntarismo sino que se constituye en una demostración de ingenuidad intelectual e incomprensión de la evidencia empírica que se verifica a diario.
Si realmente se quiere destruir la matriz de la corrupción se debe ir a fondo y hacer reformas con mayúsculas, para que robar no sea posible, para asegurarse que todo no dependa de la moral media del funcionario de turno, sino de la efectiva inviabilidad para concretar delitos contra los contribuyentes.
Hasta tanto se comprenda acabadamente la dinámica de la corrupción y se encare con inteligencia la batalla final que logre destruir su núcleo duro, se debe empezar a trabajar concomitantemente en otros aspectos, que no resolverán el problema pero ayudarán a mitigar su gravedad durante algún tiempo.
Nadie puede esperar que seres esencialmente corruptos cambien su concepción moral de la noche a la mañana. Evidentemente estos cínicos criminales creen que saquear al resto de los ciudadanos es algo correcto, por eso lo hacen, apelando al recurso de "salvarse para siempre" con esos dineros que intentarán acumular durante sus acotados mandatos.
Pero si se puede apelar a una severa y genuina autocrítica de los ciudadanos que periféricamente colaboran, tácita o explícitamente, con ese temible delincuente de "guantes blancos" que parapetado en un escritorio, vistiendo ropa elegante, se atribuye la potestad de quedarse con lo ajeno.
Ellos pueden revertir parcialmente la historia. Lo pueden hacer mañana mismo, denunciando a esos corruptos sin pudor, exponiéndolos descaradamente, quitándoles la protección que a diario le suministran, a veces sin querer y otras veces por temores infundados.
Combatir la corrupción requiere de coraje, de valor y de determinación. Los refinados forajidos que pululan en la administración estatal cuentan con que nadie tiene la valentía suficiente para confrontarlos. Tal vez sea este el momento de elegir entre seguir dándoles la razón y esconderse nuevamente, como tantas otras veces, o definitivamente dar vuelta la página abandonando para siempre la complicidad de los encubridores.
Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
El umbral de la deshonestidad. - Por Alberto Medina Méndez
El umbral de la deshonestidad.
Cuando ciertos hechos de corrupción se mediatizan y llegan a oídos de la opinión pública, con sobrados motivos, la gente se escandaliza, se indigna y no puede contener su bronca e impotencia. Esta actitud no es inadecuada en sí misma, de hecho es esperable. Pero vale la pena reflexionar profundamente acerca del verdadero trasfondo de esta reacción ciudadana.
Por momentos, diera la sensación de que la corrupción como hecho puntual no es lo que molesta, sino el contexto general, algunos pormenores y, sobre todo, el modo burdo en el que se desarrollan estas canalladas.
La gente cree que los gobernantes, en general, son corruptos. Ya no caben dudas al respecto. Esta no es una mera suposición ya que lo afirman los estudios más serios sobre el tema. No solo ocurre así en este país, sino en casi todo el planeta, aunque con visibles matices bastante diferenciados.
El ciudadano de a pie intuye que el funcionario de turno, de cualquier jurisdicción y color político, se apropia de los recursos públicos en alguna medida. Supone que algunos roban ofreciendo favores a cambio de dinero, pero también cree que los otros, lo hacen con una disimulada eficacia adueñándose de "monedas" pero bajo una idéntica y equivalente actitud.
Ese individuo, alejado de la labor estatal, lo sospecha, pero en realidad no lo sabe con precisión. Algunas señales pueden darle más asidero a sus presunciones, pero no dejan de ser tales porque los elementos concretos que confirmarían su visión no están a mano, ni son contundentes.
A la política tradicional este asunto no le preocupa demasiado. Algunos personajes se ofenden por esa exagerada generalización, pero tampoco hacen demasiado para transparentar su propia gestión. Enojarse sirve de poco. En todo caso bien valdría intentar comprender en que se basan esas impresiones subjetivas de la sociedad, y eventualmente, actuar fuertemente sobre ellas, con acciones concretas y no con discursos vacíos.
Los dirigentes tampoco hacen mucho al respecto, pero ya no por desidia, negligencia o abulia, sino porque claramente precisan de esa "oscuridad" en la administración de los recursos públicos que les resulta vital y funcional para hacer política a diario financiándose con las arcas del Estado.
Es interesante analizar detenidamente ese fenómeno de naturalización yde segmentación de la corrupción. Es increíble como se ha deteriorado progresivamente el estándar moral de la gente, moviéndose en las últimas décadas, en la dirección indeseada y a una gran velocidad.
Solo parece intolerable aquella corrupción que resulta obscena, que demuestra su impudicia sin camuflaje alguno, que ofende a la sociedad por la ostensible impunidad y la falta de decoro de sus protagonistas. Pero es importante comprender que las causas de la corrupción pasan por otro lado. Los casos más escandalosos, son solo eso, una versión agravada de lo cotidiano y por eso tal vez fastidien tanto.
Lo preocupante es que la sociedad solo condena aquellos actos de corrupción desenfrenada y no a otros de menor cuantía. Cataloga como ladrones solo a los que detentan un gran prontuario y no al resto que, haciendo lo mismo, no han sido aun descubiertos, o que por su significación económica no parecen tan trascendentes.
Claro que las proporciones tienen relevancia, pero si alguien mata a una persona de una decena de puñaladas generando una enorme conmoción por el ensañamiento y por su crueldad, eso no convierte automáticamente al homicida que asesina con un solo golpe certero, en un ciudadano inocente.
La malicia debe ser cuestionada siempre y no solo cuando alcanza cierta envergadura. Un ladrón es alguien que se adueña de lo ajeno sin su consentimiento. Ese calificativo no puede depender de la cuantía de lo robado, ni de la espectacularidad del suceso, sino de su lineal accionar.
La sociedad moderna ha incorporado ciertas costumbres y se ha adaptado mansamente a ellas. Acepta lo inadmisible como si fuera un hábito correcto. La resignación y la sumisión siguen siendo pésimas aliadas y la política lo sabe, por eso se aprovecha de esta complicidad cívica sin piedad.
Todos estos hechos de corrupción son solo la punta del ovillo. Bienvenido este instante en el que muchos de esos casos se están conociendo con lujo de detalles, pero es importante ir hasta el fondo, ya no solo para descubrir a los verdaderos "jefes de la banda" y desenmascararlos, sino para empezar a desmontar la maquinaria que permite que esto suceda casi a diario.
Desarticular la corrupción no se consigue solo encarcelando a los más renombrados delincuentes. No desaparecerán de la escena este tipo de situaciones tan fácilmente. Mutarán, se reconvertirán, buscarán otros mecanismos, pero finalmente sobrevivirán y entonces vendrán nuevas generaciones de malhechores dispuestos a apoderarse de lo impropio.
Para ser eficaces en esta dura batalla contra la indecencia, se debe ir hasta el hueso. Primero es imprescindible comprender la dinámica del Estado, su arbitrariedad y los resquicios que eso genera. La causa originaria no está en el accionar aislado de un conjunto de delincuentes, sino en la existencia y supervivencia de un sistema perversamente inmoral que ha sido diseñado intencionalmente para facilitar estos instrumentos que resultan funcionales a la política en general y, especialmente, a sus intérpretes.
Claro que hay que hacer reformas para que esto no vuelva a ocurrir nunca más. Es demasiado evidente que no alcanza con arrestar a unos cuantos, ni mucho menos con horrorizarse frente a ciertos groseros ilícitos. Pero la sociedad también debe asumir su cuota de responsabilidad e intentar hacer su parte, encarar lo necesario y modificar su elemental matriz conceptual.
Si la gente considera que quedarse con "un poco" de dinero de los contribuyentes es normal, que esas son las reglas de juego, que así fue siempre y no es tan grave, pues entonces todo seguirá exactamente igual y estos incidentes serán solo una anécdota más sin que esto haya servido para casi nada.
No existen dudas de que la política es responsable de lo que sucede pero la sociedad también es parte central de este pérfido mecanismo y tiene en sus manos la llave para lograr un cambio con mayúsculas. Solo debe replantearse el problema, operar sobre sus verdaderas causas y cuestionar activamente su actual visión sobre el umbral de la deshonestidad.
Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
skype: amedinamendez
www.existeotrocamino.com
+54 9 379 4602694
Facebook: www.facebook.com/albertoemilianomedinamendez
Twitter: @amedinamendez
La codicia como sinónimo de ineptitud - Por Alberto Medina Méndez
La codicia como sinónimo de ineptitud.
Cuando se trabaja con esmero, se pueden lograr brillantes resultados. El corolario de la tarea bien hecha, de la capacidad de resolver los problemas de la sociedad en el marco de un mercado competitivo, de satisfacer necesidades de un modo óptimo, muchas veces permite generar riquezas.
En cambio, en el ámbito estatal, el único modo de acumular mucho dinero es apelando a la corrupción. Los salarios en el sector público pueden ser inclusive elevados, según la posición que se ocupe, pero jamás se comparan con las significativas ganancias que se pueden lograr en el sector privado.
Sin embargo, en estos países, en el ranking de hombres más acaudalados, invariablemente aparecen dirigentes políticos que ostentan fortunas sin ningún pudor. No es necesario abrir una investigación judicial para darse cuenta de que esos dineros se han logrado recurriendo a negocios espurios.
Nadie puede acumular tantos recursos, en un cargo público con su salario formal. A lo sumo, siendo austero y administrándose muy bien, puede llevar adelante una vida acomodada pero jamás tan ampulosa como la que se le conocen a tantos personajes siniestros por estas latitudes.
La mayoría de los analistas intentan explicar el flagelo de la corrupción enfocándose en sus causas y consecuencias, pero tal vez valga la pena detenerse un poco en comprender como funcionan sus protagonistas.
Es posible entender, aun sin compartir sus criterios, la actitud de algunos que creen que su llegada a las oficinas públicas se constituye en su gran oportunidad para hacerse ricos. Ellos toman esa ocasión como la gran chance para salvarse. Saben que esa circunstancia durará poco tiempo y que si hacen negociados pueden cambiar su situación actual para siempre.
Es evidente que no tienen escrúpulo alguno y que les importa muy poco su eventual desprestigio personal. Algunos apuestan a pasar desapercibidos y que nunca nadie registre sus andanzas, pero su destreza para el disimulo es invariablemente efímera. Tarde o temprano terminan desplegando un patrimonio que jamás podrán justificar.
Indudablemente, su descredito no los incomoda tanto. En su escala de valores disponer de dinero es más relevante que su propia honra. Los tiene sin cuidado lo que opine la sociedad sobre ellos, ni siquiera lo que sus amigos y familiares piensen o la indigna herencia que le dejarán a sus hijos.
Una arista que no se analiza con suficiente profundidad es la otra cara de esa actitud lamentablemente tan cotidiana, de ir por lo ajeno sin pudor alguno, de quedarse con el fruto del esfuerzo de otros, y hacerlo con el descaro y la impunidad que tantas veces se ejercita sin recato.
Ese corrupto que utiliza su poder circunstancial en el Estado, para apropiarse del dinero que no le corresponde, no solo es un delincuente que infringe leyes y un inmoral por su ausencia de principios éticos.
Este individuo, es un incapaz, alguien que no dispone de ninguna habilidad, ni talento, para generar una riqueza legítima y bien merecida. Su valoración sobre sí mismo es muy limitada, casi nula. El no se cree apto. Sabe que no podrá desarrollarse por sus propios medios y el único camino que le queda para lograr su meta es saquear, sin contemplaciones, a los ciudadanos.
Ni siquiera tiene el coraje de los malhechores que le quitan todo a la gente a cara descubierta. El corrupto es un ser mucho más despreciable aún, porque además de sus burdas acciones diarias, es un cínico sin límites porque habla de la corrupción, como si él no fuera parte esencial de ella. Utiliza palabras como "honestidad" y "transparencia" en su lenguaje habitual, y lo hace a sabiendas de su real comportamiento, lo que lo convierte en un personaje mucho más repugnante.
La corrupción es un fenómeno aberrante, pocas veces combatido con inteligencia. La sociedad supone que solo se trata de elegir a los honestos, sin comprender el complejo entramado estructural que ha sido pergeñado por algunos para que cualquier energúmeno ignorante se aproveche de esas enormes grietas instaladas deliberadamente en el sistema.
Se podrán minimizar los hechos como estos, pero no se eliminarán de raíz hasta que no se logre desmontar el desmesurado tamaño del Estado, la eterna discrecionalidad de sus decisiones y su sombrío accionar.
En ese contexto, seguirán desfilando nefastos personajes por la vida política, sin distinción ideológica ni partidaria. Pero es trascendente entender que los corruptos, no solo son detestables sujetos que se apoderan de lo impropio con absoluta hipocresía, delincuentes de guantes blancos que se aprovechan de la gente, sino también personas que no valen la pena, que no tienen ninguna aptitud y cuya autoestima está por el suelo.
Ellos han elegido voluntariamente el camino del mal, el más humillante de los senderos. Legarán a sus hijos una inmensa fortuna a cambio de que convivan con la pesada carga de sus apellidos. Su patrimonio es la prueba más irrefutable de su absoluta impericia. Ellos solo pueden obtener dinero robando. Jamás podrán ufanarse de haber construido un imperio genuino, ni sentirse orgullosos de su esfuerzo. Es probable que no tengan remordimientos, ni se arrepientan nunca, pero la sociedad jamás los respetará, ni les dará reconocimiento. Su codicia es sinónimo de ineptitud.
Alberto Medina Méndez
albertomedinamendez@gmail.com
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